—¡Cabra loca! —exclamó la abuela Leticia, sin poder creer que me tuviese frente a ella y el abuelo Roberto.
Después de que Mónica saliera de cirugía, hubo buenas noticias, en esos momentos estaba fuera de peligro, pero su recuperación sería muy lenta. Todo iba a depender de como evolucionase en esos días.
A Talía y Leonardo le permitieron verla, pero cinco minutos cada uno, ni más ni menos y por separado, se estelarizaron para eliminar cualquier bacteria que hayan tenido encima y poder ingresar a verla.
Talía salió con los ojos llorosos al ver su hermana conectada a varias máquinas, y parte de su cuerpo enyesado. Mi cuñada Nora, que es su mejor amiga la refugió entre sus brazos, mi primo Leonardo se armó de fuerza y entró a la Unidad de Cuidados Intensivos.
—Mi muñeca traviesa —mi abuelo Roberto me trajo al presente.
Después de que Leonardo saliese, Carlos, Nora y mis padres decidimos ir a la casa de mis abuelos.
—¡Yayaaaa! —exclamé abrazándola. Tantos meses sin sentirla, sin olerla—. Te extrañé un montón —susurré con la garganta cerrada. Por allí venían las lágrimas— y a ti también yayoooo.
El abuelo Roberto se acercó a nosotras y nos abrazó, no pude seguir conteniendo más las lágrimas y sollocé, por todo, por el tiempo lejos de ellos, por lo de Mónica y por un sinfín de cosas que ara algunos no tendrían sentido, pero para mí n ese momento sí.
—Leti y yo pensábamos que nos tocaba viajar a Miami a traerte a rastras, pero aquí estás mi cabra loca —comentó mi abuelo.
Nos separos los tres, y vi a nuestros espectadores, papá y mamá estaban radiantes, a pesar del momento, estaban felices. Y Nora y Carlos hablaban con el tío Gael.
—Tío —lo saludé amable, estaba frente al padre de mi tormento, pero aun así eso no empañaba la imagen y el amor que sentía por Gael Arteaga. Me recibió con una sonrisa.
—La traviesa Alaska —murmuró con gracia, me miró de arriba abajo para después agregar—. Que grandes estas consentida, por fin te dignaste a visitar a este par de viejos —dijo incluyéndose él.
Todos sonrieron, porque así era Gael Arteaga, juguetón y pícaro como su padre, que en paz descanse.
—NOOO TÍO —chillé con dramatismo—. ¿Cómo va decir eso? Si yo siempre los tengo presente en mi vida.
—Pues no pareciera Ali.
Ali.
Ese sobrenombre me calentó el corazón porque él fue quien me lo colocó, después Gustavo y después todo el resto de la familia. Ser la menor de una familia conlleva a que todos te mimen y se encariñen contigo, por lo menos en mi caso.
El resto del día lo pasé en compañía de mis seres queridos, la abuela mandó a preparar las comidas favoritas de mis primos y mi hermano Enrique para hacérselas llegar, mientras tanto a mi no me dejaron de consentí y no me dejaron ir a mi departamento hasta bien entrada la noche.
Cuando llegué a mi departamento me sentí como solía, en calma conmigo misma, tranquila, sin importarme nada. Sabía que esa sensación se debía por reencontrarme con mi familia, el estar tanto tiempo alejada de ellos me hacía añorarlos todos los días.
Una vez en la cama le mandé un mensaje a Guzmán para notificarle que ya me encontraba en mi departamento y que Mónica esas horas iba evolucionando bien.