Salimos del consultorio del doctor con la lista de estudios que teníamos que realizarnos y la fecha programada para la siguiente visita.
Me sentí levemente animada por dentro cuando el médico le dijo a William que también los hombres tienen problemas para concebir; ojalá y Dios se apiade de mí y sea él quien tiene el problema. Nada me daría más gusto que saber que alguien como él no podrá ser padre y que yo no tendré que soportar tener un hijo suyo en mi vientre; no porque sea una mala mujer, sino porque no quiero someter a una pobre criatura al infierno que es vivir "la vida perfecta" de la alta sociedad que más bien es suciedad...
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William salió impávido de la clínica, con cara de querer matar a alguien, pero no dijo nada, hecho que me sorprendió. Pensé que me enviaría a casa, pero en su lugar me llevó a desayunar (aunque ya habíamos desayunado) a uno de los restaurantes más elegantes y caros de la ciudad.
—Espero que te comportes como la dama elegante y sofisticada que debe ser mi esposa y además profundamente enamorada de mí— dijo con sequedad antes de bajar del imponente auto en el que viajábamos.
Con mi vista hacia la ventana del auto y sin molestarme en mirarlo, respondí de la manera más dulce y falsa que pude.
—Amor, nadie te ama frente a otros más de lo que finjo amarte yo; así que no te preocupes por eso—.
Me arrepentí de soltarle el sarcasmo con mezcla de ironía porque podría ganarme una buena reprimenda (o algo más) pero siguió sin decir nada.
Pude ver por el reflejo de la ventana que no dejaba de mirarme, pero no supe interpretar su expresión que bien podría ser odio, hastío o simplemente su frialdad de siempre, esa que me calaba hasta los huesos llenándome de miedo y dolor.
Entramos al restaurante y, para mi sorpresa, ya nos tenían una mesa reservada en la que estaba Noa Albertí, el socio (y único amigo) de William. Nos recibió como siempre con esa gran sonrisa y su inmensa alegría, como si llevara años sin ver a su agrio amigo y a mí.
La verdad nunca pude entender esa amistad y cómo alguien como Noa estableció por voluntad propia un vínculo afectivo con el hombre con el que tenía que dormir todas las noches.
Saludé cortésmente cuando se levantó a saludarme, no tenía intención de siquiera tocarlo porque con William es mejor prevenir que lamentar, pero al ver los preciosos ojos ámbar de Noa y su inmensa alegría contagiosa, no pude evitar sonreír y darle un ligero beso en la mejilla.
Detrás de mí pude sentir la mano de mi esposo sobre mi cintura, jalándome ligeramente para indicarme que me sentara. Evidentemente, mi familiaridad con su amigo no le gustó y aquello ya me pintaba a mal. El despistado de Noa, que era un genio de las finanzas, pero despistado para todo lo demás, no se dio cuenta y se dedicó a hablar y sonreír contando todas sus divertidas anécdotas:
- ¡Y ahí estaba yo, con la huella del sartenazo que me dio Eva en la cara, acusándome de ser mal novio, porque olvidé nuestro aniversario, pero no lo olvidé a propósito, solamente que perdí mi agenda con las fechas de cumpleaños y aniversarios de amigos y familiares y cuando se lo dije a modo de disculpa, me aventó el pay de queso con frambuesa!
—¿Cómo sabes que era frambuesa? —pregunté divertida, olvidando por un segundo quién estaba a mi lado.
—¡Porque la mermelada me entró primero en el orgullo y luego en la nariz! —respondió animadamente.
William solamente me lanzó una mirada fría y oscura...
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De regreso en la mansión, al bajar del coche, William me tomó del brazo fuertemente y me arrastró al cuarto. Los empleados solamente se escondían a nuestro paso, porque ya conocían sus reacciones y en ese momento estaba echando humo por cada uno de sus poros. Azotó la puerta y me aventó a la cama.
Un miedo ya conocido se apoderó de mí y una línea de fino sudor comenzó a recorrer mi espalda y mis manos. Intenté decir algo, pero las palabras no salían de mi boca. Lo único que conseguí sacar fue un leve susurro de "por favor" que solamente lo enloqueció más...
—¿Te gusta, Noa no? —dijo prácticamente gritando.
- ¿Tú, amigo de toda la vida? Claro que no —respondí con la voz entrecortada.
- ¿Y por qué le sonríes como si te interesara! ¿Crees que no me di cuenta de cómo lo mirabas y cómo le sonreías! ¡En seis años conmigo jamás me has mirado así!
—No entiendo qué hice, solamente fue amable con alguien que es cercano a ti, porque ese es mi deber, siempre me lo dices—. Respondí muy desconcertada porque a este hombre jamás lograría entenderlo.
—¡Eres mía! ¡Solamente mía! ¡Y te prohíbo que mires y sonrías así a otros hombres! ¡No lo soporto! ¡No pagué por ti a tu despreciable padre para que me rechaces como lo haces! ¿Crees que no sé qué me desprecias? ¡Pero eres mía, mía! —dijo totalmente fuera de sí, mientras yo estaba en la cama sin poder creer lo que decía.
Entonces, abalanzó sobre mí su imponente cuerpo, inmovilizándome de las manos mientras besaba desesperadamente mi cuello. Por dentro solo quería salir corriendo de ahí, pero él, sin darse cuenta de mi pánico y mi asco, me besó violentamente hasta abrirse paso por mi boca.
Tuve que devolverle el beso antes de que se enojara más y decidiera que lo mejor era golpearme. En su frenesí abrió mi blusa de golpe, arrancando todos los botones, dejando al descubierto mi busto cubierto por el suave encaje del brasier...
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Desde el piso de abajo, con la mirada baja y sintiendo mucha pena por la mujer que gritaba, todos los trabajadores escuchaban como aquel hombre que podía pasar por un dios griego, pero era sumamente despiadado y frío decía entre gritos y gemidos: ¡Dime que eres mía, mía, sólo mía!