Novela registrada ante derechos de autor, reservados todos los derechos. Código de registro 2405057877076
—¡Quién fue tu testigo, Víctor! ¿Por qué no fui yo! ¡Tú fuiste mi testigo por lo civil y por la Iglesia!
-Hermana…-
- ¡No me digas más! Nos vemos en la iglesia —dijo una enfadada Aurora, tomando del brazo a su esposo, que decidió guardar silencio ante aquél arrebato, y dejándose arrastrar hasta el auto que ya los esperaba.
Cuando por fin se fueron, los recién casados se relajaron y se sonrieron con complicidad.
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—¡Aurora, qué carajos te pasa! ¿Tratas de hacernos quedar en ridículo delante de la gente? ¡Contéstame con un carajo!
Aurora, que decidió mirar los asientos de piel del coche en el que viajaban, como si aquello fuera un tema de lo más interesante, sin mirar a su esposo, contestó mientras una lágrima silenciosa salía de su mejilla:
—No era mi intención, pero estoy celosa, yo quería algo así para mí y no lo tuve ni lo tendré-.
William, que no necesitó que su esposa dijera algo más para comprender a qué se refería, y por primera vez en su vida, el completo amo del control, no sabía que hacer ni que pensar sobre su esposa.
¿Estaba acaso fingiendo interés en él? ¿Ya se había resignado a pasar su vida con él y por eso el cambio? ¿O decidió que debía empezar de cero y tratar de hacer crecer en ella algo de afecto? Porque si de algo estaba seguro, era de que no lo amaba, no podía hacerlo; ella lo despreció desde el primer momento y ese sentimiento tan arraigado hacia él no podía cambiar de la noche a la mañana, pero entonces ¿qué debía hacer? ¿Debía ponerla a prueba? ¿Qué pasaría si ella pasaba? ¿Podría realmente soportar conocer al verdadero William O'Connor, el monstruo, o pasaría del desprecio a la repulsión total?
Solamente había una manera de averiguarlo: si pasaba la primera prueba, entonces sería el marido que su pequeña hada dice querer, pero si no y todo es una farsa, tal vez sería mejor quedarse viudo…
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Su mente era un remolino de pensamientos mientras observaba el rostro decaído de su esposa, que parecía mirar a la nada. Y se decidió. Pidió al chofer el “número especial” y de inmediato, el conductor le pasó un celular para nada moderno, pero sí muy desgastado. Sin dejar de ver a su esposa, marcó el único número registrado en aquél viejo aparato como “NADA”:
—¿Estás listo? —preguntó William con seriedad; la respuesta era obvia. Pero lo que captó la atención de Aurora fue la voz de su esposo, diciendo:
—Coloca una alfombra para mi esposa y un sillón de calidad; también prepárale té y café; hoy es un día especial para los dos y quiero que lo disfrute.
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Aurora no viajaba seguido con su esposo; a pesar de estar casada con él durante seis años, podía asegurar que no sabía cuántas casas tenía, ni en qué lugares, mucho menos, la cantidad total de dinero en su cuenta o cuentas bancarias. De él sabía lo necesario para sobrevivir públicamente y un poco más en lo privado para evitar su propia muerte, aunque en realidad, muchas veces la deseó con desespero.
Jamás lo había acompañado a aquella mansión típica de los millonarios londinenses que se enorgullecían de tener en su árbol familiar a algún conde, marqués o duque, como si eso los convirtiera por efecto inmediato en seres divinos y de respeto. Sin embargo, no dejaba ser un lugar elegante y pulcro, como todo lo que le gustaba a su esposo, aunque con cierto aire de frialdad…
Y lo que menos se esperaba Aurora, era encontrarse con Sergio, el perro fiel de su esposo, que, como buen mayordomo, salió a recibirlos:
—Buenos días, señores O'Connor, me acaban de informar que todo está listo.
—Bien, Sergio, no perderemos el tiempo, tenemos una boda a la que ir por la tarde y mañana regresamos a Nueva York, así que no desempaques, pero lleva nuestras maletas a la habitación.
