El Roce que no se Enfría

1683 Words

Me desperté con los primeros rayos colándose por la ventana, pero el cuerpo no pedía movimiento. La cama era mía, las sábanas también, y el silencio... aún no sabía si lo era. Me senté al borde del colchón, con los pies descalzos rozando la piedra; la llave colgaba de mi dedo como si todavía pesara más de lo que debía. Tenía el pelo revuelto, la cara sin agua, el alma… no sé, desordenada. Cuando me puse la camisa, aún podía sentir el espacio del otro lado, el cuerpo ajeno que antes dormía a centímetros, el brazo que rozaba mi cintura cada vez que el sueño nos derrotaba. Tristán ya no estaba, y no había forma de pretender que eso no calaba. Toqué la tela bordada que había dejado sobre el escritorio: el emblema gris, la precisión de los puntos, la forma de la entrega… como si el regalo fuer

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