Ámbar
Quisiera decir que todo se había resuelto, que Serena había aparecido, pero eso jamás pasó. Han pasado varios años; Asher la ha buscado incansablemente y nada. Esteban, cada que mi jefe, le mandaba llamar, pues quería encontrarla. Siempre decía lo mismo: "Lo lamento, jefe, pero no hay rastros de ella." Esto volvió a mi jefe un hombre amargado, sin sentimientos, y lo peor, alguien que no tiene límites. Él jamás fue de esa manera, pero las autoridades, después de un año, la declararon muerta, pues no había ni una pista. Y yo, a pesar de que antes del viaje había presentado mi renuncia, aquí sigo. Quisiera decir que es por él, pero no es así; es por esos pequeños que extrañamente no preguntan por su madre, pero sí extrañan a su padre, pues parece que con la desaparición de Serena, mi jefe también se fue con ella.
—Ámbar, ¡Ámbar! ¡Mierda! ¿Dónde diablos estás?
Yo volteo los ojos con fastidio y me pongo de pie. Abro la puerta de su oficina sin siquiera tocar. Lo veo desesperado buscando unos documentos. Cuando me mira, lo hace como si quisiera matarme. Yo solo coloco mis manos en la cintura y suspiro.
—¿Qué sucede? ¿Por qué gritas de esa manera?
Él sonríe, pero su sonrisa es burlona y sigue buscando como loco.
—¡Mierda, Ámbar! Te has vuelto una incompetente. ¿Dónde diablos están los contratos de las exportaiciones? Sabes que ahora tenemos la junta con los inversionistas y si no llevo esos contratos...
Yo cierro mis manos en puño por lo que acaba de decir. Me acerco al escritorio y en una esquina están justo los folders de los contratos que ayer le especifiqué que tenía que firmar. Levanto los folders en mis manos y se los entrego. Él guarda silencio por un momento y yo espero que se disculpe por lo que ha dicho, pero no lo hace, así que simplemente me doy la vuelta y camino fuera de la oficina. Tomo asiento, cubro mi rostro con mis manos. Tengo tantas ganas de llorar. Sé que lo que le sucedió no es fácil de superar, pero creo que la vida sigue, aunque parece que para él no. Estoy tan perdida en tratar de controlar mi carácter y no mandarlo al diablo que ni siquiera me doy cuenta de quién ha llegado hasta que escucho un carraspeo. Y ahí está, una copia exacta de Serena, pero obviamente con muchos años más. Ella me ve con una ceja alzada y me sonríe.
—Vaya, han pasado tres años desde que mi hija ha desaparecido y tú aún no te rindes con la esperanza de que el idiota de Asher te voltee a ver. Date por vencida, eso no sucederá. Él sería capaz de esperar a mi hija, si es preciso, por el resto de su vida.
Yo aprieto mis manos en puño. Definitivamente, estar en este trabajo me está dando dolores de cabeza muy fuertes. Me pongo de pie y le sonrío.
—No sé qué diablos tienes contra mí, Isabella, pero jamás te he dado motivos para que pienses de esa manera.
Ella alza una ceja molesta y me mira de arriba abajo. La verdad es que no me interesa, pero si quiere respeto, tiene que respetarme.
—Isabella, eres una maldita igualada. ¿A ti quién te dio el derecho de llamarme de esa manera? Tú y yo nunca seremos iguales y sabes perfectamente que no miento. Has estado enamorada de él desde hace tanto tiempo, pero eso jamás pasará.
Yo muerdo mi lengua para no contestarle lo que se merece. De pronto, la puerta de la oficina de mi jefe se abre. Él nos ve confundido y se cruza de brazos.
—¿Qué diablos está pasando aquí? Isabella, ¿qué haces aquí?
Ella suspira con drama y yo solo vuelvo a voltear los ojos. De verdad, me estoy cansando de esto.
—¿Quieres saber qué está pasando aquí? Te lo voy a decir: Ámbar cree que es igual que yo, cree que puede faltarme el respeto cuando es una simple secretaria. ¿Y qué hago aquí? Tú sabes perfectamente qué hago aquí, ya lo habíamos hablado, así que he venido para que me entregues todos los documentos en regla y me digas cuándo puedo pasar por mis nietos a la mansión.
El rostro de mi jefe es un poema y yo abro los ojos muy sorprendida. ¿De qué está hablando esta vieja loca? Él suspira y asiente, y eso me sorprende aún más, pues no puedo creer que esta mujer se lleve a los niños y los separe de su padre. Y lo peor, que él se ve completamente resignado. No, esto no puede ser posible.
—Isabel, aún no estoy listo. Mi abogado no me ha traído los documentos. Dame una semana. Además, tampoco he hablado con mis hijos. Necesito que ellos sepan lo que está sucediendo.
Ella suspira cansada y niega. Lo ve directo a los ojos y da un paso hacia él, acaricia su rostro con cariño, pero yo sé que es completamente falso. Le sonríe y le dice:
—Está bien, cielo. Sé que es un proceso difícil, pero te daré el tiempo que me estás pidiendo. Recuerda que es lo mejor para los niños: el no tener una madre presente y el que tú te hayas convertido en un adicto al trabajo no es nada bueno para ellos. Regresaré en una semana, pero Asher, quiero los documentos en regla.
