Un resplandor hizo que Raven se cubriera la vista con las palma de las manos, pocos fueron los segundos que tardó en sentir la molestia de aquella intensa iluminación en sus párpados cerrados, mientras el diamante que había caído al suelo se convertía en un sol de hielo como ganancia, un olor dulce se coló por sus fosas nasales.
Al desnudar su vista, parpadeó consecutivamente y con cierto asombro. Frente a ella se cernía un largo sendero colorido, adornado por postres de diversos tipos y tamaño, los cuales destilaban un olor tan exquisito como su posible sabor.
«Gula» apostó en su fuero interno, caminando hacia adelante, todavía asombrada por los diseños tan únicos de aquel nuevo nivel. Pese a que seguía sin comprender gran parte de aquel juego, era hábil para adivinar las intenciones ocultas tas los obstáculos. Entonces, caminando entre tantos pasteles, galletas y malteadas, fue consciente de una cosa; todo consistía en correr y resistirse a las tentaciones para poder sobrevivir.
Ignorando a toda costa —o haciendo el intento— el olor a tutifruti y azúcar, Raven empezó a correr en compañía del deseo de meterle un mordisco a algún obstáculo, pero manteniendo firme la postura de no sucumbir a la tentación.
En medio de su travesía en el segundo nivel, una especie de arco ascendió de la tierra, el cual estaba hecho de malvaviscos coloridos, Raven tuvo que colocarse de cuclillas con rapidez para no chocar contra este y poder continuar avanzando.
En su camino se atravesaban pequeños cupcakes cremosos que crecían de la nada, ella debía saltarlos, pues con rodearlos solo conseguía que crecieran más.
Su cuerpo se tambaleó al quedar a la orilla de un acantilado, incluso migajas de galleta se desprendieron del suelo por el abrupto impacto.
Al asomarse, pudo notar que no estaba frente a un vacío, sino a un río amatista que corría con violencia y chocaba contra las orillas rocosas de las cumbres, salpicando a Raven de vez en vez.
Del cielo amarillento, adornado con algodones de azúcar simulando ser esponjosas y rosácea nubes, descendieron gruesos hilos rojos semejantes a lenguas de serpientes. Raven tiro de una, consiguiendo estirarla todavía más... Su resistencia era inequívoca, por supuesto, pero inestable a su vez.
Decidió desprenderse del koala dónde guardaba sus armas, pues era un peso considerable, lo ató como pudo a una de las lianas compuestas por chicle de fresa y la columpió hacia el otro extremo del camino.
Suspirando al mirar sobre su hombro y percatarse de que los cupcakes crecían hasta casi llegar a ella, hizo un amarre a la soga elástica y se abalanzó hacia el otro lado, pero desafortunadamente quedó pendiendo en medio de ambos extremos, su trasero a milímetros del río de jugo de arándanos.
—Te las ves rudas con el río de fructus, ¿Eh? —una voz masculina le gritó desde la cima de la cúspide.
La chica verde miró hacia arriba y entrecerró los ojos para fulminar con la mirada al transmisor de aquel mensaje verbal: Zerty; estaba cubierto de crema batida, bizcocho y llevaba una cereza sobre la cabeza, su apariencia confesaba por sí sola que el chico estuvo oculto en algún pastel a la espera de la chica.
El chico púrpura envolvió su cintura con la soga de chicle y se lanzó en su rescate, alzando la soga de Raven y llevándose a ambos hacia el otro extremo.
—Gracias —masculló Raven, soltando una bocanada de aire.
—De nada —en el rostro de Zerty surcó una sonrisa de suficiencia—. Novata —siseó.
—¿Por qué me esperaste? —inquirió la chica verde cuando se colocó nuevamente el koala y ambos se echaron a correr para terminar de atravesar el nivel, esta vez, sin obstáculo alguno.
—Los soles de hielo que Dante me ofreció por ayudarte son una oferta razonable e imposible de rechazar —farfulló él, extendiendo ambos brazos para lavarse de toda la bizcosidad que yacía pegada a su zahvlar—. Un consejo, novata: aprende a calcular mejor tus estrategias. No cualquiera se queda voluntariamente en un nivel para salvar a otro jugador, y cabe destacar que yo lo hice por conveniencia.
—Vaya que aquí no existe la solidaridad —Raven rodó los ojos, guardando el consejo en su memoria, pero negándose a agradecer por él.
—Nos basamos en pecados capitales y niveles retorcidos, novata, no en valores ni en principios.
—El compañerismo nunca está demás.
El chico púrpura le dedicó una mirada soslayada, como la que se le da a un perro que camina cojeando. Sin agregar nada más, los dos se detuvieron cuando un par de paletas brillantes de caramelo aparecieron frente a ellos.
—Otro consejo —él suspiró—: sé egoísta, si no no durarás mucho aquí.
Tras decir aquello, extendió su mano y tocó una de las paletas para luego desvanecerse y pasar al siguiente nivel. Raven, con la respuesta inconforme atascada en la boca, gruñó antes de tocar la paleta sobrante y hacer lo mismo que su egocéntrico y nada amable compañero.