CAPITULO 3

1162 Words
Bajo tus reglas. Así fue como lo dijo. Como si ya supiera que me va a mandar, controlar, estudiar, desnudar —mentalmente primero, claro. Como si yo fuera una pieza que ya le pertenece. Y ni siquiera ha firmado el contrato. Dios. ¿Qué carajos fue eso? Alexander Dorne. El CEO. El mito. El hombre que todos temen o admiran. El que no pestañea. El que me habló como si ya supiera lo que soy… sin saber nada de mí. Una frase. Una sola. Y me dejó sintiéndome como si estuviera parada en medio de la pista sin ropa. “Trabajaremos juntos. Solo espero que no me decepciones.” ¿Perdón? ¿Cómo que no lo decepcione? No me conoces, Dorne. No sabes lo que me ha costado llegar hasta aquí. No sabes lo que yo espero de ti. Pero admito algo, y me duele escribirlo: Mi pulso no volvió a la normalidad en toda la noche. No fue miedo. Tampoco fue rabia. Fue algo más sucio. Más real. Deseo. Lo detesto. Y lo quiero. No sé si este diario me va a ayudar a mantener la cabeza fría… o si se va a convertir en evidencia del incendio que me estás provocando. Pero por ahora, solo sé una cosa: Empieza el juego, señor Dorne. Y yo no sé perder. — Freya El despertador sonó a las 6:00 a.m., pero Freya ya estaba despierta. Llevaba al menos media hora mirando el techo, sintiendo el retumbar de una frase que no había dejado de repetirse desde la gala. “Solo espero que no me decepciones.” La voz de Alexander Dorne seguía viva en su cabeza. Grave, medida, con ese acento inglés cargado de control y amenaza envuelta en terciopelo. Se obligó a levantarse. No había espacio para flaquear. No hoy. Se miró en el espejo y murmuró: —Eres Freya Lennox. No vas a temblar por un CEO. Lo dijo con voz firme, aunque no sonó tan creíble como esperaba. Abrió el armario y lo contempló como si fuera un campo de batalla. Tenía que vestirse para una reunión que no era solo profesional. Era territorial. Psicológica. Un cruce de poder. Eligió un conjunto n***o de dos piezas: pantalón de corte recto y blazer entallado. Por debajo, una blusa de seda color marfil que apenas insinuaba lo que no pensaba mostrar. Zapatos de tacón medio, pelo recogido con un par de mechones sueltos, maquillaje suave salvo por el delineado que endurecía su mirada. Una versión afilada de sí misma. Mientras bebía su café de camino a la estación, repasaba lo que sabía del contrato: Vaguedades legales, cláusulas ambiguas, y algo que aún no comprendía: la asignación de un socio patrocinador con "poderes discrecionales". Claro. Discrecional. Como todo en la vida de Alexander Dorne, al parecer. Llegó al edificio donde se ubican las oficinas de Vallencourt Global, un rascacielos de acero y cristal que parecía desafiar el cielo. Apenas entró al vestíbulo, la recibió una asistente con voz impecable. —¿Señorita Lennox? El señor Dorne la espera en la sala ejecutiva. Piso 51. —Gracias —respondió, fingiendo que no le importaba la mirada de juicio con la que la otra mujer la escaneó. Cuando se subió al elevador, se miró en el espejo pulido de las paredes. Una última vez. Respiró hondo. Y entonces sonrió. Pero no una sonrisa dulce. Una sonrisa de guerra. Porque si Alexander Dorne iba a jugar con ella… ella ya tenía las uñas afiladas. El reloj marcaba las 7:59 a.m. Alexander Dorne estaba sentado en la cabecera de una mesa de cristal de diez metros de largo. Su silla de piel negra parecía un trono. Y su postura… perfecta, como siempre. Espalda recta, una pierna cruzada sobre la otra, el brazo izquierdo sobre el apoyabrazos, y en la derecha, su taza de espresso aún humeante. Frente a él, una carpeta de cuero n***o. El contrato. Cinco hojas. Treinta cláusulas. Y una firma que aún no estaba estampada. La de ella. La pantalla de la sala mostraba datos de sus empresas satélite. Gráficos. Mapas. Números. Pero Alexander no los miraba. No necesitaba hacerlo. Su atención estaba en otra cosa. O mejor dicho, en otra persona. Apenas había dormido. No porque no pudiera —su disciplina no permitía desórdenes físicos—, sino porque su mente había seguido trabajando. Freya Lennox. Una pieza interesante. Demasiado rebelde para ser funcional. Demasiado atractiva para ser ignorada. Y esa mirada suya… Como si cada palabra que él decía le supiera a veneno, y aún así quisiera más. Eso lo divertía. Y lo inquietaba. Una notificación apareció en su reloj: “La señorita Lennox ha llegado al edificio.” Alexander sonrió, apenas. Casi imperceptible. Una línea curva cargada de intención. Se levantó de su silla con la misma precisión con la que daba órdenes en Dubai o desmantelaba empresas en Suiza. Caminó hacia el ventanal, donde el amanecer se colaba entre los edificios. Las nubes parecían agrietadas. El sol aún tímido. Y ahí, mirando el horizonte, pensó: Veamos si hoy me desafías… o si solo vienes a firmar tu rendición con tacones.” El ascensor se detuvo con un leve “ping”. Freya enderezó la postura, bajó el mentón y dio un paso hacia fuera. Un pasillo amplio, alfombrado en gris oscuro y rodeado de muros de cristal esmerilado se abría ante ella. La recepción estaba desierta, salvo por una mujer perfectamente arreglada, con un traje azul marino y una tablet entre las manos. Era el tipo de asistente que parecía estar hecha de acero, botox y eficiencia. —Señorita Lennox —dijo la mujer sin mirarla—. Sígame, por favor. Freya no respondió. Solo caminó tras ella, con pasos medidos. Su corazón golpeaba fuerte, pero su rostro era neutral. Cada segundo que avanzaban, el aire parecía más denso. Como si el pasillo fuera un embudo hacia el centro de algo… importante. Peligroso. Pasaron junto a varias oficinas acristaladas donde nadie osaba hablar en voz alta. Todo era orden, geometría, silencio y lujo. Al fondo, una doble puerta negra se abría lentamente. Sin hacer ruido. La asistente se detuvo justo antes de empujarla por completo. —Él ya la está esperando. Luego giró y desapareció como si nunca hubiera estado ahí. Freya se quedó sola frente a la entrada. Tragó saliva. Un solo paso bastaría. Y lo dio. La oficina era amplia, moderna y tan impecablemente ordenada que dolía. Ventanales del piso al techo mostraban la ciudad aún cubierta de niebla matinal. En el centro, una mesa de vidrio n***o con detalles metálicos. Una silla vacía frente a ella. Y al fondo… de espaldas a la puerta… él. Alexander Dorne observaba la ciudad con las manos cruzadas detrás de la espalda. Sin moverse. Sin hablar. Freya no dijo nada. No tosió. No anunció su presencia. Pero él, sin girarse, pronunció con voz baja y perfectamente calibrada: —Cierra la puerta. Y el juego… comenzó de nuevo.
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