Ella se da la vuelta y empieza a caminar hacia el elevador. Cuando entra, me mira a los ojos y me sonríe de lado. No, ella no se puede llevar a los niños. Mi jefe cierra la puerta de un golpe, pero yo, sin esperar más tiempo, vuelvo a abrir la puerta de su oficina. Él ya está sentado detrás de su escritorio, con los ojos cerrados y la cabeza reclinada hacia atrás. Se ve cansado, pero no me importa. Él no puede hacer eso. Yo cruzo mis brazos molesta y él, sin abrir los ojos, me dice:
—No quiero escuchar nada. Sé que quieres mucho a mis hijos, pero no te da el derecho a juzgar mis decisiones. No eres más que una simple secretaria. No cruces ese límite. Ya con los problemas que tengo ahora es más que suficiente.
Una simple secretaria, una maldita secretaria. Eso es lo que soy para él, así que suelto una carcajada carente de humor. Él por fin abre sus ojos confundido y yo no paro de reír hasta que me duele el abdomen. Empiezo a tomar respiraciones para tranquilizarme, pero mi sonrisa no se borra. Él me ve confundido, está a punto de decir algo, pero yo levanto mi mano para que no lo haga.
—Tienes razón, soy una simple secretaria, pero esta simple secretaria ha ido a tu casa a las 2 de la mañana para calmar a Malú. He ido después de mi trabajo para enseñar a Azir matemáticas. Estuve cuando Dalton enfermó. Y no se te olvide el día en que Monick tuvo su primera pelea en el colegio. Y de esto solo hablamos estos tres años que Serena no ha estado, pero quieres que recordemos cuando ella estaba, porque mi mente está muy fresca.
Él empieza a negar y golpea su escritorio molesto.
—No hagas esto, Ámbar. No hables de Serena.
—¿Así? ¿Y por qué no? ¿Por qué no decir que era una pésima madre? ¿Por qué te duele reconocer que no merecía a los hijos que tenía? Reconocer que no merecía la vida que tenía. Lo lamento, Asher, pero las verdades duelen. Y si eres tan cobarde como para dejar que tus hijos se los lleve alguien que ni siquiera los conoce, yo sí tengo las pelotas para decirte en tu cara que te estás convirtiendo en el peor padre que existe en esta vida, que te estás muriendo lentamente por una mujer que no vale la pena. Porque Serena habrá sido el amor de tu vida, pero tienes cuatro, cuatro hijos maravillosos que te esperan todos los días para darte un abrazo, para estar cerca de ti. Pero claro, el que a mí me duela que se los lleven, eso no quiere decir que tú sientas lo mismo. Y sabes qué, ya me cansé de ti. Me cansé de tu amargura, de tus malos tratos, de tus humillaciones. Y como ya no tengo más por qué quedarme, me voy. Me voy, y ahora sí es definitivo. Así que Asher, vete al diablo.
Me doy la vuelta y él empieza a gritar como loco, así que me detengo.
—Es que tú no entiendes, tú no entiendes absolutamente nada. Perdí a mi esposa, perdí a mi familia, y por más que quiera detener a mis hijos, no puedo. Isabella los está peleando. Soy un padre soltero que, para mi desgracia, no conoces toda mi vida, así que no sabes nada de mí. No tienes derecho a juzgarme ni a juzgar por qué estoy haciendo esto. No lo hago porque mis hijos no me importen. Los amo, los amo con todo mi ser. Pero si se exhibe mi vida, de igual manera me los quitarán. Así que no tienes derecho a decirme qué tan mal padre soy. Tú jamás lo entenderías. No tienes a nadie, estás sola en este mundo. Nadie te ha amado de verdad, así que...
Yo no lo dejo terminar de hablar. Mis lágrimas ya corren por mis mejillas. En algo él tiene razón: no tengo a nadie que me ame realmente. Cuando lo veo a la cara, él ve mis mejillas bañadas en lágrimas, pero yo le sonrío.
—Tienes razón, no tengo a nadie, pero en algo te equivocas: sí tengo quien me ame, y para tu desgracia, esos son tus hijos. Me aman más que a su madre y sé que te duele, porque no tengo derecho a decirte esto, pero me duele más a mí que, aunque no conozco tu vida, como tú lo has dicho, no luchas por ellos. No haces lo imposible porque se queden a tu lado. Y la gran diferencia entre tú y yo es que yo dejaría mi vida para que ellos fueran felices y permanecieran junto a mí. Adiós, Asher. Fue un gusto trabajar contigo.
Él me empieza a llamar, pero yo no me detengo. Tomo mi bolso y corro hacia el elevador, con el corazón completamente destrozado por sus palabras, por mis niños, por darme cuenta de que estoy completamente sola. Cuando las puertas del elevador están a punto de cerrarse, yo levanto mi rostro, limpiando mis lágrimas, y él sale corriendo de su oficina. Yo simplemente niego y él se detiene. Creo que después de todo es lo mejor, pues el hombre de quien estaba completamente enamorada murió aquel día en que Serena desapareció.