Capítulo 8

680 Words
DANTE La puerta se abrió y una mujer de aspecto maduro, cabello gris recogido en un moño, entró en la sala. Era la niñera que había solicitado, alguien con experiencia, alguien que sabía que debía tomar este trabajo en serio. Me observó con una mezcla de respeto y temor, y vi en sus ojos que entendía bien con quién estaba tratando. —Señor, soy Magdalena, la niñera —se presentó, con un ligero temblor en la voz. La miré de arriba abajo, evaluando si sería capaz de cuidar bien de mi hijo. —Escucha bien, Magdalena —le dije, con voz firme—. Tu único trabajo aquí es cuidar de este niño. Asegúrate de que no le falte absolutamente nada. Y si llego a enterarme de que no lo has hecho bien... —me incliné un poco hacia ella, dejando que mi tono se volviera amenazante—, ese será tu último respiro. ¿Me entiendes? Ella asintió con rapidez, con el rostro pálido. —Sí, señor. Le prometo que cuidaré de él como si fuera mi propio nieto —dijo, haciendo una pequeña reverencia antes de tomar al niño en brazos y dirigirse a la habitación que habíamos preparado para él. Observé cómo desaparecía por el pasillo, cargando a mi hijo con cuidado. La habitación estaba llena de todo lo que había mandado a comprar: cuna, ropa, juguetes, todo lo que pudiera necesitar. Magdalena cerró la puerta suavemente detrás de ella, dejándome solo en el salón. Suspiré, sintiendo el peso de la soledad caer sobre mí. Todo se sentía vacío sin Elena, sin la vida que alguna vez habíamos planeado juntos. La rabia y la tristeza se mezclaban en mi interior, y por un momento, no supe si estaba tomando las decisiones correctas. De repente, sentí una presencia a mi lado. Era Saúl, quien me ofreció un vaso de whisky en silencio. Lo tomé sin decir palabra, y él se quedó allí, sin moverse, observándome como si supiera exactamente lo que pasaba por mi mente. —¿Hice bien en dejarla ir, Saúl? —pregunté finalmente, rompiendo el silencio. Mi voz sonó más débil de lo que me hubiera gustado. Él me miró, con su leal y tranquilo respeto, antes de responder. —Si quiere, señor, puedo mandar a alguien a vigilarla. No tiene que estar sola, podemos asegurarnos de que esté bien, aunque sea desde lejos. Su oferta me tentaba, pero la rabia volvió a surgir en mí, recordándome las palabras de Elena, ese desprecio con el que me había hablado. —No, Saúl. No quiero que la vigilen —respondí con dureza, más para convencerme a mí mismo que a él—. Ella dejó claro lo que quería. No le importamos ni nuestro hijo ni yo. No moveré un dedo por alguien que nos dio la espalda. Saúl asintió lentamente, aunque podía ver en sus ojos que quería decir algo más, que tal vez dudaba de mi decisión. Pero como el buen soldado que era, se mantuvo en silencio, respetando mi voluntad. Di un trago largo al whisky, sintiendo el ardor en la garganta, y traté de sofocar con alcohol el vacío que sentía. Por mucho que intentara convencerme de que había hecho lo correcto, no podía evitar que la imagen de Elena volviera una y otra vez a mi mente. Había amado a esa mujer, y aunque ahora solo me quedaba resentimiento, una parte de mí todavía sentía la pérdida, ese vacío que ella había dejado. Pero no podía permitirme volver atrás. No después de todo lo que había dicho, de cómo había rechazado a nuestro hijo, a nuestra vida juntos. —A partir de hoy, ella está muerta para mí, Saúl. No quiero volver a escuchar su nombre en esta casa. Nos enfocaremos en lo que importa: mi hijo. Él es todo lo que necesito. Saúl asintió nuevamente, entendiendo la gravedad de mis palabras. Y mientras el silencio volvía a llenar la sala, tomé otro trago de whisky, decidido a enterrar cualquier rastro de Elena en el rincón más profundo de mi memoria.
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