Capítulo 13

2421 Words
Un golpe tras otro. Mis manos tiemblan al igual que mi cuerpo y empiezo a sentir el sudor cayendo por mi espalda y cuello. Por momentos siento que pierdo el aliento y me veo obligada a detenerme para no desmayarme, pero de inmediato mis pulmones se vuelven a llenar de aire y puedo continuar. Una y otra vez utilizo el bate de beisbol para golpear cualquier objeto que encuentro en la habitación. Descargo toda mi ira y mi frustración en el gigante bote metálico frente a mí. Mis dedos se encuentran completamente adherido al bate de beisbol y decido ignorar el dolor que empieza a fluir por todo mi cuerpo. Simplemente quiero imaginar que me encuentro golpeando a quien más odio, a quien me hizo daño y a quien siempre se quedará en mi cabeza el resto de mi estadía en este mundo. -          Adaeze, acabó el tiempo. Ignoro por completo las palabras de mi entrenador y continúo golpeando con vigor. Llega el momento en que empiezo a desfallecer y caigo de rodillas al suelo con gotas de sudor cayendo junto a mis rodillas. Puedo sentir la adrenalina recorriendo mi cuerpo, pero mi mente se encuentra demasiado cansada y decido rendirme, al menos por hoy. -          No sabía que tenías tanta ira acumulada. Sonrío ante su comentario, pero no respondo. Sí él supiera todo lo que he pasado y toda la ira que he acumulado por años me animaría a continuar golpeando el objeto metálico. Levanto la mirada en dirección a mi entrenador y me encuentro con una sonrisa de orgullo en sus labios. Lo conozco hace poco, pero desde el primer día generé una confianza hacía él. Su largo cabello rizado recogido en una pequeña coleta a la altura de su nuca me recordó a una de las mujeres que vivía en la jaula junto a la mía por varios meses. Me levanto del suelo con el bate todavía en mis manos y lo levanto en el aire esperando a que lo tome. -          Parecía que estarías horas golpeando todo a tu paso. -          Necesitaba descargarme y estos cuartos de ira son perfectos. -          No sé a quién imaginas que golpeas cuando estás dentro del cuarto, pero ruego a Dios para nunca ganarme tu odio. Sé que estaba bromeando, pero imagino el rostro del responsable de todo lo malo en mi vida y la ira vuelve a despertar en mi interior. -          Ve a ducharte, apestas. Su broma me causa una carcajada, pero al levantar mi blusa a la altura de mi nariz el olor a sudor llega a mis fosas nasales y no puedo evitar que una mueca aparezca en mis labios. -          ¿Tienes la hora? Pregunto en cuanto me percato que he perdido toda noción del tiempo. Cesar, mi entrenador, levanta su muñeca izquierda para verificar la hora en su reloj. -          Tres y ocho minutos. Mis ojos se abren ante la sorpresa y una maldición inaudible sale de mis labios. -          ¡Llego tarde!  Camino apresuradamente hacia la salida, pero la voz de Cesar me detiene. -          No olvides tomar una ducha. -          No tengo tiempo, llego tarde a terapia en grupo. Olvido despedirme y empiezo a correr hacia el exterior del gimnasio. Mis pulmones me exigen un pequeño descanso y me veo obligada a detener mis pasos e inhalar el oxígeno que mis pulmones necesitan. Camino apresuradamente hacía el pabellón de consultorios psicológicos y doy prisa en el momento en que observo entrar a dos personas en el salón a donde me dirijo. Una mujer de cabello oscuro y piel blanca camina junto a un hombre cuyo cabello n***o se encuentra recogido en una pequeña coleta a la altura de su nuca. Ambos parecen tímidos al momento en que empiezan a buscar un asiento disponible. Doce pacientes se encuentran sentados en sus respectivos asientos formando el típico círculo donde la Doctora Christine se encuentra en la cabeza. Consigo sentarme en el último asiento disponible, justo en frente de la Doctora y a pocos metros de los recién llegados. Cómo siempre la Doctora presenta a los nuevos integrantes de la terapia y tras una breve introducción del tema que se tratará el día de hoy pide voluntarios para comenzar con la charla grupal. La mujer que vi en la entrada levanta la mano. Parece temerosa, pero también puedo notar que su progreso es mayor que el mío debido a lo valiente que demuestra ser al ofrecerse a contar su historia. -          Hola, soy Hannah. Todos saludamos al unisón y concentro toda mi atención en ella. -          Hace ocho años me diagnosticaron esquizofrenia. Hace tres años decidí dejar de tomar la medicación y una noche escapé de casa. Estuve una semana viviendo en las calles y unos hombres en un callejón abusaron de mí. Puedo notar como la voz se le