BRIANNA
Pasaron dos días. Dos días extraños, silenciosos, suspendidos en una calma que no era paz, sino la antesala de algo definitivo. Dormí poco. Pensé demasiado, y aun así, cuando llegó la mañana de la firma, me sorprendió descubrir que podía respirar sin sentir que el pecho se me rompía.
Inna condujo en silencio la mayor parte del camino. La ciudad despertaba con su rutina indiferente, como si el mundo no entendiera que ese día yo iba a enterrar tres años de mi vida en una hoja firmada frente a un juez. El Palacio de Justicia apareció al final de la avenida, solemne, frío, imponente. Un lugar perfecto para cerrar una historia que nunca tuvo calor.
— Estás muy callada, —dijo Inna sin mirarme.
— Estoy bien.
— Eso no fue lo que pregunté.
Sonreí apenas. Mi hermana siempre veía demasiado. El semáforo en rojo nos obligó a detenernos. El motor vibraba suave bajo nuestros pies, y el silencio dentro del auto se volvió denso, incómodo, como si hubiera algo flotando entre las dos que aún no se atrevía a salir.
Inna volvió a romper el silencio.
— Necesito preguntarte algo, y quiero que me contestes como tu hermana, no como mi clienta.
Giré la cabeza lentamente hacia ella.
— Eso suena peligroso.
— ¿Es verdad que nunca te acostaste con él?
La pregunta cayó sin adornos, directa, y brutal para el estado emocional en el que me encontraba. Era imposible de esquivar, miré hacia el parabrisas. La luz de la mañana golpeaba el vidrio con una claridad casi cruel.
— Sí, —respondí en voz baja—. Es verdad. —Me removí en mi asiento. Inna no dijo nada, pero sentí su sorpresa llenando el espacio. Tragué saliva antes de continuar—. Bastian siempre me detestó. Desde el principio. —Mis dedos se cerraron sobre el bolso en mi regazo—. Era impensable que quisiera llevarme a su cama. —El recuerdo dolía menos de lo que esperaba. Quizá porque ya no quedaba nada que romper—. Me lo dejó claro muchas veces, —seguí—. Dijo que nuestro matrimonio no era real. Que solo era un acuerdo, una fachada, y que no pensaba. . . Confundirse más de lo necesario. No entendí muy bien a qué se refería con confundirse, pero siempre me dejó claro el repudio que tuvo hacia mí.
Mi voz no tembló. Eso fue lo que más me sorprendió.
Inna soltó el aire despacio, como si intentara procesar algo que no sabía cómo nombrar.
— Brianna. . .
— Está bien, —la interrumpí con suavidad—. Ya no importa. Hoy voy a ser una mujer oficialmente libre.
Pero sí importaba. Importaba más de lo que quería admitir, porque no era solo que nunca me hubiera tocado. Era que nunca me había querido.
— ¿Has pensado en cómo decírselo a papá?
— No. Es algo que supongo tengo que averiguar. La verdad es que se me va a caer la cara de vergüenza porque me lo advirtió.
El semáforo cambió a verde y el auto volvió a avanzar. El Palacio de Justicia estaba cada vez más cerca. Sentí una calma extraña instalarse dentro de mí. Tal vez era una especie de aceptación momentánea, una que agradecí tener porque estaba evitando que me desmoronara frente a mi hermana.
— Hoy se termina todo —murmuró Inna.
Miré el edificio de piedra frente a nosotras. Inna entró al estacionamiento, aparcando en un lugar cerca a la entrada. Bajamos del auto y tuve que buscar todo el valor dentro de mí, para que mis piernas no se doblaran al caminar.
— Vamos, Brianna. Vamos a ponerle punto final a este capítulo de tu vida.
El mármol del vestíbulo reflejaba la luz de la mañana con un destello cegador. Cada paso que daba resonaba con una precisión que me obligaba a mantener la espalda recta y el mentón en alto. No iba a entrar como una mujer derrotada. Estaba ahí como una mujer fuerte dándole cara a una de las situaciones más dolorosas de su vida.
Inna caminaba a mi lado con la seguridad impecable de quien conoce el terreno. Su traje oscuro contrastaba con el blanco impecable del mío. Juntas parecíamos una declaración estratégica, sangre y ley.
