ELENA
Mis manos temblaban mientras sostenía la pistola. Cada disparo retumbaba en mis oídos, y la tensión en mis brazos hacía que me dolieran los músculos. Llevaba un rato intentando acertar, y aunque algunos disparos habían dado en las botellas, el esfuerzo me estaba pasando factura. Pero Massimo no me dejaba detenerme; se quedaba cerca, observando cada uno de mis movimientos.
—Imagina a Raphael frente a ti —dijo, su voz envenenada con un toque de burla—. Esa botella es él. Dispara por lo que te hizo.
Al escuchar su nombre, un torrente de emociones se desbordó en mi pecho. El miedo, el odio, el dolor... Todo se mezcló y me cegó. Apreté los dientes y apunté de nuevo, mi respiración entrecortada.
—Hazlo por ti, por todo lo que te quitó —insistió Massimo, susurrando en mi oído, como si quisiera avivar el fuego que crecía dentro de mí.
Con un grito desgarrador, apreté el gatillo. La bala se estrelló en la botella, haciéndola estallar en pedazos. El impacto de aquel disparo resonó en mi interior, liberando una furia contenida que apenas reconocía. Grité de nuevo, disparando una y otra vez, visualizando el rostro de Raphael en cada uno de esos blancos de vidrio.
—¡Por todo lo que me hiciste! —grité, mientras mi dedo seguía apretando el gatillo.
Una tras otra, las botellas fueron cayendo. Cada disparo me hacía sentir una chispa de liberación, como si con cada fragmento roto estuviera rompiendo también los restos de mis propios miedos. Perdí la noción del tiempo, dejándome llevar por la adrenalina, hasta que todas las botellas yacían en pedazos esparcidos por el suelo.
Bajé el arma, jadeando, sintiendo el sudor resbalar por mi frente y las manos entumecidas por la tensión. Massimo aplaudió lentamente, una sonrisa de satisfacción en su rostro.
—Buen trabajo —dijo, con ese tono que oscilaba entre la aprobación y la manipulación—. Veo que tienes potencial... y ganas de liberar esa furia.
Apenas podía mirarlo, agotada, sin fuerzas. Pero mis ojos se desviaron hacia su chaqueta, donde sabía que guardaba lo único que me mantenía en pie en estos momentos: la inyección. Al notar mi mirada, Massimo sacó la jeringa de su bolsillo y la alzó frente a mí, balanceándola ligeramente, como si estuviera a punto de dármela... o de retirarla en el último segundo.
—Si haces lo que yo te diga —dijo, sosteniendo la jeringa con una sonrisa calculada—, tendrás mucho más de esto.
Sabía que estaba jugando conmigo, que quería que cayera aún más en su trampa. Pero la necesidad era tan fuerte que cualquier resistencia se desmoronaba. Asentí, sin fuerzas para pelear, sabiendo que él había ganado, que por el momento haría lo que me pidiera.
Sin decir más, se acercó y me inyectó. Sentí el líquido recorriendo mi cuerpo, esa familiar sensación de calma mezclada con entumecimiento, y cerré los ojos, dejándome llevar. Al menos, en esos momentos, el dolor y el miedo desaparecían, y me sentía libre de todo... aunque solo fuera una ilusión.
—Descansa por ahora —escuché decir a
Massimo, su voz lejana mientras me sumia en ese estado de paz artificial—. Mañana, empezaremos con algo más interesante.
Pero en ese momento no me importaba.
Solo quería perderme en la oscuridad, lejos de los gritos, lejos de Raphael, lejos de mí misma.