Capítulo 04: Asesinato.

2689 Words
Jacob. Lunes, 15 de Abril de 2019. Cuando el reloj de mano que tenía marcó las una de la mañana, llegamos a nuestro nuevo destino, mediante la camioneta negra que nuestros queridos padres nos habían dejado antes de que fuesen asesinados por esos malditos bastardos. Había conducido veinticuatro horas desde que mis hermanas y yo planeamos nuestra partida hacia la ciudad que estaba junto a ésta: «Suicylum», donde el resto de la jodida banda vivía actualmente, pues nos dimos cuento de ello gracias a f*******:. Aunque, no encontramos a varios miembros de la banda, sabíamos quién nos podría decir la ubicación de esos malnacidos, y ella tendrá que decírnoslo... o yo mismo le sacaría todos los dientes. Llevaba tantas horas al volante que me dolían los parpados por no haber pegado el sueño en ningún momento, como Magy y Zoe lo habían hecho en los asientos de atrás, estaban profundamente dormidas, y no quise despertarlas cuando llegamos a la segunda ciudad más polémica del país, siendo Evotica la primera (por todos los asesinatos que han ocurrido en ese lugar). Suicylum era mayormente conocida por sus amplios bosques, y los suicidios que suelen ocurrir en éstos, pues es ahí donde usualmente las personas van a terminar con su vida. Creo que por eso crearon una pequeña urbanización en la entrada de los árboles que rodeaban a la ciudad suicida, una urbanización de remolques, justo a donde nos estábamos dirigiendo, pues era ahí donde vivía el bastardo que visitaríamos ésta noche. Mientras que conducía por las calles de la ciudad Suicylum, conduciendo hacia el bosque, miraba la luna brillante en el cielo obscuro y creo que estaba brillando igual que mi alma al sentir que mi venganza se estaba a punto de cumplir, y que otro más de la banda que asesinó a nuestros padres y que nos torturó… Estaría muerto. Y sería yo quien acabaría con su miseria. Sería yo quien lo asesinaría. Y aunque sabía que mi cuerpo estaba bastante agotado por el arduo camino que nos tocó para llegar hasta acá, no me importó cuando entramos al bosque con el auto y conduje a toda marcha hacia donde estaban los remolques con sus luces apagadas; puesto que me imaginé que todas las personas debían de estar descansando a tan altas horas de la noche. Por eso rodeé a esos remolques, silenciosamente, adentrándome entre los árboles de la ciudad suicida sin temor alguno, y sin creer en fantasmas. Conducí hacia un sitio donde oculté el auto entre unos arbustos y finalmente despegué las manos del volante al hacerlo. Sentí que la respiración se me aceleró un poco, y que mis manos estaban entumecidas por haberlas dejado por mucho tiempo en ese volante. Después apagué las luces de la camioneta y me volví hacia las dos mujeres que más amaba en el mundo, quienes estaban en los asientos traseros, profundamente dormidas. Zoe tenía la cabeza reposando en el hombro de Magy, y ésta tenía la suya en la cabeza de la pequeña. Se veían tan cómodas, y por eso no las quise despertar para que viesen lo que estaba a punto de pasar. Creo que mi corazón comenzó a acelerarse, y algo me invadió en el pecho como en cada ocasión. Algo que no podía describir fácilmente con palabras, y por eso tragué en seco y salí del auto silenciosamente para no despertarlas. Tomando de los gabinetes antes de salir la pequeña «Glock» que siempre cargaba conmigo y me la metí detrás de los pantalones. Entonces cerré la puerta del auto cuidadosamente, y me ajusté la capucha negra para que mi cara no pudiese verse entre ésta obscuridad, y así me encaminé entre la maleza y las hojas caídas del bosque hacia los remolques; que no estaban muy lejos de donde había escondido la camioneta. Respiré hondo, y aunque estuviese caminando por el bosque de los suicidios, no tuve siquiera ni una pizca de temor, pues el único sentimiento que tenía caminando entre esos árboles era el del odio. Puro odio, y desprecio. No sentía nada más que la necesidad de disparar mi Glock en la cabeza del bastardo de Diego, pero sabía muy bien que tenía que moverme rápido y con sigilo, como un ladrón. Sabía que tenía la noche de mi lado, y que podría ocultarme entre los árboles fácilmente, además, sí las cosas llegaban a salir mal recurriría a mi arma y acabaría con todo rápido, pero no quería hacer eso con Diego. Había conducido por muchas horas hasta acá, y ahora que había llegado iba a divertirme antes de matarlo…. Antes de matar al hombre que me causó la cicatriz que tengo en el ojo izquierdo. Creo que la luna comenzó a brillar aún más una vez que me estuve acercando a los remolques y mi corazón se disparó de cierta excitación. Esa que aparecía cuando la sed de venganza me devastaba el cuerpo. Y aunque, antes de cometer mis asesinatos una extraña voz en lo más recóndito de mi cabeza me susurraba que no estaba haciendo las cosas como debía y que me iría al infierno por ello… No me importaba irme al infierno con tal de llevarme a todos esos bastardos conmigo. Y me encargaría de chuparle las bolas a Satán para que todos esos malnacidos se retuerzan en su miseria. Y ardan en el infierno. Ardan. Ardan. Ardan. Una vez que me adentré silenciosamente entre los remolques con sus luces apagadas, mis ojos se encontraron con uno en especifico, el que era un poco más destartalado que el resto, y como tenía las mismas características como en la foto que le habían tomado en f*******:. Sonreí de satisfacción, y troté sigilosamente hacia el remolque donde Diego vivía. Y para mi sorpresa, al acercarme, noté que el bastardo había dejado una ventana abierta, como sí estuviese dándome la bienvenida a su humilde morada, y por eso me colé tan silencioso y cuidadoso como un gato. Sin miedo a dejar huellas para la policía, puesto que traía mis guantes negros. Entrando con sigilo a la propiedad, observando que el lugar no era tan pequeño como creía, puesto que había acabado en la pequeña cocina que tenían, y que enfrente había un estrecho pasillo que al parecer te llevaba a dos pequeñas habitaciones, así que caminé sin titubear por ese pasillo. Observando que habían fotos encuadradas en las paredes, de lo que parecía ser él con una niña y una mujer. Seguramente era su hermana, y la niña su sobrina, pues recuerdo haber escuchado alguna vez que tenía una hermana. Porque no creo que ese malnacido haya tenido una hija después del monstruo machista que es. Aún así me preparé para revisar ambas habitaciones sigilosamente sin ser descubierto antes de que comenzase con la diversión. Sin embargo, antes de caminar por el estrecho pasillo y darme cuenta de que incluso había una tercera puerta antes de llegar a esas dos, de lo que parecía ser el baño. Y donde no entré, puesto que no escuché nada. Tomé un cuchillo de la cocina, y con él caminé hacia la puerta de la derecha, donde abrí silenciosamente y miré al interior, dándome cuenta de que parecía ser el dormitorio de un infante, puesto que tenía muchos peluches y cosas de niña. Pero no había ninguna niña, así que cerré la puerta de la misma manera en la que la abrí y caminé hacia la puerta de la izquierda, haciendo el mismo procedimiento con cuidado. Pero para mi sorpresa, ahí me encontré con ese bastardo durmiendo plácidamente sobre su cama como un bebé que nunca cometió asesinatos. Qué lastima que ésta sea su última noche. No sé por cuánto tiempo me quedé en la puerta mirándolo, pero supongo que me quedé estático por la rabia que sentía devastandome el cuerpo al volverlo