Las estrellas que vi a través de mi ventana fueron apagándose una a una, como si temieran a la misma noche, o tal vez no querían ser testigos de mi sufrimiento nocturno. Mientras tanto, me pregunto: ¿Será que la vida nos da a cada uno lo que merecemos? Y si es así, ¿qué hice yo para tener que ser la esclava de mi propia familia y sobre todo de William O’Connor Norman? ¿Por qué yo? Me sigo preguntando mientras la noche me parece más inmensa y vacía desde esta cama llena del olor de mi abominable esposo y arropada de mis lágrimas silenciosas.
……..
Abro los ojos y me doy cuenta de que no tengo más remedio que sobrevivir a otro día más. Uno que temo desde hace mucho tiempo. Espero desde el fondo de mi corazón que no sea capaz de tener hijos; tal vez así pueda obtener mi libertad. De repente me sobresalto al escuchar al hombre que llamo esposo gritarle a los del servicio.
¿Qué hora es? ¿Acaso me quedé dormida luego de pasar tan terrible noche? Me levanto y dispuesta a ducharme cuando entra William a la habitación en pantalón de chándal y sin camisa.
-Buenos días- digo contrariada.
-Tienes 15 minutos para estar lista y bajar a desayunar, nos vamos en una hora, hoy sabremos por qué no me has dado hijos- me dice sin pestañear con su voz severa y fría-.
-Está bien- le digo, mientras sale de la habitación sin hacer ruido y con la misma indiferencia de siempre.
Una hora más tarde, ya estamos en la exclusiva clínica a la que me llevó para que me hicieran análisis, no sin antes hablar con el mejor especialista del país.
-Buenos días, señores O’Connor, los estaba esperando-. nos dice (para mi sorpresa) un muy joven doctor, quien nos mira y nos sonríe de manera cálida.
-Buenos días -responde William. -Estamos aquí para que nos diga cuál es el problema de mi esposa; llevamos 6 años casados y aún no me da un hijo. Quiero saber qué tiene y cómo podemos solucionar su problema. —Le dice de inmediato William con aire de superioridad—.
El doctor cambió su expresión ante el tono y las palabras de mi esposo, nos miró a los dos y supe de inmediato que se dio cuenta de la clase de persona que era William O’Connor Norman; tal vez incluso al ver mi cara de preocupación y miedo, sintiera lástima por mí.
-Bueno, señores O’Connor— respondió el médico—. Necesitamos hacerles diferentes pruebas.
La cara de William se alteró por primera en mucho tiempo. - ¿Dijo “nos” necesita? —¿Qué tengo que ver yo en todo esto? —dijo casi gritando.
El médico cambió su expresión que se volvió más dura y le dijo a William:
-Bueno, señor O’Connor, muchos creen que cuando se habla de temas de fertilidad, el tema les corresponde a las mujeres, pero no es así. En la antigüedad así se pensaba, pero hoy en día se sabe que los hombres también tienen problemas de fertilidad; es necesario hacerles pruebas a los dos y así estar seguros de cuál es el motivo por el que no han tenido hijos y partir de ahí para proceder con el mejor tratamiento —concluyó.
Y el tono de voz tan contundente del médico no dejó lugar a dudas. Él tenía razón y el millonario pedante no. Si hubiera podido reírme, lo habría hecho. Sobre todo, luego de observar su cara de indignación y su posterior silencio…