Capítulo 18

531 Words
DANTE Estaba en mi despacho, sumido en pensamientos oscuros. Días habían pasado desde aquel encuentro, y la imagen de Elena apuntándome seguía grabada en mi mente. Podía ver sus ojos fríos, su mano firme en el arma, como si yo no fuera nada para ella. La rabia y la impotencia se mezclaban en mi pecho, y no había forma de deshacerme de esa sensación. Frente a mí, sobre el escritorio, estaba la carpeta con toda la información que habíamos conseguido sobre Massimo Robles. La tomé y volví a leerla, repasando cada línea como si pudiera encontrar algún detalle que me hubiera pasado por alto. La investigación había revelado su vida en la clandestinidad, sus movimientos y contactos en el bajo mundo. Massimo había pasado desapercibido durante años, protegido por los mismos aliados de Raphael que, al parecer, mantenían su lealtad a la familia. Habíamos logrado averiguar que él había estado oculto en varias ciudades, siempre moviéndose en la sombra. No tenía conexión previa con Elena, y ese era el único alivio en toda esta pesadilla. Si bien él la había manipulado, había logrado capturarla con rapidez, pero ella no lo conocía antes de que él la encontrara. Eso significaba que había llegado a ella en el momento en que estaba más vulnerable, utilizándola como una pieza más en su juego. Suspiré y lancé la carpeta sobre la mesa, frustrado. Todo indicaba que Massimo estaba utilizando a Elena no solo para afectarme a mí, sino como una herramienta de su venganza personal. Era obvio que su ambición iba más allá de simplemente llevar el apellido de su padre; quería reclamar su lugar en el mundo que Raphael había dejado. La puerta de mi despacho se abrió suavemente, sacándome de mis pensamientos. Magdalena, la niñera, entró con mi hijo en brazos. Lo llevaba envuelto en una manta, y al verlo, sentí cómo una sensación de calma y responsabilidad me inundaba. Había estado haciendo los preparativos para su futuro, para declararlo oficialmente y darle un nombre con mi apellido. Había decidido que su nombre llevaría también el apellido Castillo, una promesa a su madre de que este niño nunca olvidaría de dónde venía. —Aquí está, señor —dijo Magdalena, entregándome al niño con cuidado. Lo tomé en mis brazos, y la niñera se retiró en silencio, dejándome solo con él. Observé su rostro, tan pequeño e inocente, ajeno a todo el caos que lo rodeaba, a las sombras que intentaban atraparlo incluso antes de que pudiera entender el mundo. Mirarlo me daba fuerzas, y a la vez me recordaba todo lo que había perdido, todo lo que estaba dispuesto a recuperar. Acaricié su pequeña mano, que se cerró alrededor de uno de mis dedos, y sentí una promesa nacer en mi interior. —Te lo juro, hijo. Voy a recuperar a tu madre. No importa lo que me cueste, no importa cuánto tenga que sacrificar, no dejaré que ella quede atrapada en las manos de ese bastardo. Lo sostuve con firmeza, mi determinación cada vez más clara. No podía permitir que Massimo se saliera con la suya. Haría lo necesario, movería cielo y tierra, y esta vez, no habría margen para el error.
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