a ver después de tanto tiempo. Ahí en su cama tan cómoda, acurrucado entre sus sabanas como sí no hubiese destruido a mi familia y como sí no fuese uno de los culpables de mis cicatrices. Le odiaba, le odiaba demasiado…, y quería que sufriera. Sufriera. Entonces terminé entrando al dormitorio con mucho cuidado, y caminé hacia su cama con el cuchillo en la mano. Sintiendo como lo estaba apretando con tantas fuerzas por la rabia que me invadía y que no quería hacer más que apuñalarlo una y otra vez en todo el cuerpo por haber asesinado a mis padres con el resto de su maldita banda. Por eso me acerqué, y él no se inmutó, pues parecía estar profundamente dormido, con la boca abierta y soltando ronquidos… Qué asco. Me paré junto a él y me quedé mirando su repugnante cara entre la penumbra, y cuando no pude seguir controlando más mi rabia le dí una leve bofetada en el rostro para que despertase y estuviese consciente de lo que le haría. Y Diego se revolvió entre las sabanas, pero no despertó como pensé. Así que sin más opciones me acerqué a él con ojos enormes y pasé el filo del cuchillo por sus labios haciendo pequeños cortes, con la respiración acelerada. Pequeños cortes que bastaron para que el bastardo despertase abruptamente de su profundo sueño. Entonces sus ojos se abrieron de confusión al principio, y después cuando me vio ahí parado en su cama se le abrieron enormemente, pues me reconoció al instante que me quité la capucha para que viese mis cicatrices en medio de la penumbra. Sin embargo, no hice esperar mucho la diversión, pues en ese momento le golpeé en la cara tan fuerte con el puño cerrado que escuché cómo se le rompía la nariz y él daba un fuerte grito que le reprimí al taparle la boca y subirme sobre su cuerpo, aprisionándolo con facilidad con una llave que había aprendido. Mis piernas lo inmovilizaron por completo, y escuché a Diego gritar a duras penas ya que le estaba tapando la boca: - ¡M-Meldito finumeno! - Sí que me recuerdas, ¿No, Diego?- le hablé entre la penumbra, con ojos enormes, y éste en ese momento me mordió la mano en respuesta. Y cuando la aparté con dolor, se incorporó con violencia y me golpeó justo en el centro de la cara con la cabeza y yo solté un jadeo. Entonces Diego se abalanzó sobre mí y tuvimos un violento forcejeó sobre la cama, luchando, hasta que caímos sobre el suelo y yo lo golpeé con más fuerzas en la cara con el pie y éste se quedó inerte, chillando. Por eso aproveché con una intensa rabia que se había apoderado de mi cuerpo para volver a subirme sobre él, y rodearlo con mis largas y anchas piernas, aprisionándolo con mis músculos y mirándolo con una rabia que estaba a punto de hacer erupción, pues ese maldito me había partido la nariz con un cabezazo. - Te vas a arrepentir- le dije, escupiéndole en la cara con la rabia marcada en cada una de mis palabras, y éste solo se quedó jadeando en el suelo con la cara ensangrentada. Observando como le mostraba el cuchillo que había tomado de su cocina, y el cual hice brillar la hoja frente a sus espantados ojos-. ¿Recuerdas cómo me causaste cicatrices con un cuchillo una vez, Diego? Éste abrió sus ojos más grande, como sí eso fuese posible, y dijo a duras penas, escupiendo la sangre de sus labios: - ¡Eres un fenómeno! - Y tú creaste a éste fenómeno- le respondí fríamente, y entonces pasé la hoja del cuchillo por su mejilla haciendo un corte profundo, que le hizo brotar sangre a borbotones, y Diego soltó otro fuerte grito que oprimí al meterle en la boca la pantufla que estaba junto a nosotros en el suelo. Creo que estuvo a punto de ahogarse al metersela de un sólo golpe en la garganta, pero no me importó, y continué deslizando el cuchillo por toda su cara, haciendo cortes de aquí para allá, como sí yo fuese un pintor y él mi lienzo… Qué divertido. - ¡D-Detente!