SOSPECHAS

1821 Words
Las redes invisibles siempre son las más efectivas. Pero también son las más peligrosas, porque uno no puede controlar cómo reacciona la presa cuando empieza a sentirlas. En mi mundo, las trampas se tejen con precisión: un favor aquí, una sombra allá, un encuentro que parece casual pero está calculado al milímetro. Cada hilo debe ser invisible, pero lo bastante fuerte para sostener el peso de una intención. Con Valeria, los hilos eran más delicados que nunca. No porque yo fuera menos hábil, sino porque ella era diferente. Había algo en su mirada —un brillo que no se apagaba ni con el cansancio— que me hacía querer apretar más fuerte, pero también temer que la red se rompiera. Valeria comenzaba a notarlo. No era evidente, no era una acusación directa, pero lo veía en su manera de mirar alrededor, como si buscara patrones en la rutina que antes le parecía caótica. Lo notaba en el leve ceño fruncido cuando algo salía demasiado perfecto: el capuchino en El Rincón Olvidado que ahora sabía más rico, con un toque de vainilla que no estaba allí antes; el libro imposible de conseguir —un atlas de anatomía de tapa dura— que apareció como por arte de magia en la librería polvorienta; los ejemplares exactos que necesitaba, siempre en el estante justo cuando entraba, como si alguien los hubiera colocado para ella. Y, más importante aún, lo notaba en la forma en que sus ojos se detenían en mí, no solo con curiosidad, sino con algo nuevo: una chispa de sospecha que no podía ignorar. La tercera vez que nos encontramos “por casualidad” en la cafetería, no mostró sorpresa. Fue una tarde gris, con el cielo cargado de nubes que prometían lluvia, y el aire dentro de El Rincón Olvidado estaba denso con el aroma de café molido y pan recién horneado. Me había sentado en una mesa cerca de la ventana, con un periódico que no leía, fingiendo estar absorto en las noticias mientras la esperaba. Ella entró a las 6:47, puntual como un reloj, con la mochila pesada y la bufanda gris colgando floja alrededor de su cuello. Saludó a Ana, la barista, con un gesto rápido, y pidió su capuchino de siempre. Cuando se giró hacia las mesas, sus ojos me encontraron de inmediato, y en lugar de la sorpresa de encuentros anteriores, vi una sonrisa resignada, casi divertida, como si aceptara que yo era parte del guion de su vida. —¿Sabes? —dijo mientras se sentaba frente a mí, removiendo su capuchino con una cuchara pequeña, el vapor subiendo en espirales que atrapaban la luz—. Me está empezando a preocupar la cantidad de veces que nos cruzamos. —¿Preocupación o curiosidad? —respondí, inclinándome hacia adelante, dejando que mi voz fuera un murmullo cálido, sin apartar la vista de sus ojos. Eran oscuros, con ojeras más marcadas que la última vez, pero había un fuego en ellos que me hacía querer acercarme más, aunque sabía que debía contenerme. Ella rió suavemente, un sonido que vibró en el aire como el eco de la campanita de la puerta. No respondió de inmediato, solo removió el café, dejando que la espuma se deshiciera en pequeños remolinos. Luego, alzó la vista, y su mirada era una mezcla de desafío y cautela. —Digamos que empiezo a sospechar —dijo, arqueando una ceja—. ¿Qué tan probable es que alguien se cruce conmigo tantas veces en una ciudad de millones? —¿De qué sospechas exactamente? —pregunté, manteniendo la sonrisa, aunque mi pulso se aceleró. Era un terreno peligroso. Si ella ataba los cabos demasiado pronto, la red se rompería antes de estar completa. Ella se encogió de hombros, pero sus ojos no se apartaron de los míos. —De que el universo tiene sentido del humor. O un guion muy bien escrito. Esa respuesta me gustó. Era astuta, pero no acusatoria. Una parte de ella intuía que no era el universo, sino yo, quien jugaba con los hilos de sus días. Pero prefirió la explicación más cómoda, la que le permitía seguir viéndome sin miedo, sin tener que enfrentarse a la verdad. Y yo no la corregí. Nunca corrijo cuando una mentira trabaja a mi favor. En cambio, alcé mi taza de café n***o, fuerte y sin adornos, y brindé en silencio por su ingenuidad. —Al universo, entonces —dije, y ella rió de nuevo, esta vez más relajada, como si la idea de un guion cósmico le diera permiso para disfrutar del momento. Hablamos un rato más, de cosas intrascendentes que en realidad no lo eran. Me contó sobre un examen de patología que la tenía al borde del colapso, sobre cómo los nombres de enfermedades se le mezclaban en la cabeza como una sopa de letras macabra. Yo conté una anécdota vaga sobre un viaje a México, donde probé un café con especias que quemaba la lengua pero despertaba el alma. Cada palabra era una pieza más en el rompecabezas que estaba construyendo: hacerme familiar, pero no demasiado; intrigante, pero no sospechoso. Cuando se fue, con la mochila al hombro y una promesa de “nos vemos pronto”, supe que la semilla estaba creciendo. Ya no era solo el hombre del supermercado. Era Mateo, el tipo que aparecía en los momentos justos, con un café en la mano y una sonrisa que prometía más. Unos días después, la vi salir de la facultad bajo una lluvia torrencial. No llevaba