Capítulo 7

698 Words
MASSIMO Salí de la habitación, dejando a Elena sumida en ese viaje mental que pronto se volvería su realidad. Sabía que esto apenas era el comienzo, pero ver su resistencia quebrarse poco a poco me resultaba un placer perverso. Este era el primer paso para desmoronar a la mujer que Dante había intentado proteger a toda costa. El médico que había administrado la droga caminaba detrás de mí, y me detuve en la sala, girándome hacia él con una mirada expectante. —Explícame el procedimiento de nuevo, y no omitas detalles —ordené, con voz firme. Él asintió, bajando la mirada para evitar el contacto visual. —Señor, la dosis debe ser controlada. No se le puede inyectar más de dos veces al día. Si excedemos eso, podría desarrollar una sobredosis, y... no sobreviviría —dijo, escogiendo las palabras con cuidado. Fruncí el ceño, irritado por la advertencia. —No te pago para que me repitas lo obvio —respondí, manteniendo mi tono de impaciencia—. No quiero que se muera, quiero que se vuelva completamente adicta. ¿Cuánto tiempo tomará? El médico tragó saliva, evidentemente nervioso, y continuó con una voz temblorosa. —Dado que ella no tiene historial con drogas, debería ser cuestión de una semana, si le inyecta dos veces al día, no más. Para cuando termine el proceso, la droga habrá recorrido todo su sistema... estará en cada célula de su cuerpo. En ese punto, su cuerpo la pedirá por sí solo. Estará totalmente bajo su control. Mi sonrisa se amplió, y me dejé caer en el sillón de la sala, saboreando cada palabra que el hombre pronunciaba. —Perfecto. Una semana... —murmuré, como si estuviera degustando el sonido de esas palabras—. Ese es el tiempo que tienes para que funcione. El hombre asintió de nuevo, inseguro, y yo aproveché para dejar en claro la seriedad de mi advertencia. —Si esto no funciona como prometes, sabes lo que te pasará, ¿verdad? —dije, mirándolo con dureza. Él tragó saliva, asintiendo con rapidez. —Sí, señor, lo entiendo. Haré exactamente lo que me pidió. Me incliné un poco hacia adelante, fijando mi mirada en él. —Dime algo —continué, divertido por su nerviosismo—. ¿Alguna vez has visto a alguien volverse adicto? ¿Has visto cómo su voluntad se desmorona? El hombre me miró, indeciso, antes de asentir. —Sí, señor. He visto cómo la adicción consume a las personas. La mayoría pierde la noción de sí mismos, hacen cualquier cosa con tal de obtener una dosis. Es... destructivo. Sonreí, complacido por su respuesta. —Exactamente lo que quiero. No quiero que Elena solo pida la droga. Quiero que la necesite, que haga cualquier cosa para obtenerla. ¿Entiendes? Él asintió, pero sus ojos reflejaban un rastro de duda. Lo noté y me incliné hacia él. —¿Algún problema? —pregunté con una sonrisa que no alcanzaba mis ojos. —No, señor. Solo... asegúrese de que ella no pase el límite de la dosis recomendada. Si lo hace, no habrá vuelta atrás —dijo, con un tono serio, como si intentara recordarme lo delicado del proceso. Lo observé, divertido por su preocupación. —Eso lo decides tú, no yo. Tu trabajo es mantenerla justo en el borde, entre el deseo y la desesperación. Si algo sale mal, serás tú quien pague las consecuencias. El hombre asintió rápidamente, su rostro pálido por el temor. —Sí, señor. Haré lo que sea necesario. Me recosté en el sillón, satisfecho. Todo estaba en marcha, y si todo salía según el plan, tendría a Elena convertida en mi arma perfecta en menos de una semana. No solo sería la herramienta que usaría contra Dante, sino que sería una mujer completamente distinta. Para cuando él la viera de nuevo, su Elena ya no existiría. —Puedes retirarte. No quiero verte hasta que sea hora de la próxima dosis —dije, haciendo un gesto para que se fuera. El hombre asintió, bajando la mirada una última vez antes de salir de la sala. Apenas escuché la puerta cerrarse, una sonrisa se dibujó en mi rostro. Todo estaba saliendo a la perfección.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD