Su cálido aliento en mi cuello hacia que partes desconocidas para mí se encendieran de una forma totalmente extraña, nunca me había tocado a mí misma ni tenía idea de cómo hacerlo, era virgen del cuello hacia abajo. Así que de que estaba nerviosa, lo estaba y mucho.
—No esperaba verte aquí —dije aunque mentía porque muy dentro de mí, deseaba que él se encontrara aquí.
—¡Te ves muy hermosa Tamara! —dijo dejando pequeños besos en mi mejilla.
—¡Gracias! —me di vuelta en sus brazos y me encontré con esos hermosos ojos azules, aunque mirándolos bien no eran tan azules como los de Alonso ¿por qué estoy pensando en Alonso?
Saque de mi cabeza a Alonso y me concentré en Javier, él se veía tan apuesto como siempre, en una camisa rayada y sus jeans perfectamente acomodados en sus piernas musculosa, la verdad pensé: “quien fuera jeans para abrazar esas piernas bebé”.
—¡Te extrañe! —dijo luego de un rato de estar mirándonos a los ojos.
—¿Ah sí? —pregunté, él sólo asintió.
Había conocido a Javier en un fiesta, una amiga se había ensimismado con él he hizo que nos fuéramos a presentar, al final ella termino con Luis, que era el mejor amigo y yo conociéndome con Javier. Sabía que a él le gustaba ser libre, no tener una relación solo pasadas de una noche pero conmigo dijo que era diferente. No sé qué diferencia hay, soy una chica como tantas otras.
—¿Quieres tomar algo? —preguntó, yo asentí—. Bueno, entonces vamos, no hay que esperar, ya sabes que la cerveza aquí se acaba rápido —dice guiñandome un ojo.
Me tomo de la mano y juntos caminamos hacia la cocina donde un chico detrás de una barra servía cervezas o vodka, era algo muy típico de Damián. El chico me pasó el vaso rojo con cerveza y cuando iba a dar el primer sorbo una voz muy conocida me sobresaltó haciendo que parte de la cerveza se me cayera, por suerte al piso y no al vestido.
—¡Tamara Santana —dijo gruñendo Damián.
—Damián, ¡hola! —dije lo más dulce posible.
—¿Cómo pudiste? —me preguntó él cuando estuvo al frente mío.
—¿Cómo pude qué? —le devolví la pregunta, aunque sabía perfectamente a lo que se refería.
—¡Hacerme eso! —dijo tratando de parecer enojado pero se notaba que no lo estaba—. ¡Era un hombre! —exclamó levantando los brazos—. ¡Un. Puto. Hombre! —
—Eso me dijeron —dije poniendo una mueca—. Pero yo no lo sabía, ¡lo juro! —dije juntando mis manos en señal de perdón.
Él pareció considerarlo un momento y luego sonrió con esa sonrisa “baja bragas” que le funcionaba con las chicas para llevarlas a su habitación. Pobre, aún seguía intentándolo conmigo.
—¿Qué te parece si nos vamos a bailar? —propuso, pero inmediatamente sentí la mano de Javier en mi cintura, Damián vio la mano de Javier y sonrió—. Creo que estas tomada —dijo levantando las manos en señal de paz.
Iba a decirle que no estaba tomada pero Javier se me adelanto.
—Sí, lo siento llegaste tarde amigo —dijo éste con una sonrisa de superioridad—. Lo siento —
—También yo lo siento —dijo tratando de parecer un poco herido. Sin más se alejó, no sin irse con su sonrisa a juego, algunas chicas hasta suspiraban por él lo que era muy divertido.
—¿Qué es tan divertido? —preguntó Javier al notar mi sonrisa.
—Nada —dije encogiendome de hombros, él me dio un beso en el cuello lo que me hizo soltar una risita tonta. No quise admitir que lo de estar “tomada” en cierto modo me había molestado, pero no quería arruinar esta noche, se lo plantearía más tarde.
Después de que yo tomara mi cerveza nos fuimos a bailar a la pista improvisada, allí nos encontramos con Diego y la morena de la clase, y también a Damián con una rubia que parecía que no tenía cerebro, a veces no entiendo porque algunas que son rubias son tan tontas. Cada vez el baile se fue haciendo más caluroso y si antes había estado un poco nerviosa ahora estaba segura, me sentía cómoda.
—¡Ven! —dije tomando su mano en dirección hacia las escaleras que conducían hacia las habitaciones de la segunda planta. Entramos a una habitación que para ser sincera no sabía de quién era, Damián era hijo único y no entendía el porqué de tantas habitaciones. En mi casa también hay bastantes habitaciones pero no tantas como en esta casa, parece un hotel.
—¿Qué quieres hacer? —preguntó, y podía jurar que no tenía ni idea de lo que estábamos haciendo aquí, o lo que íbamos a hacer.
—Quiero… —dije acercándome a él y tocando la punta de sus labios con mi dedo, soltó un suspiro y sonreí—. ¡Quiero que me hagas tuya! —solté por fin.
