Llueven hombres

1272 Words
BRIANNA Había decido la tarde para ir por mis cosas y la mundanza, porque sabía que Bastian iba a estar ocupado trabajando en su oficiana. Pero resultó que hizo lo que nunca hacía. Llegar temprano a la casa. Traía la cara que tiene alguien al que se le reventó una hemorroide. Nunca lo había visto con la corbata chueca, ni las ojeras que se le pintaban debajo de los ojos. Tal vez me había acostumbrado a ver la versión perfecta de él, lista para que nos tomaran una foto para una revista, o para que fuéramos virales en internet. No aparté la mirada de Bastian cuando escuché la pregunta del empleado. Era una manera de mantenerme fuerte ante él, y no darle el gusto de ver mi dolor. — Reina Somerset, ¿qué hacemos con la recámara? La palabra volvió a golpear el aire. Somerset, no Montague. Me gustaba cómo sonaba. Sentí la tensión de Bastian detrás de mí como una corriente eléctrica. Podía percibir su respiración, el orgullo herido, esa necesidad absurda de control que siempre había tenido sobre todo, menos sobre mí. Me giré lentamente hacia el hombre que esperaba instrucciones. — Desmóntenla toda —dije con serenidad absoluta—. Cama, burós, tocador, sillón, todo. Todo lo quiero afuera. El silencio cayó como un telón pesado. Bastian dio un paso hacia mí. — ¿Qué estás haciendo? Lo miré apenas de reojo. — Lo que corresponde. No voy a esperar un mes. Si ya lo decidimos y el divorcio está firmado, no tengo por qué seguir viviendo en La mansión de Drácula. —Volví a dirigir mi atención al equipo—. Cuando terminen, coordinen con la fundación que les envié esta mañana. Que la recojan directo del almacén. No quiero nada de esa habitación. Uno de ellos asintió con respeto profesional. — ¿Todo, señorita? — Todo, —repetí con calma—. Esa habitación no me pertenece. Y tampoco pienso llevarme recuerdos que no sirven. Escuché cómo la mandíbula de Bastian se tensaba. — Esa recámara es italiana. Mandé a traerla especialmente. — Qué bien —respondí sin alterar el tono—. Ahora servirá para algo más útil que sostener un matrimonio muerto. Vas a necesitar espacio ahora que venga la otra. —Me dolió decirlo, pero aguanté. Un músculo en su mejilla se contrajo. — ¿Esto te divierte, Brianna? Llenar mi casa de strippers, y sacar las cosas de manera apresurada. — Estoy dejando tu casa ¿Qué diferencia haría esperar un mes a hacerlo ahora? —Me crucé de brazos. — No tardaste ni un día para venir por la mudanza ¿Es que tienes prisa? Bufé con ironía. — ¿Es que pensabas que iba a rogarte para que no me dejaras? Estoy saliendo de esta casa con la frente en alto. No me voy a quedar más tiempo en donde no me quieren. — ¿Y este vestido? ¿Por qué vienes vestida así? —Me barrió con la mirada. Había decidido seguir el ejemplo de La Princesa Diana con El Vestido de la Venganza. Me puse un arma mortal en vinipiel ne**gro, con unas zapatillas de Loro Piana. Me veía recatada, elegante, con clase. Sin caer en lo vulgar, porque esa no era mi escencia. — Es un Prada que compré hace tiempo. Cerró sus ojos intentando contenerse. — Tan solo me basta ver como tu ejército de strippers te comen con la mirada. Los hombres no dejan de verte. . . — Pues mejor. Apenas llevo un día soltera y ya me están lloviendo los hombres. A ti las mujeres te podrían seguir, pero ya eres hombre ocupado. Vi como la respiración se le cortó de pronto. No supe si estaba haciendo corajes, pero eso era algo que poco me debía importar. — No tienes que hacer un espectáculo. Me giré finalmente para enfrentarlo por completo. No grité. No necesité hacerlo. — ¿Espectáculo? —Arqueé una ceja—. El espectáculo fue invitarme a cenar para entregarme el divorcio. Esto es logística. Además de qué te quejas. Ya tienes todo en la vida. Usaste mis contactos, hiciste crecer tus negocios. Ahora que ya no te sirvo y encontraste a otra mujer, me das un mes para irme. Al mal tiempo hay que darle prisa. Di un paso hacia él, lo suficiente para que entendiera que no iba a retroceder. — No te preocupes, Bastian. No me llevo nada que huela a Montague. Tu novia puede estar tranquila. —Sostuve su mirada unos segundos más—. Lo único que me llevo es mi apellido. Él guardó silencio. Eso me dijo más que cualquier respuesta. Me volví hacia los hombres. — Empiecen por el colchón. Uno de ellos avanzó hacia la escalera con determinación. Los demás comenzaron a moverse como si ejecutaran una coreografía perfectamente ensayada. El ruido de herramientas llenó la casa. La casa de Bastian, ya no la mía. Caminé hacia la puerta, pero antes de salir, me detuve un segundo y lo miré una última vez. — Relájate, —dije suavemente—. Ya te liberé. No entiendo por qué esa cara, pareciera que no te alegra que me esté yendo de la casa, tal como me pediste. —No dejé de mirarlo— ¿Es que acaso no eres feliz de que ahora eres un hombre libre? Por un microsegundo creí ver a Bastian fruncir el ceño con confusión extrema. Pero creo que solo fueron ideas mías. — Por supuesto que estoy feliz. Me estoy librando de una escoria de mujer. Eso dolió como una daga. Me tomé un par de segundos para recomponerme. — Entonces pon una mejor cara, porque pareciera que acabas de perder a la mujer más increíble del planeta. —Moví mi melena a manera de acomodar mi cabello. Abrí la puerta y salí sin mirar atrás, y mientras escuchaba cómo desmontaban la cama donde intenté amar sola durante tres años, entendí algo con una claridad brutal. Mi vida con Bastian Montague había terminado. Abrí la puerta del vestíbulo y salí sin mirar atrás, y mientras escuchaba cómo desmontaban la cama donde intenté amar sola durante tres años, entendí algo con una claridad brutal. Mi vida con Bastian Montague había terminado. Al menos eso era lo que quería creer. Caminé con la espalda recta, sintiendo el aire fresco de la tarde pegarme en el rostro como una bofetada necesaria. Afuera, la camioneta ya estaba medio cargada. Cajas marcadas con mi nombre, con mi historia, con todo lo que fui antes de convertirme en “la esposa perfecta”. Me detuve junto al camión mientras uno de los hombres aseguraba la puerta trasera. No lloré. No me temblaron las manos. No miré hacia la ventana del segundo piso, pero lo sentí. Esa sensación incómoda de ser observada. Levanté la vista, lenta, deliberadamente. Ahí estaba él de pie frente al ventanal de nuestra antigua habitación, inmóvil, oscuro, con la sombra partiéndole el rostro en dos. No parecía un hombre feliz. No parecía un hombre liberado. Parecía un hombre al que le estaban arrancando algo que aún no sabía que quería conservar. Nuestros ojos se encontraron a la distancia, y por primera vez desde que firmé el divorcio, no vi desprecio en su mirada. Quería pensar que estaba dudando, pero el dolor de saber que había conocido a alguien más, me impulsaba a seguir adelante. Me subí a mi auto e hice un enorme esfuerzo por no verlo más e irme de ahí. No sabía qué podía significar eso, pero tenía la sensación de que las cosas no habían terminado aquí.
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