—Como lo ordene mi señor—. Dijo el mayordomo dejándolos solos.
—Aurora —dijo William, tomándola de la mano y poniéndola frente a él. —Hoy vamos a ver si tienes madera para ser realmente una O'Connor.
Aurora, que ya empezaba a tener miedo, pues su marido era impredecible muchas veces, no supo qué contestar.
—¿De qué hablas, William? -.
—¿Aceptas que la prueba o no? Responde, porque no tengo tiempo.
—Me pones nerviosa, pero está bien; diré que sí, con la condición de que, si paso, me cumplas las peticiones que te di sobre nuestra relación y sobre trabajar.
—Si pasas mi prueba, te doy el jodido mundo, pero sino… después veremos-.
Aurora no se mentiría. Tenía miedo, pero su anhelo de ser libre era mucho más grande. ¿Qué podría esperar de ese hombre? ¿Tal vez era un sadomasoquista o depravado en secreto? ¿Qué pasaría si quería atarla o si la obligaba a hacer cosas que le causaran dolor a ella, pero placer a él? ¿Podría hacer algo así?
Avanzaron por la mansión, observando el bello y cuidado jardín. En todo momento William la llevó de la mano sin decir nada, hasta que se detuvieron ante dos puertas gruesas de roble y William, empujando una de ellas, invitó a su esposa a entrar primero… Y lo que ella vio fue una enorme cava, con estanterías que parecían interminables. Aurora, desconcertada, solo atinó a decirle a su esposo:
- ¿Quieres que tengamos una competencia de aguante? ¿Quieres alcoholizarme? Porque soy buena en ello-Dijo mirando a su esposo, quién, por primera vez, soltó ante su esposa una sonora carcajada, ante la sorpresa de ésta-.
—No, Aurora, aunque si quieres, después podemos tener una competencia de aguante, pero de vino, por ahora sígueme—.
Caminaron durante lo que pareció una eternidad. La cava era mucho más amplia de lo que parecía y el hecho de estuviera tan poco iluminada no ayudaba en nada, así que Aurora, quien llevaba tacones de once centímetros, prefirió no arriesgarse y se acercó más a su esposo, hasta terminar pegada a él. Para su sorpresa, llegaron al final de ese lugar y se pararon frente a una pared negra que William pareció empujar. Grande fue la sorpresa de Aurora cuando se dio cuenta de que la pared era falsa, pues en realidad se trataba de una puerta que abría hacia dentro de un espacio, que estaba todavía menos iluminado.
William cambió su tono y su actuar de inmediato. A pesar de la poca luz, Aurora jamás lo había visto tan relajado y… contento. En cuanto cruzaron, William cerró la curiosa puerta, que de nuevo pasó a ser una pared. Y dando unas palmadas, la luz se hizo present y revelando un cuarto que tenía un pequeño armario y una silla. De inmediato, O´Connor entró en él sin decir nada y Aurora decidió sentarse. A los dos minutos su esposo salió viéndose como nunca en su vida: vestía una camisa negra y unos jeans del mismo color, al igual que las botas de montaña.
—Acompáñame pequeña y no hagas ruido, porque no me gusta que me interrumpan cuando me divierto—.
Aurora quería desaparecer, pero no tenía elección. Debía continuar o perecer. Siguió a su esposo hasta otra puerta y el horror se hizo presente en cuanto entraron.
Justo en el centro, había un hombre, que estaba amarrado a una cruz de dos metros clavada en la tierra, pues aquel lugar no tenía un piso de concreto o de algún otro material.
El cuerpo del pobre individuo ya mostraba los signos del sufrimiento impartido por otro hombre vestido igual que William, pero con una capucha negra que impedía ver su rostro.
Aurora estaba en shock. No podía creer lo que veía. Congelada por la impresión, no se dio cuenta de que su esposo se colocaba detrás de ella, hasta que la abrazó tiernamente, mientras dejaba un rastro de besos apasionados en su cuello, hasta que llegó a su oreja y le susurró:
- ¿Te gusta amor? -.