Cuando Silvano regresó al rancho, traía en el rostro esa expresión que Giovanni sabía leer sin esfuerzo: lo había visto todo, cada microexpresión, cada matiz del encuentro. La luz en los ojos del mercenario hablaba de una victoria silenciosa. —¿Y bien? —preguntó Giovanni desde la bodega, su voz grave, el sonido resonando en el silencio de la cava. Tenía el chaleco de trabajo desabrochado y un cigarro a medio terminar entre los dedos, el humo perezoso ascendiendo en espiral. Silvano sonrió apenas, como quien entrega una joya rara, un secreto precioso. —Se sonrojó, jefe. Un rubor que le subió por el cuello hasta las mejillas, casi imperceptible, pero lo vi. Sonrió con la nota, aunque intentó disimularlo. No dijo de quién eran las flores, por supuesto, pero no las soltó en ningún momento,