quiebra al decir esas últimas palabras, pero se recompone de inmediato y continua con su relato. -          A raíz de esa noche quedé embarazada. Mamá me encontró unos días después y me hizo exámenes médicos dónde descubrieron lo que me había pasado. Hace menos de un año estaba con mi bebé en el parque cuando pensé que había visto a los hombres que me hicieron daño y tuve un ataque de pánico. Empecé a correr y abandoné a mi bebé en el parque. Me quitaron la custodia de mi hijo y ahora mi mamá lo tiene. Mis padres me internaron aquí y en un mes saldré y podré estar con mi hijo de nuevo. No puedo evitar sonreír al imaginarle sonriendo junto a su hijo y varios de los presentes empiezan a aplaudir al sentirse conmovidos por la historia de Hannah. -          Al igual que Hannah, todos aquí tenemos un motivo por el cual queremos volver a nuestros hogares y trabajamos todos los días para conseguirlo. – Habla la Doctora. No puedo evitar pensar en Husein y Adriano y en el futuro que me espera en el momento en que abandone este lugar. La sesión dura una hora más donde la Doctora nos da consejos para vivir en el mundo exterior y otros dos pacientes cuentas sus historias. Me percato que el hombre junto a Hannah no ha hablado en ningún momento, pero no puedo culparlo, ya que me comporté de igual manera el primer día que asistí a la terapia en grupo. Es sábado y probablemente Adriano venga a visitarme o quizá venga mañana junto a Husein, pero de igual manera decido caminar hacia el pabellón de las habitaciones para tomar una ducha. Camino lentamente hacia las habitaciones. Cuento mis pasos mientras me adentro al edificio y al momento en que empiezo a subir las escaleras hacia el segundo piso una voz me detiene. -          Adaeze, tienes visita. Pensé que ya te habían informado. El enfermero en la recepción me informa de la visita y de inmediato pienso en Husein y Adriano. Retrocedo hacia la recepción y espero a que el enfermero me indique el salón al que debo dirigirme. -          Está en el 8. Agradezco con una sonrisa y me dirijo hacia la última puerta del pasillo. Al abrir la puerta me encuentro con Husein sentado en el sofá con la mano extendida sobre el brazo del sofá y su cabeza recostada con la mirada hacia el techo. En cuanto escucha la puerta siendo abierta se levanta y con una sonrisa me saluda. Corro hacia él y me recibe con una abrazo que dura casi un minuto. -          Te extrañé. - digo. Husein empieza a acariciar mi cabello de arriba hacia abajo con una sola mano mientras nos empezamos a separar lentamente. No puedo evitar sonreír mientras observó su rostro, pero de inmediato noto algo extraño en su mirada y mi sonrisa desaparece lentamente. -          ¿Pasó algo? Su sonrisa es un poco torcida y es evidente que algo quiere decirme, por lo que me mantengo en silencio mientras espero la respuesta a mi pregunta. -          No es nada, solo estoy un poco cansado. Ha sido una semana larga. No le creo una sola palabra, por lo que me separo de él y me acomodo en el mismo sofá donde se encontraba sentado hace unos minutos. Segundos más tarde Husein me sigue y se sienta a mi lado con una postura rígida. Puedo notar su incomodidad, así que me acerco a su cuerpo para abrazarlo mientras nos recostamos juntos. -          Sabes que no me gusta que me mientas. Ya dime que sucede. Husein se mantiene en silencio unos cuantos segundos hasta que finalmente suspira y empieza a hablar. -          Ayer vi una noticia... Había una mujer, una escritora. No entiendo hacia dónde se dirige esta conversación, pero me mantengo en silencio para no interrumpirlo. -          Hace unos años esta mujer escribió un libro sobre una mujer que escapó de sus secuestradores. Hoy en la mañana compré ese libro y leí los primeros capítulos. Sigo sin entender la razón del nerviosismo de Husein, por lo que decidí interrumpirlo. -          ¿Estabas preocupado por contarme sobre el libro de una mujer que viste en la televisión? -          No es solamente eso. Esta mujer no escribió una historia ficticia, sino que escribió la historia de su vida y jamás reveló que se trataba de una historia real. -          ¿Me estás contando todo esto para que lea su libro? -          No, te cuento esto porque... Los secuestradores de esa mujer son los mismos hombres que te mantuvieron encerrada todos estos años. Mi cuerpo inmediatamente se congela al recordar el rostro de esos hombres mientras tocaban mi cuerpo y lo usaban a su antojo. Puedo recordar las náuseas y el asco que sentía mientras sus dedos recorrían mi piel y cada golpe y quemadura