Capítulo 13

922 Words
DANTE El sonido de la fiesta se desvaneció mientras avanzaba hacia la salida, dejando atrás el ambiente de música y risas. Mi mente estaba ya lejos de ahí, enfocada en una sola cosa: encontrar a Massimo Robles. El nombre me hervía en la sangre. El hijo de Raphael, ese maldito que le había hecho tanto daño a Elena, ahora había aparecido de la nada y la tenía en sus manos. No podía ignorarlo, y tampoco podía confiar esta misión a nadie más. Esto lo haría yo. Saúl estaba junto al auto cuando llegué, tan eficiente como siempre, y abrió la puerta sin decir una palabra. Nos conocíamos demasiado bien, y sabía que no era momento para preguntas. —¿Tienes información sobre dónde está ese tal Massimo? —le pregunté, mientras el auto comenzaba a moverse por las calles oscuras. —Sí, señor. Según nuestras fuentes, tiene una propiedad a las afueras de la ciudad. Es discreta, bien vigilada, pero nada que no podamos manejar —respondió, manteniendo la vista al frente. Asentí, mi mandíbula tensa. La idea de que Elena estuviera en algún lugar oscuro, posiblemente siendo manipulada, usada por el hijo de Raphael, hacía que la rabia aumentara con cada kilómetro que avanzábamos. —Quiero un equipo listo en las cercanías, pero sin movimientos hasta que yo dé la orden. Y Saúl... —lo miré, y él asintió, sabiendo perfectamente lo que vendría—. Si algo le ha hecho a Elena, este tipo verá la peor parte de mí. Llegamos a un área oscura y aislada, a varios kilómetros fuera de la ciudad. Saúl detuvo el auto a cierta distancia de la propiedad de Massimo, y ambos bajamos. Observé el edificio, calculando cuántos hombres podrían estar apostados dentro. Sabía que si Massimo estaba siguiendo los pasos de su padre, no iba a hacer esto fácil. No obstante, estaba dispuesto a todo para entrar y ver con mis propios ojos que Elena estaba bien... o, al menos, tan bien como podía estar después de todo. —Tenemos que movernos con cuidado. La vigilancia aquí es extrema, Dante —dijo Saúl en voz baja, mientras observábamos el lugar. Me quedé en silencio, analizando la situación. No quería arriesgar una confrontación frontal hasta saber con certeza dónde estaba Elena. Si el hijo de Raphael era tan retorcido como su padre, estaba seguro de que tenía a Elena escondida en algún lugar bien vigilado. —Vamos por los laterales —indiqué, y avanzamos por la línea de árboles que bordeaba la propiedad. La adrenalina corría por mis venas. Cada paso me acercaba a mi objetivo, y aunque el silencio era ensordecedor, sentía como si el eco de mis propios pensamientos llenara el aire. Alrededor, mis hombres se movían como sombras, siguiendo mis órdenes sin hacer un solo ruido. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había tenido que actuar así, personalmente, pero esta vez no había opción. Finalmente, divisamos una entrada lateral, menos vigilada. Miré a Saúl y asentí; él entendió y se adelantó, neutralizando al guardia de un solo golpe silencioso. Le indiqué a otro de mis hombres que se quedara a vigilar la entrada mientras Saúl y yo nos adentramos en la propiedad. Avanzamos por los pasillos oscuros, cada paso llevándome un poco más cerca de lo que estaba buscando. Finalmente, llegamos a una puerta cerrada, y supe que, de alguna forma, este era el lugar. Saúl me miró, esperando mis instrucciones. —Rompe la cerradura —ordené en un susurro, y él procedió sin titubear. La puerta se abrió lentamente, y lo que vi dentro me golpeó como un puñetazo en el estómago. Allí, en el centro de la habitación, estaba Elena. Pero no era la mujer fuerte que recordaba. Estaba demacrada, con los ojos perdidos, como si apenas me reconociera. Avancé hacia ella, y en cuanto me vio, algo en su expresión cambió, como si la sombra de lo que una vez fue tratara de emerger. —Dante... —murmuró, su voz apenas un susurro, cargada de algo que no podía identificar: miedo, desesperación, o quizás ambos. Me agaché frente a ella, tomando su rostro entre mis manos, intentando que me mirara, que volviera a enfocarse. —Elena, estoy aquí. He venido a sacarte de este infierno —le dije, tratando de que entendiera que esto se acabaría hoy. Ella me miró, pero la confusión en su mirada me desgarró. Había algo en sus ojos, algo que nunca había visto antes. —¿Dónde está Massimo? —le pregunté, pero apenas pude terminar la frase cuando escuché una voz detrás de mí. —Vaya, vaya... Si no es Dante en persona. Qué honor —dijo una voz llena de sarcasmo. Me giré lentamente y ahí estaba él, Massimo Robles, con una sonrisa burlona en los labios, disfrutando de la escena. —¿Así es como cuidas a tus mujeres, Dante? —se burló—. Llegas tarde. Ella ya es mía, mucho más de lo que fue tuya jamás. La rabia en mi interior creció, sentí que mi control estaba a punto de romperse. —Vas a pagar por cada segundo que la tuviste aquí, Massimo —le dije, mi voz cargada de veneno. Massimo rió, como si mis palabras fueran de lo más entretenidas. —¿Pagar? Eso es lo que espero, Dante. Te he estado esperando. Hoy verás de lo que soy capaz. Sin pensarlo, avancé hacia él, listo para acabar con esa sonrisa. Esta noche, o él o yo no saldríamos de este lugar.
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