El sol se colaba entre las cortinas como cuchillos de luz. Freya gruñó. Se giró, se tapó la cara con la almohada… y entonces lo notó: El olor. A pan recién horneado. A tocino crujiente. A café fuerte. —¿Estoy soñando… o alguien está cocinando en mi casa? Tardó unos minutos en levantarse. El vestido de la gala aún colgaba en la silla. El maquillaje ligeramente corrido. La resaca… olímpica. Caminó con pasos torpes hacia la cocina. Y ahí estaba. Un chef. Uniforme blanco. Gorro impecable. Y cero intención de explicarse. Estaba terminando de colocar el último detalle: un par de huevos benedictinos sobre pan artesanal, acompañados de frutas frescas, jugo de naranja, y un café que olía a gloria. Freya se quedó en el marco de la puerta, con una ceja alzada y la cabeza palpi

