Mi niña, mi dulce niña

1757 Words
Nos vimos de pies a cabezas, él sin poder creer que me tenía en frente y yo viendo lo guapo que estaba con ese traje, a su lado como siempre estaba Norita, con sus impresionantes ojos azules y sus labios rosados. Me fijé en que estaban tomados de la mano, mi corazón se alegró por él, por lo menos uno de los tres hermanos Labrador tendría suerte en el amor. Ni pensaba en Enrique, porque el grandulón de mi hermano es un picaflor y así moriría. En los años que viví en casa de mis padres nunca llegué a conocerle una novia seria, cosa muy distinta de Carlos, desde pequeña supe que tenía un enamoramiento por Nora, pero el tonto de mi hermano no se sentía preparado porque Nora y Talía son de la misma edad, tres años menor que Leonardo, Enrique, Carlos y Gustavo. —¡Aliiii! —exclamó Nora, todos sin poder procesar que estuviese aquí. Sé que más adelante tendría que dar explicaciones, pero mientras tanto las evitaría. —¡Cuñadaaa! —fui a su encuentro y la abracé. Las dos nos fundimos en un abrazo, no pasé desapercibido la mirada de mi hermano, sabía que estaba sacando sus propias conclusiones. Volteé los ojos para hacerle saber que no pensaba responder a sus preguntas, no todavía. En este momento solo importaba la salud de Mónica. —Por más que me alegre verlos —dije viéndolos a todos, con dos excepciones que ni miré—, lamento que sea en estas circunstancias, ¿Cómo está Mónica? ¿Me pueden decir que tan fuerte fue el accidente? —Alii, te dije que fue arrollada por un auto —se armó se paciencia Leonardo — solo Chloé podría responderte esa pregunta, solo ella presenció ese horrible momento Sin poder evitarlo, las lágrimas volvieron a correr por mis mejillas, me sentía en una pesadilla, pero de esta pesadilla me costaba despertar y quería hacerlo, quería pensar que solo era eso, una pesadilla y no una realidad. Carlos, mi hermano, me abrazó fuerte, fuerte; reconfortándome. Me acunó entre sus fuertes brazos y besó mi cabeza. —Tranquila cabra loca, ya verás como Mónica va salir bien de todo esto. Es lo que más ansiábamos todos, la pronta recuperación de nuestra Pocahontas. La llamábamos así desde que apodaron a la Miss Venezuela 2017 en el Miss Universo 2018, Stephany Gutiérrez y nuestra Mónica tenían un gran parecido, solo las diferenciaba el color de sus pieles, la miss es un poco más clara que Mónica, pero ambas morenas de pelo larguísimo y lacio. —Enrique, considero que deberías crecer y madurar, ya no tenemos diez años para estar discutiendo por ridiculeces —puntualicé serena, padre asintió estando de acuerdo conmigo—. Reconozco que fallé al no comunicarles que me encontraba en el país, pero apenas llegué ayer… —Nuestra Pocahontas argentina saldrá meneando esas caderas —susurró Talía en los brazos de Leo. Asentimos. Porque no queríamos pensar nada más allá de que Mónica saldría bien de todo esto. Norita se acercó a nosotros y me preguntó si deseaba algo. Negué con la cabeza, yo misma iría al cafetín. Allí se encontraban mis padres, era momento de darles la cara y abrazarlos para que sepan lo mucho que me hicieron falta. Me alejé del grupo, por el rabillo del ojo divisé a la modelito siguiéndome, hice como la que no me di cuenta y seguí caminando hacia el ascensor. —Alaska. Volteé. Su cara de arrepentimiento lo decía todo, pero no le haría la tarea fácil, que sufriese mientras me pedía disculpa por ser tan soberbia. —Lamento mi actitud —añadió con pesar, pero no me dejaría engañar, sabía que detrás de todo eso se escondía un solo fin: agradarle a la familia y a mí, para quedarse con Gustavo —. Siento mucho que hayamos comenzado con el pie izquierdo, Gus tuvo cierta culpa por no presentarte y decirme que eras su prima, aunque eso no justifica la manera grosera en que me comporté contigo. La miré de arriba abajo, sería educada porque para eso mis padres me habían pagado una buena educación. —Esta bien, no te lo tendré en cuenta —añadí con una sonrisa, más que fingida, le di mi mano y le dije mi nombre —. Alaska Labrador. —Catriona Grey —sonrió la rubia —, como la Miss Universo. Ya veía de dónde le venían los aires de superioridad, con la diferencia que no tenía nada de la icónica Miss Universo 2018. Le di un movimiento de cabeza y entré en el ascensor, a lo lejos vi a Gustavo observándonos. Si creía que iba a montar un numerito, lo llevaba claro, eso jamás. La Alaska ilusa había quedado en mi pasado. Con una sonrisa guasona le guiñé un ojo mientras las puertas del ascensor se cerraban. Respiré tranquila. Lo quisiera aceptar o no, él seguía afectándome, de una manera u otra lo hacía. No importaba cuántos años había pasado lejos de él, seguía afectándome. Gruñí. Entré al cafetín y localicé a mis padres a tres mesas de la entrada. Caminé con pasó firme hacia ellos, mamá se veía con el