MASSIMO
Había pasado una semana, y cada vez que miraba a Elena, apenas podía reconocer a la mujer que había sido. Ahora tenía frente a mí a una adicta, alguien que me suplicaba, pidiendo a gritos la droga que tanto necesitaba. Mi plan avanzaba perfectamente, y el control sobre ella era absoluto.
—Ya te di suficiente droga gratis —le dije, mirándola con una sonrisa de satisfacción—. Ahora tienes que ganártela.
Elena se retorció en su lugar, sus ojos inyectados de desesperación.
—Dame aunque sea un poquito, por favor —suplicó, su voz apenas un susurro.
Reí, saboreando su desesperación. Ahora que tenía el control total, era momento de pasar a la segunda fase: convertirla en una mujer sin escrúpulos, alguien capaz de disparar, de matar sin vacilar, alguien que pudiera aprender el arte de los negocios sucios.
—Tendrás que aprender a disparar —dije, observándola con interés, esperando su reacción.
—No... —murmuró, su voz débil, pero con una chispa de resistencia que apenas se asomaba.
Saqué una jeringa de mi chaqueta, llenándola con la sustancia que se había vuelto su única necesidad. La sostuve frente a ella, dejando que la mirara, que se diera cuenta de lo cerca que estaba de su próxima dosis.
—Si lo haces, tendrás esto —le dije, moviendo la jeringa para captar su atención.
Elena tragó saliva, y su mirada se llenó de una sumisión desesperada.
—Está bien... haré lo que quieras —dijo, su voz apagada, derrotada.
Sonreí, complacido. Eso era todo lo que necesitaba escuchar. Me acerqué y la desaté de la cama, indicándole que se levantara.
—Ve y toma un baño. Nos vemos en el patio cuando estés lista —le ordené.
Mientras ella se dirigía al baño, fui al patio y preparé el lugar. Coloqué varias botellas vacías en una fila a una distancia razonable y saqué distintas pistolas, cada una preparada para enseñarle los diferentes tipos de armas que tendría que dominar. Sabía que al principio le costaría, pero ese era solo un detalle. Lo importante era que, para obtener lo que ella quería, estaba dispuesta a obedecer.
Elena apareció poco después, luciendo débil pero más compuesta. Me acerqué a la mesa donde estaban las armas y tomé una de las pistolas, una semiautomática de tamaño medio, perfecta para principiantes.
—Esta es una Glock 17 —le expliqué, sosteniéndola firmemente y mostrándole cómo debía colocar las manos—. Es un arma confiable, ligera. Quiero que aprendas a manejarla bien antes de pasar a las demás.
La miré, esperando su reacción. Ella asintió, con la mirada fija en la jeringa que aún llevaba en el bolsillo de mi chaqueta, como si esa fuera la única razón por la que estaba dispuesta a seguir mis instrucciones.
Me acerqué a ella, colocando la pistola en sus manos, y me tomé un momento para corregir su postura.
—Sujeta el arma con ambas manos, así —dije, posicionando sus dedos en el lugar correcto—. Mantén el pulgar izquierdo debajo del derecho y aprieta firmemente. Esto te dará control al disparar.
Ella obedeció, aunque su pulso temblaba un poco. La vi apuntar hacia las botellas, intentando mantener la pistola firme.
—Ahora, respira hondo. Antes de disparar, exhala suavemente para que el pulso sea más estable —le dije, mi tono tranquilo pero firme.
Elena apretó el gatillo, y el disparo resonó en el aire. Falló, como era de esperarse, la bala pasó por encima de las botellas, y ella frunció el ceño, molesta. Pude ver su frustración, pero también su deseo de obtener su recompensa.
—Inténtalo de nuevo. No te apresures —la animé.
Ella respiró profundamente, apuntó una vez más y disparó. El segundo tiro también falló, pero vi que estaba mejorando, ajustando poco a poco su postura, su respiración.
—Bien. Solo concéntrate —le dije, con una leve sonrisa de satisfacción.
Finalmente, después de varios intentos, uno de los disparos impactó en una de las botellas, haciéndola volar en pedazos. La vi parpadear, sorprendida, y aunque su expresión estaba cargada de desesperación, noté un atisbo de satisfacción en su mirada.
—Nada mal —comenté—. Sigue practicando, y te ganarás tu recompensa.
Ella asintió, su mirada fija en el arma y luego en la jeringa que aún colgaba de mi bolsillo. Sabía que la tenía bajo control, y con cada disparo, estaba un paso más cerca de convertirme en su único dueño, en la única voz a la que obedecería sin cuestionar.
Este era solo el comienzo de su transformación.