No sé cuánto tiempo estuve tirada en el suelo del callejón, lo que sí sabía era que estaba haciendo un frío de los mil demonios y yo estaba sola. No podía moverme por el dolor que sentía en mi entrepierna y cada vez que veía a alguien pasar por fuera del callejón tenía esas ganas de gritar pidiendo ayuda pero a la vez con un miedo de que esa persona fuera más imbécil que el anterior. No me había dado cuenta de que mi teléfono estaba a centímetros de mi cara parpadeando por alguna llamada o texto, con todas las fuerzas que me quedaban me arrastré un poco y conseguí tomarlo. Era una llamada, y era de Alonso. Conteste con las lágrimas saliendo de mis ojos. —¡Alonso! —dije entre pequeños sollozos que él escucho, pero no respondió, podría haber pensado que la llamada se cortó pero oía su re