Él me miro sorprendido, era obvio que no era esto lo que se esperaba, él sabía que yo era virgen y nunca quiso que lo que fuera que tuviéramos se basara en el sexo, lo que me gustaba mucho de él. Javier podía drogarse de vez en cuando, tal vez emborracharse pero a pesar de todo era un buen tipo. Tú debes de decir como un tipo que toma drogas y alcohol puede ser un buen tipo, pero tú no conoces a Javier.
—¿Qué? —preguntó.
—¡Quiero que lo hagamos ahora! —dije.
—¿Estás segura? —preguntó, asentí—.Tú sabes que yo no tengo apuro —
Puse una mano es sus labios.
—Hace mucho que estoy segura —dije y estrelle mis labios contra los suyos en un beso desesperado y a la vez lleno de pasión. Sus manos se posaron en mi cintura como si no quisiera presionarme demasiado, lo que era muy lindo de su parte, me acerque aún más a él ocasionando que diera unos cuantos pasos hacia atrás en dirección a la cama de tamaño matrimonial que allí se encontraba, cuando mis piernas tocaron la superficie de la cama, Javier me dejo lentamente en ella apoyándose en sus codos para mirarme fijamente a los ojos.
—¡Yo no te estoy presionando para hacer esto! —dijo y yo solo sonreí antes de contestar.
—¡Lo sé! —al decir esto me enderece y di vuelta en la cama quedando apoyada sobre mis rodillas, las manos de Javier lentamente se posaron en mi cuello haciendo a un lado el pelo que allí se encontraba para abrir el cierre del vestido. Cuando este se encontraba abierto sentí los labios de Javier en mi espalda recorriendo el camino que ejerce mi columna vertebral haciendo que se me erizara la piel.
Rápidamente me quito el vestido dándome vuelta para quedar acostada en la cama boca arriba, sus ojos estaban llenos de lujuria y pasión lo que hacía que me encendiera aún más. Me hacía sentir deseada y eso me encantaba.
—Eres aún más hermosa de cómo te imagine —su voz ronca provocaba cosquillas en mis oídos. Sus labios bajaron a mis pechos que estaban sin sostén, llevándose uno a la boca haciéndome jadear de placer. Su otra mano me afirmaba de la cintura apretándome más contra su cuerpo. Las sensaciones que me embargaban a cada toque suyo me volvían loca, podía sentir como mi excitación era palpable y su gruñido me hizo saber que él también lo sentía.
Me enderece con las pocas fuerzas que me quedaban y le saque la camisa dejando a la vista sus marcados abdominales y la v debajo de su ombligo que era demasiado besable diría yo. Me acerque y fui dejando pequeños besos por debajo de su ombligo, podía sentir cómo sus músculos se contraen mientras yo le desabrochaba el pantalón y se lo bajaba junto con los bóxer. ¡Vaya!
—¿Linda vista? —dijo con una sonrisa de superioridad.
No me dio tiempo de contestar ya que sus labios se estrellaron contra los míos y sus manos estaban bajando mis bragas a una velocidad impresionante, podía sentir su erección contra mis muslos y luego en la punta de mi tan necesitada excitación.
Puso sus codos a cada lado de mi cabeza y me beso lentamente mientras entraba en mí, ¡dios!, dolía como el infierno pero sus besos me calmaban, cuando estuvo totalmente dentro de mí se quedó quieto para que pudiera acostumbrarme a él, debo decir que su amigo no era para nada pequeño, y yo no había pensado en ese detalle.
Cuando el dolor cesó, subí mis piernas a sus caderas incentivando a que se moviera y así lo hizo. Sus embestidas que al principio eran lentas se hicieron rápidas y placenteras llevándonos al mismo abismo del orgasmo juntos. Mi grito de placer se fundió con su gruñido animal. Provocando que cayera encima de mí pero procurando no aplastarme con su peso.
—¡Eso estuvo grandioso! —dijo en un susurro, aun nuestras respiraciones no se controlaban del todo, sonreí.
—¡Sí! —dije mirándolo a los ojos y corriendo su cabello que ahora estaba un poco sudado.
—Te quiero Tamara —dijo antes de besarme con cariño.
Nos vestimos, ambos con sonrisas tontas en nuestras caras, Javier no se había separado en toda la noche de mí e incluso me había pedido salir a lo que yo respondí inmediatamente que sí. Diego posiblemente estaba en una de las habitaciones de arriba o probablemente en los arbusto detrás de la casa, nunca se sabe.
Cuando llegue a casa eran las cuatro y media de la mañana, así que entre muy calladita con los tacones en la mano para no hacer ruido pero algo llamó mi atención en la cocina. Me dirigí hacia ella ya que la pequeña luz estaba encendida y cuando me asome no vi a mamá sino una espalda de hombre, ancha que ya había visto antes. Los músculos se le marcaban en la playera de dormir haciendo que se viera aún más musculoso de lo que ya por si era.
—¿Qué haces aquí? —pregunté provocando que se sobresaltara con mi voz.