- lo escuché escupir a duras penas, pero yo seguí deslizando el cuchillo por su cara para causarle las mismas cicatrices que él me causó a mí-. ¡D-Detente de una vez! ¡No, b-basta! - ¡Basta!- le copié con un tono sarcástico, y entonces me detuve para sacarle la pantufla de la boca y darle una fuerte bofetada que se escuchó por todo el lugar, diciéndole-: ¡Fue justo lo que yo te decía cuando me cortabas con tus navajas! ¡Justo lo que yo te decía, Diego! ¡Qué sorpresa que ahora seas tú quien pida piedad! - ¡Y-Yo no te estoy pidiendo, p-piedad, monstruo!- escupió al hablar, mirándome con rabia y osadía después de la situación en la que estaba, y por eso le volví a golpear fuerte en la cara con uno de mis puños y él volvió a ahogar un grito, gimiendo y sollozando. Le había dejado toda la cara ensangrentada por los cortes y ahora tenía un ojo más grande que el otro, por el golpe que le había dado. - Pedirás piedad por todo lo que nos hiciste… Pedirás piedad- le hablé sin misericordia alguna, antes de volver a asestarle un fuerte golpe en la cara que le hizo golpearse en la parte trasera de su cabeza con el duro suelo. Éste volvió a chillar de dolor como un animal, pero ésta vez yo no me detuve, y lo golpeé de nuevo en la cara con fuerza con el puño cerrado. Y lo golpeé de nuevo. Luego lo hice una vez más. Y otra, y otra, y otra. Hasta que poco a poco perdí la razón y no dejaba de golpearlo sin piedad alguna con todas mis fuerzas, manchando todo el suelo de sangre a nuestro alrededor y dejando mis puños de ese mismo color. Mientras que escuchaba los chillidos de agonía que soltaba ese asqueroso cerdo. «Pide piedad» «Pide piedad» «Pide piedad» «Pide piedad», no dejé de repetir una y otra vez en mi cabeza mientras que le seguía golpeando en el rostro sin ninguna pizca de empatía, observando como su cara se inflaba horriblemente como un globo y como Diego parecía estar ahogándose debajo de mí con su propia sangre. Sin embargo, para ese punto llegué a perder tanto los estribos que volví a tomar el cuchillo del suelo y se lo clavé sin misericordia en el pecho, apuñalandolo una vez. Luego otra. Y otra, y otra. Y otra vez. Apuñalandolo reiteradas veces como pude en medio de la penumbra, mientras que le decía con una rabia colérica: - ¡Pide piedad! ¡Pide piedad! ¡Pide piedad! El cuchillo se hundía dentro de su pecho como sí él fuese gelatina y una vez que se lo enterré no pude dejar de hacerlo. Ya no tenía control de mi cuerpo entonces. Fue como sí un extraño impulso que desconocía se hubiese activado dentro de mí y ya no pudiese controlarlo…, porque había perdido el control. Y aún así no dejé de apuñalarlo, sintiendo como la sangre me salpicaba en la cara y como la pequeña habitación se manchaba de su repugnante sangre. Hasta que terminé cansándome poco a poco, y sólo acabé sacando el cuchillo manchado de sangre por una última vez y, lo eché a un lado con la respiración agitada y los ojos humedecidos. Entonces me aparté del cuerpo de Diego con un horror que comencé a sentir, y comencé a llorar desconsoladamente…, porque era un asesino. Porque estaba involucrando a mis hermanas. Y porque mis padres ya no volverían de la muerte. Entonces me tapé la boca con las manos cubiertas de sangre, y cuando me aparté del cuerpo ensangrentado y desfigurado de Diego, sentándome a su lado en el suelo. Escuché como sí la puerta del dormitorio se abriese de repente, y cuando me volví hacia esa dirección el corazón se me detuvo al encontrarme con el inocente rostro de una niña de cinco años, que entró diciendo: - ¿P-Papi...?
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