El día no empezó. Me desperté con la luz apagada por dentro. El cuerpo de Renard seguía en mi cama, de lado, con el rostro medio oculto entre las sábanas. Lo vi respirar como si el mundo no lo hubiese tocado, como si el crimen que acunaba mi memoria no fuese asunto suyo. Tal vez no lo era. Tal vez el cuerpo que me tocó anoche no vio la sangre, ni escuchó el jadeo de un hombre muriendo con mi nombre entre sus labios. Él duerme sin saber. Y yo… sólo duermo cuando no tengo opción. Me vestí en silencio. Me miré al espejo. Tenía marcas en la clavícula, una mordida entre el omóplato y el cuello, como sello de piel que no firmó ningún contrato. El rostro estaba pálido. No por falta de sueño, sino por exceso de vida. Ese tipo de vida que uno guarda como un trofeo detrás de la culpa. Salí al pasi

