Demonio en agua bendita

1801 Words
BRIANNA No entendía el propósito repentino de mi papá de mandarme a sus reuniones de trabajo. Me retoqué el maquillaje antes de bajar del auto. Caminé hacia la entrada del Greek Garden. Al menos podía pedir uno de mis platillos favoritos ya que la noche anterior había terminado en el libanés. Estúpido Bastian. Caminé acompañada de la señorita de la entrada, cuando me informó que ya me estaban esperando. A lo lejos vi una mesa que estaba ocupada por dos figuras masculinas, me llamó la atención y no supe por qué. Los platillos y las copas acompañaban el ambiente cálido. Uno que por fortuna no se vio arruinado por el divorcio que ayer me pusieron sobre la mesa. Solo Dios sabía por qué pasaban las cosas. Amaba tanto ese lugar con su arquitectura bifilica, llena de árboles y un rio artificial por el que se cruzaba un puente para ir hacia las mesas, que habría sido una pena dejar de ir. Conforme nos íbamos acercando pude ver porque mi vista se había desviado hacia aquel lugar en específico. Me obligué a dar una respiración profunda porque no esperaba ver a Bastian tan pronto, y porque este maldito corazón roto dolía como el demonio en agua bendita. Era una fortuna que no iba a estar en la misma mesa. . . Hablé demasiado rápido ¿Qué estaba haciendo el señor De Luca con Bastian? Ambos hombres vieron en mi dirección y en ese momento supe que no iba a tener una noche tranquila. Respiré profundamente. No me iba a quebrar. No le iba a dar el gusto de ver el dolor en mi corazón. Antes muerta que rebajarme ante un hombre como él. — Aquí está el señor De Luca. —Anunció la hosstes. —Con permiso. —Se disculpó la empleada dejándome con ellos. — Buenas noches, señor De Luca. Soy Brianna Somerset, y vengo en representación de mi padre. Alessandro De Luca se levantó de su lugar para extenderme la mano a manera de saludo. La mirada de Bastian me escocía en el cuerpo como si fuera una sarna vizual. Hoy era una mujer libre, así que no le debía nada. — Con todo el respeto, señorita Somerset, su señor padre tuvo un gran acierto en enviarla. —Su coquetería me arrancó una sonrisa en los labios. Era la primera vez que recibía atención masculina, después de que mi exesposo me dejara por otra. No quería entrar en detalles. Escuchamos como alguien carraspeaba fuertemente. Al parecer a Bastian no le estaba gustando que el robara el protagonismo. Si él estaba en esa mesa, y a mí me habían mandado para negociar, eso significaba que el innombrable y yo estabamos siedo rivales sobre esta mesa. — Le agradezco su amabilidad, señor De Luca, pero mi papá me envió aquí no precisamente por mi cara bonita. — Y estoy seguro de que así es, pero una bella dama como usted nunca pasa desapercibida. —Me guiñó un ojo y me ayudó a tomar asiento a un lado de él, y frente a Bastian, que por alguna razón, era la primera vez que me veía tan detenidamente. Decidí ignorarlo y actuar con normalidad, como si fuéramos dos extraños. Alessandro me ayudó a tomar asiento a su lado, y frente a Bastian. Frente-a-Bastian ¡Jo**der! Yo no lo miré no al principio. Aunque sentía que la piel me escocía como una sarna visual. Debían ser imaginaciones mías porque rara vez me miraba por más de tres segundos. Seguí ignorándolo. Más valía seguir con mi vida, o pretender hacerlo. Mi futuro y lo que haría vendría después. Su mandíbula se tensó con una rabia contenida que no tenía sentido. Sus intentaban mirar hacia otro lado, pero su expresión decía lo contrario. Decía, aún me debes algo. . . Aunque no sepa qué es. — Supongo que es su manera de conseguir descuentos. Pero le aseguro a menos de que llegue a un trato beneficioso, lo pondré a consideración. — Creo que usted y yo vamos a hacer muy buenos negocios, señorita Somerset,—sonrió él—, y me atrevo a decir que la belleza y la inteligencia hacen únicas a las personas. Me da la impresión de es una de ellas. —Me guiñó un ojo. Bastian soltó una risa corta. Sin humor. — Eso depende. —Murmuró, apenas audible, como si hablara para sí. —Las cosas nunca son lo que parecen. Alessandro lo miró, curioso. Yo clavé la vista en mi