Capítulo 17

648 Words
ELENA No sabía cuánto tiempo había pasado desde que todo se había vuelto un torbellino de ruido, fuego y caos. La última imagen que recordaba era la de Dante frente a mí, sus ojos llenos de furia, de desesperación... y de algo más que no quería descifrar. Pero, de alguna forma, verlo ahí había hecho que algo en mi interior tambaleara, aunque me esforzara por no demostrarlo. Sin embargo, una voz fría y familiar me mantenía atrapada, recordándome por qué estaba aquí. Massimo. Lo tenía a mi lado, siempre, susurrando en mi oído, enredándome en promesas y susurros que al principio parecían calmarme, y luego... simplemente me hacían necesitarlo. Me encontraba atrapada entre la voluntad de seguir sus órdenes y el deseo de escapar, pero esa línea cada día se volvía más borrosa. Lo que él me daba se había convertido en una cadena invisible que me mantenía a su lado, a pesar de todo. Desperté en una habitación oscura, con las luces tenues y una sensación de vacío en el estómago. Mi cuerpo estaba débil, como si cada movimiento fuera un esfuerzo. Me senté lentamente y, al instante, la puerta se abrió. Massimo entró, su figura proyectando una sombra alargada en la pared, y esa sonrisa que comenzaba a odiar pero que me mantenía sumisa apareció en su rostro. —¿Descansaste bien? —preguntó, acercándose mientras yo lo miraba con mezcla de miedo y resentimiento. —¿Por qué me estás haciendo esto? —murmuré, sintiendo el temblor en mi voz. Había intentado mantenerme fuerte, pero cada día era más difícil recordar quién era realmente. Massimo se inclinó hacia mí, su mano acariciando mi rostro en un gesto que pretendía ser tierno, pero que solo me hacía sentir más atrapada. —Porque eres mía, Elena. Y cada día que pasa, te hundes más en mi mundo. Dante ya no significa nada para ti. Yo soy todo lo que necesitas. Quise gritar, decirle que estaba equivocado, que no tenía poder sobre mí, pero las palabras se me atoraron en la garganta. Su voz y su presencia se habían vuelto omnipresentes, como si fuera incapaz de pensar con claridad sin él cerca. Era un peso invisible que arrastraba conmigo, que me debilitaba. —Dante vino por ti —dijo, y algo en su tono cambió, una pizca de burla y desafío—. Pero, ¿sabes? No le importas lo suficiente. Si le importaras, estarías en sus brazos ahora mismo, no aquí. Esa afirmación me dolió, aunque sabía que era parte de sus manipulaciones. Aun así, la duda se colaba en mi mente. ¿Por qué no había hecho más? ¿Por qué había permitido que me alejaran sin luchar hasta el final? —Él no... no significa nada para mí —mentí, intentando sonar convincente. Massimo sonrió, complacido. —Eso es lo que quería escuchar. —Dio un paso atrás y sacó una jeringa de su bolsillo, una jeringa que ya reconocía demasiado bien. Sentí el tirón en mi interior, esa necesidad que se había vuelto imposible de ignorar. Cada parte de mí quería resistirse, rechazar lo que él me ofrecía, pero la adicción ya me tenía completamente atrapada. Extendí la mano, sin poder evitarlo, y él me la dio, sus ojos fijos en los míos. —Eres mía, Elena. Recuerda eso siempre —murmuró mientras me entregaba la jeringa. Asentí en silencio, odiándome a mí misma por caer tan bajo, por dejar que alguien como él tuviera este poder sobre mí. Sabía que estaba en un abismo, pero cada vez que me daba algo de la droga, ese abismo se sentía más lejano, menos importante. Lo que antes hubiera rechazado con todo mi ser, ahora lo aceptaba con resignación. Mientras la sustancia recorría mis venas, la realidad se volvió borrosa, y cualquier recuerdo de Dante, de mi vida antes de Massimo, se desvaneció en la neblina.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD