BRIANNA
Era de noche cuando llegué al pent house de Inna con el estómago revuelto. Me había ido pronto de la negociación con Alessandro De Luca, pero no podía estar un segundo más al lado de Bastian. Era muy pronto para pretender que nuestra separación no me había afectado.
Él ya tenía a alguien más, mientras que yo me había quedado sola, como una estúpida en un matrimonio al que me había aferrado por tres años. Aspiré aire antes de entrar a la casa y encontrarme con mi hermana, que estaba sobre la mesa con su laptop y algunos papeles esparcidos sobre la mesa.
Cerré la puerta detrás de mí y dejé la bolsa de mano sobre la consola de mármol. Mis hombros bajaron apenas un centímetro. Eso era todo lo que me permití.
— Pensé que tardarías más, —dijo Inna desde el sofá, con el teléfono en la mano y expresión calculadora.
— Yo también, pero la negociación fue rápida. Bastian estaba ahí como un contrincante.
— ¿Qué? ¿Papá sabía que te estaba enviando con él?
— No. La locación la cambiaron a ultimo minuto. Al parecer De Luca tuvo un contratiempo y tuvo que reunirnos a ambos.
— Dime que le ganaste a la rata.
— Pues no. Crucé unas palabras y le pedí que nos reuniéramos por separado.
— Madre mía, Brianna. Qué enredo.
Se levantó y caminó hacia mí. Me observó con esa mirada que no perdona detalles. No buscaba lágrimas, buscaba grietas.
— ¿Estás bien?
La pregunta era absurda. Pero agradecí que no fuera “¿qué pasó?” ni “¿qué te dijo?”. Solo eso. ¿Estás bien?
— Estoy funcional, —respondí. Puse puchero de niña pequeña.
Inna soltó una media sonrisa.
— Perfecto. Funcional es suficiente por hoy.
Se sentó en la barra y cruzó las piernas como si estuviera en su oficina, no en su casa.
— Mañana a primera hora me reúno con el abogado de Bastian. —Lo dijo sin rodeos—. Voy a acelerar el proceso en tribunales. No quiero que esto se alargue más de lo necesario.
Sentí algo acomodarse dentro de mí. Como una pieza que por fin encajaba, y al mismo tiempo me quitaba el aire.
— Gracias.
— No me des las gracias todavía. —Alzó una ceja—. También ya contacté con la empresa de mudanza. Van mañana por la tarde por tus cosas.
La miré, procesando la imagen. Camionetas entrando a esa casa. Hombres cargando cajas donde estarían los pedazos de una vida que siempre quise y no se dio.
— ¿Mañana?
— Sí. —Se levantó y tomó su copa de agua—. Si te quedas esperando el “momento ideal”, nunca vas a salir de ahí. Y no pienso dejar que él tenga la ilusión de que todavía tiene tiempo.
No supe si reír o llorar. Así que hice lo único que podía hacer sin romperme. La abracé. Inna se quedó rígida medio segundo, sorprendida, y luego me rodeó con los brazos con fuerza.
— Gracias por no dejarme caer. —Murmuré contra su hombro.
— No te estás cayendo, Brianna. —Se separó apenas para mirarme a los ojos—. Te estás moviendo.
Me sostuvo la mirada unos segundos más. Mi hermana siempre había sido mi mayor confidente. Teníamos una relación de hermanas envidiable y agradecía a la vida que ella estuviera conmigo.
Le di las buenas noches y subí las escaleras despacio, con el eco suave de mis tacones contra el piso de madera. Me quité los zapatos en el umbral de la habitación y los dejé alineados, como si ese pequeño orden pudiera compensar el caos de los últimos días.
Me deshice del collar, del labial, del perfume. Me puse una camiseta amplia que Inna había dejado sobre la cama para mí. Me metí entre las sábanas y apagué la lámpara.
Mañana el divorcio empezaría a volverse oficial. Mañana la casa dejaría de tener mis cosas. Mañana él entendería que no había marcha atrás.
Cerré los ojos, e intenté dormir pensando que mañana tendría una nueva vida que alcanzar.
***
BASTIAN
Empujé la puerta, sin tocar, de la habiración de Brianna, que estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz tenue del jardín que entraba por las cortinas. Todo estaba exactamente como siempre. El tocador impecable. Los frascos de perfume alineados con precisión. Sus vestidos ordenados por color en el armario abierto. Sus zapatos perfectamente acomodados. Pero la cama estaba intacta.
— Brianna, —dije, como si pudiera estar en el baño o detrás del vestidor.
Silencio.
Di un paso más dentro de la habitación. Toqué el respaldo de la silla donde solía dejar su bata. Estaba fría. No había rastro reciente de ella. No había movimiento. No había ese aroma tenue que solía quedarse suspendido en el aire cuando estaba presente. Algo en mi estómago se tensó.
Salí al pasillo con el ceño fruncido y bajé las escaleras con más fuerza de la necesaria.
— ¡Licha! —Mi voz resonó por el vestíbulo sin que intentara moderarla.
Escuché pasos apresurados desde el área de servicio. Licha apareció secándose las manos en el delantal, con esa expresión cuidadosa que adopta cuando no sabe si la respuesta va a gustarme.
— ¿Señor?
— ¿Dónde está Brianna?
No adorné la pregunta. No tenía paciencia para rodeos. Licha bajó apenas la mirada antes de responder.
— La señora se fue, señor.
La frase me golpeó más fuerte de lo que esperaba.
— ¿Cómo que se fue?
— Salió esta mañana. Dijo que regresaría por sus cosas después.
La miré fijo. Esperaba que añadiera algo más. Que dijera que estaba en casa de su hermana, que regresaría esta noche, que había salido a despejarse, pero no añadió nada.
— ¿Regresará? —Pregunté, escuchando lo tenso que sonó mi propia voz.
— Eso fue lo que indicó, señor.
Asentí sin decir más. No iba a darle el espectáculo de una reacción. Subí las escaleras de nuevo, esta vez más despacio. Al pasar frente a su habitación, la puerta seguía abierta. Sus cosas seguían ahí, todo estaba en su sitio. Como si ella todavía habitara el espacio, pero sin ella dentro.
Seguí hasta mi habitación y cerré la puerta detrás de mí. El sonido del pestillo fue seco. Definitivo. Me quité el saco y lo dejé caer sobre la silla. Aflojé la corbata. Respiré hondo.
— Esto es lo correcto, —me dije.
El matrimonio no tenía ninguna posibilidad de ser exitoso. No con una Somerset. Desde el momento en que supe lo que implicaba su apellido, supe que aquello estaba condenado. Lo único que hice fue retrasar una decisión inevitable.
Me senté en el borde de la cama y apoyé los antebrazos sobre las rodillas.
Se fue.
*
La llamada llegó poco antes de que cerrara la jornada. El nombre de mi abogado apareció en la pantalla con esa puntualidad fría que siempre he apreciado. Contesté sin emoción, con el tono práctico que utilizo para cualquier asunto que implique contratos, cláusulas o cierres definitivos.
— El equipo legal de la señora Somerset solicitó acelerar el proceso en tribunales, —me informó sin rodeos—. Con las condiciones que usted autorizó anoche, no hay ningún impedimento. Si todo sigue este ritmo, la resolución podría llegar antes de lo previsto.
No respondí de inmediato. Me levanté de la silla y caminé hacia los ventanales de mi oficina. La ciudad se extendía bajo un cielo grisáceo de final de tarde, impecable, ordenada, predecible. Dejé que la noticia se asentara como un dato más en la lista de decisiones correctas que he tomado en mi vida.
— Está bien, —dije al fin—. Proceda.
— Perfecto. Le mantendré informado.
La llamada terminó y el silencio regresó al despacho. Dejé el teléfono sobre el escritorio y apoyé ambas manos en la superficie de madera oscura. Eso era lo correcto. Siempre lo había sido. Ese matrimonio no tenía ninguna posibilidad de ser exitoso. No con una Somerset. Desde el momento en que descubrí lo que implicaba ese apellido, entendí que no había firmado solo un contrato social; había firmado una bomba de tiempo. Lo único que hice durante tres años fue postergar una decisión que debí tomar antes.
Volví a sentarme y me obligué a concentrarme en los documentos frente a mí. Cifras, acuerdos de distribución, planes de expansión internacional. Lo importante, lo tangible, lo que no se desmorona por emociones.
