Capítulo 14

737 Words
DANTE Empecé a avanzar hacia Massimo, cada paso cargado de furia, pero de pronto algo me detuvo. Vi a Elena moverse rápido, casi corriendo, y con un movimiento decidido le extendió la mano a Massimo. Él le entregó una pistola sin dudarlo, y antes de que pudiera entender lo que estaba pasando, ella giró el arma y me apuntó directamente. Mis pies parecieron quedarse pegados al suelo. La mujer que había venido a rescatar, la que me había impulsado a cruzar esta línea, estaba ahora frente a mí con el dedo en el gatillo. Mi mente se negaba a creerlo. —¿Qué crees que estás haciendo, Elena? —le dije, tratando de entender, esperando ver un destello de la mujer que conocía. Pero ella no respondió. Permanecía inmóvil, su mirada perdida, sin rastro de la persona que alguna vez había amado. Entonces vi cómo Massimo se inclinó y le susurró algo al oído. Su mirada cambió, se volvió oscura, predadora, como si estuviera frente a una presa. Sus ojos, que alguna vez fueron suaves y cálidos, ahora parecían vacíos y llenos de odio. Intenté dar otro paso hacia ella, pero el sonido de un disparo me detuvo. Miré hacia abajo, viendo la marca del impacto justo frente a mis pies. Levanté la vista y la encontré apuntándome, la pistola aún humeante en sus manos. —Un paso más y la próxima bala va directo a tu cabeza —dijo, su voz firme y fría, como si de verdad estuviera lista para matarme. Sentí un frío recorrerme por dentro. No podía creer lo que estaba viendo, lo que estaba escuchando. Esta no era la Elena que conocía. Esta era otra persona, alguien que había sido quebrado, moldeado... corrompido. Todo pasó rápido después de eso. Mis hombres comenzaron a entrar en la sala, sus armas desenfundadas, y los hombres de Massimo aparecieron casi de inmediato, apuntando también. De pronto, la habitación se convirtió en un caos de miradas tensas y armas alzadas. Estábamos todos listos para el conflicto, pero mi mente no podía enfocarse en ellos; no podía apartar la vista de Elena y el arma que seguía apuntándome. Intenté hablar, intenté encontrar las palabras correctas, algo que rompiera el hechizo que parecía tenerla atrapada. —Elena, he venido hasta aquí para ayudarte —le dije, tratando de hacer que entendiera, buscando en su mirada algún rastro de comprensión. —No necesito tu ayuda —respondió, su tono lleno de un desprecio que jamás había escuchado de sus labios. Tomé aire, tratando de mantener la calma, de no dejarme llevar por la rabia y la desesperación. —Elena, él es el hijo de Raphael. ¿No lo entiendes? —le dije, esperando que eso le abriera los ojos. Ella esbozó una sonrisa fría, sin un atisbo de duda. —Lo sé. Y no me importa. Esas palabras fueron como una daga directa al corazón. ¿Cómo podía no importarle? ¿Cómo podía no ver lo que Massimo era, lo que significaba? Intenté hablar de nuevo, intenté encontrar las palabras, pero entonces Massimo me interrumpió, acercándose a ella con una sonrisa de triunfo. Sin dejar de mirarme, enredó un brazo alrededor de su cintura y bajó su rostro hacia su cuello, dejando un beso marcado en su piel. Sentí una mezcla de rabia y desesperación, viendo cómo él tomaba posesión de ella sin la menor resistencia. —Es mi mujer ahora, Dante —dijo, con una satisfacción oscura en su voz. Vi a Elena tensarse por un momento, su cuerpo paralizado, pero luego volvió a esa frialdad indiferente. Era como si lo que Massimo había hecho ya no le importara, como si estuviera aceptando su destino sin oponerse. Recordé el tiempo que estuve a su lado, los límites que ella había establecido, cómo nunca me había dejado acercarme de esa forma. Y ahora... ahora él la tocaba con una facilidad que me quemaba por dentro. —Elena... —susurré, sin saber si era un ruego o un reclamo. Pero ella no me miraba, su atención estaba en Massimo, como si todo lo demás no existiera. Me di cuenta de que algo profundo, algo oscuro la había cambiado, y que la muier que había amado se había perdido en esa transformación. La rabia me consumía, pero no podía apuntar, no podía atacar, no con ella frente a mí, y él lo sabia. Massimo sonrió, sabiendo perfectamente que tenía el control.
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