paraguas, y corría protegiéndose la cabeza con la carpeta, el papel empapándose bajo el aguacero. Su mochila estaba empapada, colgando pesada de un hombro, y su bufanda gris se pegaba a su cuello como una venda inútil. Yo estaba en el coche, un sedán gris que Dante había elegido para pasar desapercibido, estacionado en la esquina opuesta. La observaba desde detrás del vidrio empañado, el limpiaparabrisas marcando un ritmo que se sincronizaba con mi pulso. Tenía dos opciones: mantener la distancia, dejar que la lluvia se la tragara, o acercarme y reforzar el lazo que estaba tejiendo. Elegí acercarme. Bajé del coche con un paraguas n***o, grande, de los que uso en reuniones importantes para no mojar un traje de miles de dólares. Caminé hacia ella, mis pasos firmes contra el pavimento resbaladizo, y cuando estuve lo bastante cerca, alcé la voz por encima del rugido de la lluvia. —Valeria. ¿También aquí? Ella se detuvo, jadeante, con el cabello pegado a la cara y gotas resbalando por sus mejillas. Soltó una carcajada, un sonido puro que cortó el gris del día como un relámpago. —Ya voy a empezar a creer que me estás siguiendo —dijo, entre risas, limpiándose el agua de los ojos con el dorso de la mano. —¿Y qué harías si fuera cierto? —pregunté, arqueando una ceja, sosteniendo el paraguas sobre ambos para crear un refugio temporal contra la tormenta. Me miró un segundo, como calibrando si bromeaba o no. Luego sonrió, una sonrisa que era más desafío que rendición. —Pues… supongo que aceptaría el paraguas —respondió, acercándose un paso más, hasta que el espacio entre nosotros era apenas un suspiro. Compartimos el trayecto hasta la parada del autobús, caminando tan cerca que el borde del paraguas rozaba su hombro y el mío. La lluvia golpeaba el plástico transparente sobre nuestras cabezas, creando un espacio íntimo, casi secreto, en medio de la calle gris. Podía oler el champú en su cabello mojado, un aroma cítrico mezclado con el olor a papel húmedo de su carpeta. Sus zapatillas chapoteaban en los charcos, y cada tanto me miraba de reojo, como si intentara descifrarme. —¿Siempre andas con un paraguas tan elegante? —preguntó, con un toque de burla que me hizo sonreír. —Solo cuando sé que va a llover —respondí, y ella rió, negando con la cabeza. Llegamos a la parada del autobús, donde una marquesina desvencijada ofrecía una protección inútil contra el aguacero. El autobús 47 llegó con un rugido, salpicando agua sucia, y subimos juntos. Ella se sentó junto a la ventana, yo en el asiento del pasillo, dejando un espacio mínimo entre nosotros. No hablamos mucho. A veces, el silencio dice más que las palabras. Pero yo no quitaba la vista de los hombres que subían y bajaban, mis sentidos alerta, escaneando cada rostro por si alguien se acercaba demasiado. La protegía, incluso cuando no lo notaba, incluso cuando el calor de su brazo rozando el mío me distraía más de lo que quería admitir. En el trayecto, ella sacó un cuaderno de su mochila empapada y garabateó algo, quizás apuntes de clase o una lista de pendientes. La observé de reojo, memorizando la curva de sus dedos alrededor del bolígrafo, la forma en que mordía el labio inferior cuando se concentraba. Era un gesto pequeño, pero me golpeó como una revelación. Quería conocer cada uno de esos detalles, coleccionarlos como granos de café en una bolsa que nunca se agotara. Cuando bajó frente a su edificio, dudó un instante antes de despedirse. La lluvia seguía cayendo, más suave ahora, un murmullo que envolvía la calle en un velo plateado. —Hasta pronto, supongo —dijo, con una mezcla de ironía y expectativa, su bufanda colgando húmeda como un trofeo de guerra. Me quedé viéndola entrar, la puerta oxidada cerrándose tras ella con un chirrido que resonó en la noche. Su silueta permaneció en mi mente, más nítida que nunca, como si la lluvia la hubiera grabado en mí con tinta indeleble. Esa noche, de vuelta en el penthouse, el aroma del café guatemalteco llenó la cocina mientras preparaba una taza. El vapor subía como un recuerdo, y por un momento, cerré los ojos e imaginé a Valeria aquí, sentada en la encimera de mármol, riendo con esa risa que era más luz que sonido. Pero la fantasía se rompió cuando mi teléfono vibró. Un mensaje de Dante, seco y directo: "Un vecino empezó a preguntar por ti. Dice que ha visto tu coche rondando. ¿Quieres que lo calle?" Lo leí varias veces, el café enfriándose en mis manos. El mundo de Valeria y el mío estaban empezando a rozarse demasiado. Y los roces, si no se manejan, terminan en incendios. Pensé en el vecino, en su curiosidad peligrosa, en cómo un solo cabo suelto podía deshacer la red que había tejido con tanto cuidado. No respondí de inmediato. Me limité a mirar por el ventanal, donde la ciudad brillaba como un tablero de ajedrez. Pero en mi mente, solo veía a Valeria, caminando bajo la lluvia, su sonrisa desafiándome a seguir jugando. No iba a dejar que un vecino, un coche, o sus sospechas rompieran el juego. No ahora, cuando ella empezaba a buscarme en cada esquina, cuando el aroma del café ya no era solo suyo, sino nuestro.
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