—Señor Dorne. La voz llegó como un balde de agua helada. Alexander cerró los ojos un segundo, frustrado, como si le hubieran robado una palabra importante de la boca. Freya dio un paso atrás, el aire frío entrando de nuevo entre sus cuerpos. Y la magia… se tensó, pero no se rompió. Un hombre de traje impecable, con un auricular en la oreja, esperaba a unos metros de ellos. —Es momento del discurso —informó, con una leve reverencia. Alexander no respondió de inmediato. Solo miró a Freya. Una mirada larga. Demasiado larga. Sus dedos se movieron, como si aún sintieran la textura de su cuello en la yema. Como si no quisiera dejarla. Pero lo hizo. —Ven conmigo —le dijo. Freya lo pensó por medio segundo. Pero finalmente asintió, sin una palabra. Caminó a su lado, firme. Entrar