que me causaron mientras abusaban de mí. -          ¿Qué? No puedo evitar tragar fuerte cuando empiezo a recordar a cada mujer que estuvo en las jaulas junto a la mía e imaginar cuál de ellas pudo ser la que escribió aquel libro. -          Al parecer escapó poco antes de que tú llegaras a ese lugar y tuvo una vida bastante dura después de eso. Adicción y prostitución, pero ahora ella ha superado todos sus traumas, está casada y parece ser feliz. ¿Es feliz? ¿De verdad se puede llegar a ser feliz después de vivir en un infierno por años? Cuando trato de encontrar la felicidad siento que algo me hala de vuelta y me obliga a recordar cada lágrima que he derramado en los últimos años. A veces pienso que trato de arruinar mi propia felicidad y de esa manera recordarme que nada ni nadie borrará mi pasado. -          ¿Estás seguro de que es feliz? -          Sí, es decir… supongo que si o al menos eso parece. He trabajado para encontrar mi propia felicidad durante meses, pero supongo que esa mujer lo ha hecho por años. -          Me gustaría leer ese libro. -          Puedo comprarte una copia sí quieres. -          Te lo agradecería. Un silencio relajante se instala en la habitación por varios minutos y he empezado a sentirme adormilada mientras disfruto de la compañía del hombre que amo. Abro los ojos de inmediato al asimilar ese pensamiento y no puedo evitar sentirme abrumada por ese pequeño cosquilleo que me causa en estómago ese pensamiento. -          Husein. -          Mmm. Por su respuesta puedo deducir que Husein también ha empezado a dormirse. -          ¿Por qué me amas? No obtengo una respuesta de inmediato por lo que levanto mi cabeza de su pecho y centro mi atención en su rostro. Husein baja la mirada hacía mis ojos y puedo notar la sorpresa que le causó mi pregunta. -          ¿Por qué lo preguntas? Levanto los hombros al no encontrar una respuesta clara a su pregunta. -          Curiosidad. – digo. Su mirada es penetrante y parece que empieza a ordenar sus ideas para responder a mi pregunta. -          Creo que siempre te he amado, pero no me había dado cuenta hasta que te vi en el hospital de St. Lois. Te amo porque eres valiente, una luchadora y principalmente porque soy feliz contigo y disfruto cada segundo que paso a tu lado. Puedo sentir cómo mi corazón se derrite con cada una de sus palabras y me acerco a su rostro para plantarle un beso en los labios. Nos mantenemos abrazados durante diez minutos más hasta que recuerdo que no me he duchado y seguramente debo estar oliendo mal. Me separo de Husein lentamente, pero él decide que todavía no quiere separarse de mí y me abraza con más fuerza para que no pueda moverme. -          Debo ir a tomar una ducha. -          Todavía no te vayas, por favor. No puedo negarme y nos mantenemos recostados en el sofá un poco más de tiempo. -          Creo que estoy lista para irme. – confieso. -          No, por favor dos minutos más. Noto que Husein malinterpretó mis palabras por lo que trato de ser más clara. -          No, no hablo de eso. Decía que estoy lista para salir al mundo y enfrentarme a la vida. -          ¿Ya no quieres estar aquí? -          No es que no quiera, pero me gustaría volver al mundo y demostrarme a mí misma que puedo tener una vida normal. -          Deberías hablarlo con Papá, él es mucho más sabio que yo y podría aconsejarte. -          ¿Qué opinas tú? -          Opino que me encantaría volver a tenerte en casa y sería el hombre más feliz de esta tierra si aceptas vivir conmigo de nuevo. Me sonrojo de inmediato al imaginarme viviendo con Husein, ya que todavía no hemos aclarado nuestra situación. -          ¿De verdad quieres que volvamos a ser roomies? Husein toma mi barbilla y me obliga a levantar la mirada hacía su rostro. -          ¿De verdad piensas que eso es lo que quiero que seamos? -          No lo sé, ¿qué te gustaría que fuésemos? Sus manos acunan mi rostro y me besa delicadamente. -          Quizá novios, obviamente si tú aceptas. Mi yo de diez años empieza a saltar y celebrar en mi cabeza en tanto yo simplemente sonrió alegremente. -          Entonces, ¿ahora somos novios? Husein sonríe como un niño al que le acaban de regalar un dulce y sé que ambos nos vemos como dos tontos enamorados con grandes sonrisas que iluminan nuestros rostros. -          Me gusta eso… “Mi novia”, creo que voy a llamarte así a partir de ahora. Lo beso una vez más y celebramos el inicio de nuestra relación sin quitarnos las sonrisas tontas en nuestros rostros.    
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