William
Detestaba a las personas en general. Todos querían lo mismo: poder, dinero y sacarme ambas a mí. Pero tenía que fingir ante toda la alta sociedad porque al final yo también necesito de estos hipócritas tanto como ellos de mí, pero a diferencia de ellos, no me dejo usar ni manipular por nadie. Aun así, me veo obligado a venir ciertos eventos públicos como el evento de hoy: la gala benéfica para apoyar a personas que sufren los embates de la guerra que no es más que una pantalla para que las familias más importantes del país lleven a sus hijas y las ofrezcan cuál carne fresca en matrimonio y así ganar más dinero y poder que los demás con las alianzas de sangre.
A penas llegué, las hienas se me fueron encima alabando mis empresas y mis obras de caridad... Bastardos de no ser porque mi departamento de relaciones públicas me exige estar en estos lugares para guardar apariencias, yo ni me pararía en estos por aquí. Pero, mirando con evidente fastidio mientras finjo escuchar a una chica rubia que no hace más que intentar llamar mi atención con su gran escote lleno de silicona, alcanzo a ver a una mujer de belleza etérea, mirando una de las fotografías en exhibición de los voluntarios de la organización que preside el evento hoy.
Su blanca piel e intenso y brillante cabello n***o como la noche misma impactan de inmediato en mi entrepierna y entre más la observo, más idiota me siento. Su vestido rojo ceñido al cuerpo, pero aun así conservador y elegante marca cada una de sus curvas perfectas unidas por esa estrecha cintura acompañada de un delicado escote que deja ver unos pechos grandes y evidentemente naturales que ya comienzo a imaginar en mi boca, entonces recuerdo que tengo delante de mí a la rubia tonta y me disculpo de la manera más tosca que puedo porque no es posible ser tan plástica de pechos y cerebro.
En cuánto camino veo cómo esa misteriosa mujer avanza despreocupadamente hacia un hombre igualmente joven como ella, pero mucho más alto y con el mismo tono de cabello n***o y brillante como la noche, me fijo disimuladamente que tienen la misma nariz pequeña y afilada. Por un segundo casi siento celos del abrazo tan efusivo que ella le da al hombre y cómo él le corresponde dándole otro abrazo y un beso en la frente, colocando su brazo en los hombros de esa delicada mujer que cada segundo que pasa me intriga más. Entonces veo cómo llegan a ellos otras tres personas con el mismo color de cabello y reconozco a Víctor Ducret, el empresario de los famosos viñedos Ducret Stravagante, y caigo en cuenta de que esa debe ser su familia.
Sin pensarlo dos veces, hago lo que nunca en mi vida: decido ir a saludar por voluntad propia a alguien. Cuando llego hasta la familia, observo cómo se le iluminan los ojos a Víctor Ducret y a quien creo debe ser su esposa. Luego de los saludos iniciales, noto de inmediato cómo tratan de meterme hasta por la nariz a la mayor de sus hijas:
—Señor William, ella es nuestro sol: Beatrice Ducret-—dice animadamente su padre.
Y yo la observo bien. No es fea, pero su belleza no se compara con la de su hermana; aunque es más alta y tiene el mismo cabello que sus hermanos, sus ojos cafés iguales a los de su padre y su nariz ligeramente ancha, sumado a ese evidente ego narcisista de una niña rica, hacen que pase de largo de ella de inmediato, pero aun así saludo con cortesía, no sin antes preguntar por la joya de la corona.
-Es un gusto saludar a todos sus familiares, señor Ducret, y ¿a toda su familia?
-Sí, responde con evidente sospecha, porque mis ojos ya están sobre esa pequeña belleza etérea y brillante como una pequeña hada y mi entrepierna, ¡joder! a buena hora decide que es tiempo de salir cuando la miro directamente a los ojos y me doy cuenta de que son de un verde azulado como el mar que evocan las islas griegas en pleno verano con esa mezcla de colores verde y azul... ¡puta madre! necesito follarme a esta niña y quitarme las ganas insanas y perversas que despertó en mí en tan poco tiempo.
¡Control William, no es el momento!
-Por fin Víctor me presenta a su hijo (que para ninguna sorpresa mía se llama igual que el padre) y por fin me dice su nombre:
Aurora Ducret de Montalvo.
Sin pensarlo dos veces, la saludo tomando su pequeña y fina mano, dándole un delicado beso en ella y de inmediato un olor delicado y sutil a moras y ¿tal vez flores y algo de madera con vainilla? No lo sé, pero tal combinación impregna mi nariz, haciéndome estremecer. Pero mi sucia fantasía se ve cortada cuando ella abrió la boca y de manera educada, pero fría, retira su mano diciendo:
-Un gusto señor, espero que esté disfrutando la gala. Me disculpo, pero debo retirarme, queda en compañía de mi hermana y mis padres.
Su helada mirada se posa ante mí durante unos segundos y yo asiento y sonrío mientras observo cómo ella toma del brazo a su hermano mientras va dejando atrás a su familia y a mí, mientras todos observamos con cara de estúpidos sin saber qué decir ante el evidente desprecio de la joven para conmigo o tal vez hacia la situación en general, porque todos ahí saben para qué llevan a sus hijas, así que tal vez ella no quiera ser carne fresca para los lobos.
—Disculpe a mi hija— me dice la esposa de Víctor Ducret, sacándome así de mis propios pensamientos.
-Ella no es grosera pero hoy tuvo un mal día, no es excusa, pero si mira las fotos podrá observar en algunas a mí Aurora. Ella es rescatista voluntaria y justo en la guerra de Ucrania perdió a su mejor amiga, así que está algo voluble hoy —asegura de manera triste—.
-No se preocupe, señora Ducret, entiendo que debe ser difícil estar viendo todas estas imágenes, pero los felicito por tener a una hija tan noble y valiente le contesto de manera rápida alcanzando a ver por el rabillo del ojo izquierdo que su hermana no está muy contenta con mis palabras...