Sin embargo, mi mente regresaba con una persistencia irritante a la cena de la noche anterior. A De Luca observando a Brianna con esa mezcla de interés y diversión. A la forma en que ella sostuvo la mesa como si nunca hubiera sido invisible. A la manera en que dijo “Somerset” con una naturalidad que me dejó sin aire por una fracción de segundo. Y a esa frase final, pronunciada con una calma insoportable. Mi libertad.
Apreté la mandíbula y cerré la carpeta con más fuerza de la necesaria, no importaba. En cuestión de días todo sería oficial. Cada uno seguiría su camino. Así debía ser.
*
Cuando salí de la oficina, la noche ya se había instalado sobre la ciudad. El trayecto hasta la casa fue silencioso, automático. Pensé que una ducha fría y un poco de soledad bastarían para ordenar mi cabeza, pero en cuanto crucé el portón principal, algo no encajó.
Había una camioneta de carga estacionada frente a la entrada. Otra más detrás. Hombres caminaban de un lado a otro con cajas en brazos, y durante un segundo absurdo pensé que me había equivocado de residencia. Reduje la velocidad y observé mejor. Eran altos, anchos de hombros, camisetas ajustadas que marcaban músculos trabajados con una dedicación que poco tenía que ver con mudanzas tradicionales. Más que empleados de carga, parecían parte de un espectáculo cuidadosamente seleccionado.
Frené de golpe. Apagué el motor y bajé del auto sin quitarles la vista de encima. Uno de ellos pasó junto a mí cargando un perchero lleno de vestidos. Vestidos que reconocí al instante.
El estómago se me tensó con una sensación incómoda que me negué a nombrar. Entré a la casa con paso firme. El silencio habitual había desaparecido. En su lugar había movimiento, voces bajas, el eco de objetos desplazándose por los pasillos. Y entonces la vi. Brianna estaba de pie junto a la escalera, con el teléfono en la mano y una lista abierta en la pantalla. Llevaba el cabello suelto, el rostro sereno, la postura erguida. No había rastro de la mujer que había llorado en esta casa. Uno de los hombres se inclinó ligeramente hacia ella para mostrarle algo dentro de una caja, y lo hizo con una deferencia que rozaba la devoción.
— ¿Esto también se lo llevan, reina Somerset? —Preguntó él, sosteniendo la caja con cuidado.
¿Reina Somerset?
No señora.
No Montague.
Sentí cómo algo se contraía en mi pecho. Brianna levantó la mirada con calma, evaluó el contenido y asintió con una pequeña sonrisa.
— Sí, gracias. Tengan cuidado con esa, por favor.
El hombre respondió con un “como ordene su majestar” inmediato, casi complacido, y se alejó con la caja entre los brazos. Otro pasó junto a ella cargando un espejo antiguo, dedicándole una sonrisa que ella respondió con una cortesía distante, pero suficiente para marcar territorio. Territorio que, de pronto, ya no me pertenecía.
Me quedé inmóvil en la entrada, observando cómo su ropa desaparecía en cajas, cómo sus pertenencias eran trasladadas con una eficiencia casi coreografiada, cómo la casa empezaba a vaciarse sin que nadie me pidiera permiso. Era lo que yo había querido. Era lo correcto. Lo inevitable.
— ¿Se puede saber qué madres está pasando aquí? —Pregunté, yendo como basilisco cabreado porque mi casa estaba invadida de strippers cargadores de mudanzas.
Brianna levantó la vista lentamente, sin alterarse. Me sostuvo la mirada como si yo fuera el que estuviera fuera de lugar.
— Está pasando exactamente lo que pediste, Bastian —dijo con una calma que me descolocó más que cualquier grito—. Me estoy yendo.
Un silencio incómodo se expandió entre nosotros. Uno de los hombres pasó detrás de ella cargando una caja marcada con su nombre de soltera.
Somerset.
No Montague.
Sentí el golpe en el pecho antes de admitirlo.
Ella dio un paso hacia mí, lo suficiente para que su perfume me alcanzara por última vez.
— No te costó nada de trabajo firmar el divorcio. Lo firmaste tan rápido, que parecía que tenías prisa por hacerlo.
Me miró a la cara con esa sonrisa fría y malvada que siempre tenía.
— Deberías estar celebrando, —añadió, inclinando apenas la cabeza—, saltando de emoción porque firmé el divorcio. Con esa cara que traes, parece que eres un hombre felizmente divorciado.
— Reina Somerset ¿Qué hacemos con la recamara? —Uno de los mamados le preguntó.