Pereza

604 Words
Si había algo que Raven deseaba con toda su alma —aparte de ganar y liberarse de una vez por todas de esa realidad incognoscible—, era meterse en el cerebro de Dante, porque si bien lo detestaba por arrastrarla a todo ese tormento, también estaba maravillada con su ingenio. La manera en que ese hombre diseñó cada uno de los niveles era tan perfecta que incluso agobiaba, sembraba en el corazón de la chica verde una punzada de impotencia al tener que admitir su admiración por tal creación. El tercer nivel se basaba en el pecado de la pereza, y consistía en una gruta con escaleras ascendientes e infinitas, los descansos estaban hechos del colchón más suave nunca antes visto, las barandas se trataban de un largo conjunto de plumas blancas a juego. Estar presente en aquel silencio fusionado con la precaria iluminación y la soledad, daba tanto sueño que creías estar en un abrumador letargo y no en el maldito Ludxaven. Raven odió a Dante por eso, pero también tenía unas inconmensurables ganas de besarle los pies por tanta inteligencia. La chica verde subía las escaleras lo más rápido que podía, haciendo el esfuerzo más grande de su vida al resistirse a lanzarse sobre los colchones que esperaban por su rendición en cada descanso. Evitaba tocar las barandas a toda costa, por supuesto, sino las yemas de sus dedos traicionarían su autocontrol al tocar semejante suavidad y delicadeza. De las paredes emanaba una melodía de cuna, tan baja que podía hacerse pasar por susurros, posiblemente babélicas voces del más allá. Ese quizás sería el nivel más complicado para ella, porque le picaba todo el cuerpo por caer rendida y entregarse a los brazos de Morfeo sin detenerse siquiera un santiamén a pensar en cómo sufriría las consecuencias. Entonces, subiendo uno a uno los escalones sin fin, juró que si lograba regresar al mundo real, sería la pecadora más gigante del puto planeta, porque resistir solo la ayudaba a comprender cuán delicioso era pecar, y lo soporífero y tortuoso que era ser una persona correcta. Zerty, al ver la lentitud e inexperiencia de Raven, le pronunció un «Apestas» y se adelantó, subiendo los escalones de tres en tres el muy presumido. Había decidido mandar a la mierda la oportunidad que le había dado el albino, esa novata, aparte de lenta, era demasiado preguntona. Raven sintió que el corazón le latía a un ritmo fenomenal, le quemaba el pecho por el agotamiento de sentir estar subiendo la mismísima muralla china, y las pantorrillas le ardían casi con la misma intensidad, cavilaba al compás de sus latidos. Si para un ávatar fuese posible transpirar, estaría empapada en tanto sudor que sería un tufo fétido ambulante a causa de la falta de circulación de aire dentro de aquella inmensa gruta. Tal vez fue Dante siendo condescendiente con ella al menos una vez, quizás una alucinación, no pudo discernirlo, solamente supo que una pluma radiante se asomaban desde un par de escalones arriba, indicando que estaba llegando a la meta de tan tedioso suplicio. Se palmeó ambas mejillas para así darse un ánimo del que carecía y se aproximó hasta la dichosa pluma, la cual flotaba sobre uno de los colchones. Pero ya no estaba, ahora era una esmeralda la que se situaba brillando en su lugar. Confusa y exhausta, Raven la tocó con la punta de su índice. Y la maldición que vociferó no pudo ser más grande. Los escalones se convirtieron en un tobogán de concreto, por el cual su cuerpo se deslizó hasta volver al mismo punto de partida. Jodida. Estaba muy jodida.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD