Ataques de ansiedad

1924 Words
─Me preocupa. ─se mete a la cama Cristian, aún frotando crema en sus brazos. ─¿el que nadie hable de lo que pasó?, sí, a mí también. ─palmea la cama con una sonrisa Leo. ─Todos actuaron esta tarde como si nada pasara, Evelyn luce feliz con su embarazo, Diana no para de hablar de la boda, y Alana parece rudamente feliz. ─Alejandro y todos actúan como si el incendio, la cabaña, el ataque de la casa, y todo no hubiera pasado... ─Qué me dices de Evelyn, tiene que lidiar con que su hermano sea el psicópata que intentó asesinar a su esposo y sus amigos... ─Admiro a Alejandro, yo no habría podido perdonar lo que él hizo, aunque sea el hermano de mi esposa..., Aún no entiendo cómo lidia con eso. ─él la ama, y haría lo que sea por ella. Lo entiendo, pero no sé si yo podría hacerlo. ─Y luego está su madre... esa mujer aún no la soporto, no importa si ella ya la perdonó, yo no lo hago. ─Ya no hablemos de nada de eso, si ellos no lo hacen por su paz mental, nosotros también debemos hacerlo por lo mismo. ─apaga su lámpara de noche. A mitad de la carretera. ─Alejandro no está bien. ─dice aún en el suelo. ─y yo tampoco, pero no se como ayudarlo... ─se deja caer sobre la carretera, quedando acostado con los brazos abiertos. ─¿De qué hablas?, se veía muy bien, estuvieron hablando por horas, se veía calmado... ─se tira sobre la carretera junto a él. ─No lo sé, tal vez sean solo ideas mías, pero no puedo sacar de mi cabeza que todo se junta y yo no estoy seguro de querer volver a las carreras, y cuidar de él... ─No importa lo que yo diga, y sé que te importo, pero no harás nada que yo diga con respecto a tu hermano. Lo sé. Alana habla sin parar, pero él puede verla. Como habla, la manera en la que arruga la nariz cuando habla de Alejandro, y cómo sonríe al hablar de Evelyn, pero sobretodo presta especial atención como le brillan los ojos al hablar de los "conejitos", la ternura y delicadeza con la que lo hace, derrite su corazón, y le hace olvidar que el resto del mundo existe. ─¿quieres todo eso? ─pregunta sentándose de golpe. ─¿El qué?... ─lo ve con rareza aún desde el suelo. ─¿La boda, los hijos, la familia y todo eso?... ─tiende su mano y ella la toma levantándose. ─No estás listo. ─camina de regreso al auto con una sonrisa, tomando a broma lo que le ha preguntado. ─¿Y tú? ─camina desde su lado del auto. ─¿Con alguien que corre autos a toda velocidad para vivir?, no sé qué tan seguro sea eso. ─bromea en respuesta. No es que Alana no esté lista, pero el que Jack corra autos le preocupa, pero también sabe lo mucho que le gusta, así que no será ella quien se lo quite. En la mansión Jerome. Mientras el agua caliente cae sobre su rostro, el sonido de la ducha, del agua cayendo al suelo, empieza a escucharse cada vez más lejos. Golpes, gritos, el sonido que hace una navaja rasgando la piel de su espalda, de su pierna, de su brazo, el sonido seco que causa un puño cerrado sobre la cabeza de un hombre débil, llenan su mente. Todo vuelve, cada vez con más fuerza, está aterrado, está paralizado frente a la ducha, sin razón aparente. El sonido de cristal rompiéndose lo saca de trance. ─¡¡Estoy bien!! ─grita Evelyn desde el otro lado de la habitación. Alejandro no lo piensa tanto, toma una toalla mientras sale corriendo de la ducha por Evelyn, cuando la encuentra sosteniendo su vientre, y avergonzada, viendo como los escoltas están recogiendo las vidrios del suelo. ─Fue un accidente, cayó de mi mano y no me dio tiempo de evitar que cayera... ─dice avergonzada mirando a Alejandro en toalla. ─Nosotros nos encargaremos, descanse señora. ─dice el jefe de seguridad. ─buenas noches. ─toma a Evelyn de la cintura y la lleva con él a la cama. Evelyn se sentía bien, había pasado tanto tiempo en el hospital, también bajo vigilancia médica al igual que Alejandro, y había estado bien, pero ahora le preocupaba su esposo, eso más el estrés del embarazo, no lo hacía más fácil. ─Es nuestra primera noche en esta casa. Se siente raro. ─dice haciendo un barrido visual. ─¿no crees que podamos volver a la torre? ─pregunta con duda, conociendo ya su respuesta.. ─Mi padre recomendó no hacerlo, y Anton, y lo último que quiero es ponerte en riesgo. ─la abraza con añoranza. ─Sé que quieres protegerme, y a los niños, pero no me siento bien aquí. Este lugar es enorme, y me siento tan diminuta... ─Pero, si ya lo eres... ─sonríe besando su cabeza mientras sonríe por su travesura. ─Hablo en serio... ─reniega al empujarlo, pero él se aferra a ella. ─Lo sé, lo sé, pero mientras no sea seguro, prefiero mantenerlo así. ─toma su mano y la lleva a la cama. Durante todo el tiempo que ha estado en el hospital, Aleandro ha dormido con pijama entera, pero Evelyn asumió que era por que estaba en el hospital, pero ahora que están en casa, asumió que volvería todo a la normalidad, pero verlo entrar a la cama con pijama entera, la hace dudar, pero no dice nada al respecto ─¿Te sientes cómodo? ─se recuesta sobre el espaldar de la cama mirando discretamente a su esposo. ─Yo no importo. ─se levanta y acomoda tantas almohadas como les es posible alrededor de ella. ─tú y ellos, eso importa. ─acomoda con cuidado una almohada bajo sus pies. ─un par de almohadas más y ya no seré humana, seré un enorme almohadón... ─bromea quitando un par de tantas. ─creo que... ─se levanta de la cama. ─deberíamos dormir en camas separadas mientras estamos embarazados... ─No lo estamos. ─dice ya algo molesta. ─yo lo estoy, yo estoy embarazada, y no quiero dormir sola, ¿tú sí? ─No, no quiero eso, es solo que busco tu comodidad... ─Estaré cómoda cuando nuestros hijos estén fuera, no pensé que mi barriga creciera tanto, y ahora... ─según dijo la doctora Foster, en diez semanas podrás dormir boca abajo, de lado, y... ─Solo si es posible dormir con tres bebés llorando, queriendo comer cada dos horas, cambiando pañal, sacando gases, y todo eso que se supone que deberíamos hacer con los bebés recién nacidos... la verdad es algo que asusta. ─deja escapar un suspiro de hastío. ─No estás sola... ─se acerca y se sienta junto a ella. ─estamos juntos en esto, ¿lo entiendes?, no iré a ningún lado. ─seca sus lágrimas. ─estaré aquí para ti y para nuestros hijos, no importa lo que pase, no iré a ningún lado. Asumo que el embarazo es difícil, y no imagino cuánto, pero te aseguro que cuando ellos estén fuera, haré todo lo que sea necesario, para que tu vida se altere lo menos posible. Son lo que amo, tu, ellos, nuestra familia. ─Lo sé. ─la abraza recostado sobre la cama. Aferrado a ella, es la única manera que él conoce para dormir, ya sea tomando su mano, abrazándola, o con el solo hecho de saberla en la misma habitación. En Londres. ─Hoy tenemos el control del embarazo. ─dice Dorian atravesando todo el gran espacio entre el mesón de la cocina y el sillón principal. ─No tienes que hacerlo, solo es un chequeo, cuando sea un ultrasonido con fotografía de las niñas me puedes acompañar. ─acaricia su vientre. ─Hemos ido a todo los dos a las clases de maternidad, las de parto prematuro, las de natación en el embarazo, yoga, pilates, ejercicios, incluso la lectura para estimular el reconocimiento de voz. ─posa con cuidado su mano en el vientre de ella. ─¿por qué no quieres que vaya contigo al control de rutina? ─Ya lo dijiste, es un control de rutina, no es como que... Tocan la puerta y son insistentes, Regina se nota incómoda, pero Dorian ignora quién sea, así que va de prisa a abrirla, para encontrarse con un enorme ramo de rosas rojas y una caja de chocolates. ─sé que dijiste que no querías que fuese parte de tu embarazo, pero hoy tienes control y... ─baja el ramo para ver a Dorian frente a él. Fue una gran sorpresa para Pablo ver a Dorian, todo este tiempo pensó que ella había decidido seguir su embarazo fuera de la ciudad lejos de él, pero en cuanto se enteró que estaba en la ciudad, decidió ir por ella, pero lo que no sabía era que se encontraría con Dorian. La incomodidad es latente, se miran uno al otro, y Regina no sabe a dónde mirar. ─Lo siento... ─baja las rosas dejándolas con la mirada al suelo. ─me equivoque de puerta... ─No creo que eso sea posible. ─mira a Regina, ya que es la única mujer embarazada en el edificio, y tú eres Pablo. ─dice tendiendo su mano. ─Él sabe quién eres. ─niega con la cabeza Regina cubriendo sus ojos con una mano. ─Vio la fotografía en mi antiguo departamento y le hablé de ti. ─dice algo avergonzada. ─Lo siento. ─tiende su mano. ─no quería... ─agradezco que te preocupes por ella, pero de nuestras hijas puedo cuidar yo. ─da un fuerte apretón de manos. ─Lo entiendo. ─suelta su mano con cierta dificultad. ─será mejor que me vaya. ─se da la media vuelta y no se detiene hasta que está dentro del ascensor. El silencio es por demás incómodo cuando se quedan a solas Dorian y Regina. ─¿Es él... ─señala la puerta. ─la razón por la que no querías que fuera al control que llevas con nuestras hijas? ─¿Estás celoso? ─pregunta con ligera emoción, trata de contenerse, pero una pequeña curva en sus labios la delata. ─No. ─dice, y así asesinado toda esperanza de luz y felicidad en Regina. ─si lo que quieres es tener una vida muy aparte de mí, lo entiendo, pero no voy a apartarme de nuestras bebés. ─advierte. Regina se levanta dejando la bandeja con el desayuno intacto de lado. ─hubiese preferido que dijeras que si. ─camina a la habitación. ─No. ─se regresa. ─hubiese preferido que realmente lo sintieras, pero supongo que eso jamás va a cambiar. ¿no es así?. No importa cuanto tiempo pase, no importa lo que haga, no importa si yo... ─Regina. ─se acerca a ella. ─hago todo lo que puedo, lo intento, pero no voy a mentirte, nunca más. Amo a nuestras hijas, y haré lo que sea necesario por el bien de ellas, pero mentirte no es una de ellas. Te admiro y me siento honrado de compartir un gran privilegio como lo son dos hermosas princesas, pero en lo demás... aún trabajo en ello. ─acaricia su mejilla. ─Lo sé, pero eso no significa que me duela menos. ─suspira. ─iré a cambiarme. Mientras deja la ducha abierta llama a su médico para avisar que irá a su cita con el padre de las niñas, pero que no quiere hablar nada sobre el cáncer. Ha dejado que avance sin importar las consecuencias, y es la razón por la que le duele tanto que él no la ame, pensó que lo lograría para cuando las niñas nazcan y ahora esa ya no es una posibilidad. Se queda al pie de la puerta de la ducha sollozando, escondida, intentando que Dorian no la escuche
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