DANTE
Iba en el auto con Saúl a mi lado, mientras el resto de mis hombres nos seguían en otros carros. La ira hervía dentro de mí, y no podía contenerla. Golpeé el respaldo del asiento delantero una y otra vez, dejando salir parte de la frustración y el odio que me consumían.
—¡Me disparó! —grité, sin poder creerlo todavía—. Elena tenía una pistola y me apuntó... ¿me escuchas, Saúl? Me disparó.
Saúl permanecía en silencio, sus manos firmes en el volante, pero finalmente habló con voz calmada.
—No creo que estuviera en sus cinco sentidos, Dante. Esa no es la Elena que conocíamos. Algo la ha cambiado.
—¡No la defiendas! —le espeté, levantando la voz—. Abandonó a su hijo, me abandonó a mí... y no le importó ni por un segundo que ese tal Massimo sea el hijo del maldito hombre que nos arruinó la vida. ¿No lo entiendes? Ni siquiera eso le importa.
Golpeé el asiento otra vez, y un grito de frustración escapó de mi garganta. Todo el esfuerzo, todo lo que había hecho por ella, y al final... Massimo había logrado en unos pocos días lo que yo había intentado evitar toda una vida.
—Voy a matarlo —murmuré, casi para mí mismo, sintiendo cómo la rabia crecía con cada palabra—. No descansaré hasta ver a ese bastardo en el suelo, hasta que pague por cada segundo que la tuvo en sus manos.
Saúl me miró de reojo, su expresión llena de preocupación, pero sabía que no intentaría detenerme.
—¿Qué haremos ahora? —preguntó, con cautela.
Apreté los puños, mi mente ya trabajando en lo que debía hacer.
—Necesito toda la información que puedas conseguir sobre Massimo —le dije, sin apartar la vista del camino—. Quiero saber por qué demonios no sabíamos de su existencia hasta ahora, quiénes son sus contactos, con quién trabaja. Quiero saberlo todo: si conoce a Elena desde antes, de dónde salió, qué es lo que quiere. Quiero saber hasta el maldito lugar en el que nació.
Saúl asintió, entendiendo la seriedad de mi orden.
—Lo haré, Dante. Conseguiremos toda la información que necesites.
Me recliné en el asiento, tratando de calmarme, pero era imposible. La imagen de Elena, fría y distante, apuntándome con un arma, estaba grabada en mi mente. Y detrás de ella, la sonrisa de Massimo, disfrutando de cada segundo de mi impotencia. Sabía que esto no iba a terminar aquí.