rostro bañado en lágrimas, mientras que padre la consolaba. Fue mi padre quien reparó primero en mí, detuvo las caricias en el cabello de mamá, lo que hizo que ella levantase un poco a la cabeza y me viera. Ambos quedaron atónitos, pensando en sí lo que estaban viendo era una de sus alucinaciones. Con paso seguro llegué hasta su mesa. Inmediatamente las lágrimas volvieron a mí, tenía meses sin verlos. Mamá se levantó como un resorte y me estrechó entre sus brazos mientras las dos llorábamos. —Mi niña, mi dulce niña —tomó mi rostro entre sus manos, aún sin poder creerlo —. Estás aquí mi cabra loca. Oh, Robert, nuestra niña está aquí. Hipee. El calor de los brazos de mi madre me reconfortó. Padre también se levantó y se acercó a nosotros, los tres nos fundimos en un abrazo fuerte. Las personas de nuestro alrededor nos quedaban viendo, con diferentes emociones reflejadas en su rostro. —Mi dulce Alaska —dijo papá, depositando un beso en mi frente. Estaba frente a mis padres, Alessia y Robert, después de tantos meses sin poder abrazarlos y acurrucarme en sus brazos. Estaba de vuelta, pero no en la situación que imaginé. —¿Cómo llegaste tan rápido? —cuestionó mamá, separándose de papá y de mí. Malo. Su ceño fruncido me hizo saber que se avecinaba una tormenta. —¿Estabas en Argentina y no nos dijiste nada? —preguntó nuevamente, no respondí —. ¡¿CÓMO PUEDES HACERNOS ESTO?! ¿CÓMO ERES TAN INSENSIBLE? —gritó histérica sin importarle llamas la atención de las personas a nuestro alrededor —. Si no hubiese pasado lo de Moniquita, tú ni te reportas. Tu padre y yo no te criamos para que seas una ingrata. Ah… no, de seguro andas con el cantantucho ese que cada dos por tres es fotografiado con una mujer distinta. Padre se separó de mí y la vio con gesto reprobatorio, negó con la cabeza y dijo en voz baja. —Cariño, este no es el mejor lugar para hacerle un escándalo a la niña —vio directamente a los ojos de Alessia Labrador —. Mi amor, esto lo discutimos en casa, en este momento la prioridad es la salud de Mónica. —¿Cómo es eso de que ya te encontrabas en Buenos Aires? —me volteé al escuchar esa voz. El que faltaba. A Enrique no se le veía para nada contento, puse los ojos en blanco. Ya iban a comenzar a atacarme, como cosa rara en mi familia, seguro terminarán involucrando a Guzmán. Porque creen que fue mi morenazo quien me alejó de ellos. Demasiado equivocados están. Papá, salió en mi defensa. —Enrique, como le acabo de decir a tu madre, este no es el mejor lugar ni el momento adecuado para tener esta conversación con Alaska —sin poder evitarlo una sonrisa se curvó en mis labios. Mi padre y mi abuelo Roberto son los mejores hombres que he conocido en mi vida. Fue el parecido de la personalidad de Guzmán con mis héroes lo que me atrajo de él —. La niña en su momento nos explicará, pero ahora debemos estar todos unidos por el bienestar de mi sobrina. —Sígala defendiendo padre, como si la cabra loca tuviese seis años —rezongó Enrique—. La abuela Leticia no te va perdonar que hayas estado días en la ciudad sin ir a visitarla. Por el rabillo del ojo, vi como nuestra madre se tapaba la boca para reírse. Voltee los ojos, olvidaba el drama que por todo montaba mi hermano mayor, lo amo y lo quiero muchísimo, pero siempre he pensado que se equivocó de profesión, en vez de estudiar arquitectura debía estudiar actuación, de seguro en estos momentos tendría muchos premios al mejor actor de la historia. —Enrique, considero que deberías crecer y madurar, ya no tenemos diez años para estar discutiendo por ridiculeces —puntualicé serena, padre asintió estando de acuerdo conmigo—. Reconozco que fallé al no comunicarles que me encontraba en el país, pero apenas llegué ayer… —Eras tú… —dijo mi hermano, de seguro estará pensando en el anuncio donde Guzmán “supuestamente me era infiel con una rubia”—. Vaya que se te da bien el arte del despistaje a ti. —Mejor volvamos con los demás —dije. —Sí, es lo mejor —me da la razón padre— Mónica debe estar por salir de cirugía, lo más probable es que la dejen en Cuidados Intensivos mientras se recupera y después trasladarla para habitación. —Alaska —me llamó mi madre, dejé que papá y Enrique sigan adelante—. Quiero hacerte una pregunta hija, y quiero que seas sincera. Fruncí el ceño. —¿Estás en argentina porque tienes problemas con tu novio? Nada mas lejos de la realidad, pienso. —En realidad, quería darles una sorpresa, pero el momento no se dio —digo verdades a medias, no es porque no les tuviese confianza a mis padres, solo no quiero involucrarlos en mis problemas—. El dos estuve hablando con Carlos, pero le pedí que no dijese nada porque no era seguro. Madre asiente y me abraza, las dos junto con papá y Enrique volvemos a la primera planta.
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