DANTE
La ira me consumía. Saqué mi pistola, apuntando hacia Massimo, pero sabía que si disparaba, era a Elena a quien pondría en la línea de fuego. Ella estaba justo frente a él, protegiéndolo como si fuera su chaleco humano, una barrera impenetrable que me impedía actuar.
—¡Quítate del medio! —grité, mi voz cargada de frustración y rabia.
Pero ella no se movió. Sus ojos seguían siendo fríos, sin rastro de emoción, como si mis palabras no significaran nada para ella.
Entonces, la voz de Massimo resonó por toda la mansión, con una calma que solo incrementó mi rabia.
—Podemos dejar esto para otra ocasión. Todos saldremos ilesos de este encuentro, Dante —dijo, y su tono era casi burlón.
Antes de que pudiera reaccionar, Massimo comenzó a retroceder, llevándose a Elena con él. Sus hombres se colocaron alrededor, formando un escudo para proteger su retirada. Mis hombres reaccionaron, apuntando sus armas y esperando mis órdenes, pero no podía emitir ni una palabra. Mis ojos estaban fijos en Elena mientras se alejaba, mientras la perdía una vez más después de haber venido a salvarla.
—¡Dante! —gritó Saúl, sacudiéndome, intentando arrancarme de mi trance—. Tenemos que salir de aquí. Puede ser una trampa.
Pero mis pies parecían pegados al suelo. Mi mente se negaba a aceptar lo que estaba viendo, lo que había sucedido. La mujer que había sido mi mundo se alejaba al lado de mi enemigo, sin dudar, sin mirar atrás.
Saúl me sacudió de nuevo, más fuerte esta vez, logrando que finalmente reaccionara. Mis manos temblaban de rabia y frustración mientras miraba cómo Massimo y Elena desaparecían entre sus hombres.
—¡Retirada! —ordené finalmente, con la voz rota. Sabía que quedarnos era un riesgo que no podía permitirme, no con mis hombres expuestos y sin ventaja.
Rápidamente, mis hombres comenzaron a moverse, retirándose de la propiedad. Saúl y yo fuimos los últimos en salir, y mientras me alejaba, sentía que cada paso se hundía en la amargura de la derrota. Había venido para rescatar a Elena, pero ella ya no era la misma, y no pude hacer nada para evitar que Massimo se la llevara.
El camino de regreso estuvo lleno de silencio, uno pesado y cargado de ira. Sabía que esto no terminaría aquí. Massimo no solo me había quitado a Elena; la había transformado en una sombra de lo que alguna vez fue.