Las puertas automáticas se abrieron frente a nosotras con un susurro mecánico, y pude ver a Bastian, que permanecía de pie junto a su abogado, a unos metros de la entrada principal. Llevaba un traje ne**gro perfectamente ajustado, con una camisa blanca inmaculada. La postura erguida, la expresión impenetrable. Era la imagen exacta del empresario exitoso al que nada le tiembla. Pero yo lo conocía lo suficiente para notar la tensión en la línea de su mandíbula.
Nuestros ojos se encontraron, y el tiempo pareció comprimirse en ese instante diminuto. Pude ver el reconocimiento en su mirada, el cálculo, la evaluación silenciosa. Sus ojos recorrieron mi traje, mi postura, el labial rojo perfectamente delineado, el recogido impecable.
Pasé de largo sin saludar, con mi hermana al lado. Quería que esto terminara lo más pronto posible, salir de ahí, y no volverle a ver nunca más. Sentí que algo se tensó en el aire, invisible y eléctrico, como si cualquier palabra fuera capaz de detonar una explosión que ninguno de los dos estaba dispuesto a permitir en público.
Las puertas de la oficina del juez se abrieron frente a mí. Entré primero, con la frente en alto y con la elegancia de una diva de Hollywood. Lo haría con estilo.
*
El juez comenzó a ordenar los documentos con movimientos meticulosos, el sonido del papel rozando la madera resonando demasiado fuerte en la habitación. Inna intercambiaba indicaciones técnicas con su colega, revisando fechas y certificaciones. Todo parecía limpio, correcto, profesional.
Entre Bastian y yo no había nada limpio. Cuando los abogados se apartaron para ultimar detalles, quedamos frente a frente por primera vez sin intermediarios. El aire se volvió denso, era difícil respirar frente a él.
— No fue como lo pintas, —dijo Bastian finalmente, con esa voz baja que siempre usaba cuando quería sonar razonable.
Lo miré sin parpadear.
— ¿Qué cosa?
— Mi familia nunca te faltó el respeto.
Se me escapó una sonrisa cansona..
— ¿De verdad quieres discutir eso ahora?
Su mandíbula se tensó, apenas perceptible.
— Siempre te trataron con educación.
— Educación no es lo mismo que aceptación, —respondí con calma—. Jamás fui suficiente para ellos. Jamás fui “la adecuada”. Siempre fui la maldita Somerset. —Él dio un paso más cerca, lo justo para que el recuerdo de su perfume me alcanzara— Mi familia siempre te trató como si fueras uno de nosotros.
— Porque así somos, —continué—. Mi padre jamás te humilló. Mi madre jamás cuestionó tu apellido. Inna nunca te miró por encima del hombro. En mi casa fuiste bienvenido desde el primer día. —Lo sostuve con la mirada—. En la tuya, yo fui tolerada, pero nunca querida.
El golpe fue limpio, por un segundo, algo cruzó su expresión. No supe si fue culpa, incomodidad o simple irritación. Estaba por decir algo más cuando su teléfono sonó. El sonido fue breve, pero suficiente para quebrar el momento. Sacó su teléfono de la bolsa del pantalón y fue inevitable no ver el nombre iluminado en la pantalla.
Isadora.
Sentí un tirón en el estómago. Como si algo dentro de mí reaccionara antes que mi orgullo. Bastian no contestó de inmediato. Me observó en silencio, evaluando, midiendo mi reacción.
— La vida continúa. —Su tono fue más frío que la Antártida.
Asentí despacio. No iba a permitir que mi rostro revelara el impacto.
— Claro, continúa. —Respondí con voz estable—. Espero que seas feliz con la mujer que elegiste. Yo ya soy feliz dejándote atrás.
La palabra elegiste quedó suspendida entre nosotros. Metí la mano en mi bolso y saqué mis lente de sol de Chanel edición limitada, montura ne**gra con detalles en oro. Me las coloqué con lentitud, cubriendo cualquier emoción que pudiera quedar expuesta.
— Bajo el poder que el Estado me concede, —comenzó a decir el juez—, desde este momento su matromonio queda anulado. Son personas libres.
Él sostuvo mi mirada un segundo más, pero ya no pude descifrar lo que había en sus ojos.
Tal vez nunca pude.
Esa noche regresé al penthpuse de Inna, derrotada y divorciada. Me prometí que sería la última vez que lloraría por él. Lo que no sabía que el destino me obligaría a volver a ser su esposa, más pronto que un suspiro.