copa, no iba a darle nada, aunque por dentro quisiera gritar, ahorcarlo, o tomarme una botella entera de vino, y gritarle lo idi**ota que era. — Honor que me hace, señor De Luca. —Ignoré por completo a Bastian. — Llámame Alessandro. Sonreí. Bastian apoyó lentamente los dedos sobre la mesa. Como si estuviera marcando territorio, o como si la cena no fuera una negociación. Sino una guerra silenciosa. — Creo que deberíamos iniciar con las negociaciones, —dijo con los dientes un tanto apretados. — Bien, —dije, cruzando las manos sobre la mesa—. Ya que estamos todos reunidos, supongo que podemos dejar de fingir que esta es una cena casual. Alessandro sonrió, encantado. — Me temo que jamás he sido bueno fingiendo, —dijo Bastian—. Prefiero las cartas sobre la mesa. Bastian ladeó el rostro apenas, mirándome de reojo. — Eso explicaría muchas cosas. —Le sostuve la mirada. — ¿Incluyendo por qué sigues hablando cuando nadie te dio la palabra? — No estamos en un salón de clases. Alessandro parpadeó con cierta confusión. — ¿Siempre negocian así? — Solo cuando hay confianza, —respondió Bastian sin mirarme. — O cuando hay cuentas pendientes, —añadí, dulce. Tomé la carpeta y la abrí con calma—. Mi papá no está interesado en una simple distribución, —continué—. Somerset Group quiere control creativo total sobre las destilerías y los clubes. Nada de convertir marcas artesanales en productos de supermercado. — Eso reduce márgenes, —objetó Bastian—. Y eleva costos. — La exclusividad siempre lo hace, —sonreí—. Pero también triplica el valor percibido. Algo que tú deberías entender. —¡Muérdete la lengua, Brianna, jo**der!— Si no estuvieras tan acostumbrado a exprimir todo hasta dejarlo sin alma. Alessandro carraspeó, incómodo. Lo miré por un momento dedicándole una amplia sonrisa, antes de ver por el rabillo del ojo a Bastian, y decirle con los ojos que era un completo imbécil. Bastian apretó la mandíbula, y yo bebí un sorbo de vino. — Somerset propone, —continué—, clubes privados en propiedades históricas, membresías limitadas, destilados con denominación protegida y cero publicidad masiva. — Y Montague se encargaría de la expansión internacional, —dijo Bastian—. Logística, contactos, distribución cerrada. Controlé mi respiración. — Siempre y cuando no intentes apropiarte de lo que no te pertenece, —añadí. Me volteó a ver con ojos desafiantes. — Siempre y cuando no intentes dirigir lo que no sabes manejar, —replicó él. ¡Pero qué pelotas las de Bastian! No me conocía en absoluto ¿Cómo lo iba a hacer si se la había pasado ignorándome durante matrimonio? Alessandro soltó una risa nerviosa. — ¿Y si pedimos un tequila? —Preguntó Alessandro De Luca un tanto nervioso. — Eso lo hace más divertido, —dije. — O más peligroso, —añadió Bastian. — Eso depende de quién esté sentado frente a ti, —respondí—. Pero creo que debo declinar su oferta, señor De Luca. Hoy no estoy de humor para perder. Él me observó largo, intenso. — Se nota, —murmuró Bastian—. Estás. . . diferente. Sonreí. — Debe ser el perfume. Alessandro frunció el ceño. — ¿El perfume? — Sí, —me levanté, tomando mi bolsa—. Me eché un poco para ahuyentar las malas vibras. Ayer recibí una noticia excelente, estoy de muy buen humor, y esta noche pienso celebrarlo a lo grande. Bastian se tensó. — ¿Celebrar qué exactamente? Lo miré por última vez. — Mi libertad. Me giré hacia Alessandro. — Señor De Luca, los términos están claros. Si le interesa una alianza elegante y rentable, Somerset está dentro. Alessandro se quedó en silencio unos segundos, luego rió. — Ha sido, —dijo—, la negociación más extraña que he tenido en toda mi carrera. — Las mejores lo son, —respondí, levantándome de mi lugar—. Lamento irme de esta manera, pero no creo que sea adecuado hablar de más negociaciones frente a la competencia. Aunque debo admitir que fue muy inteligente de su parte poner a dos competidores en la misma mesa. Alessandro levantó ambas manos, rendido. — Lo tendré en cuenta. Di un paso hacia atrás. Fue entonces cuando Bastian habló. — Creo que en esta situación, yo también me retiro, Alessandro. — ¿También te vas tú, Bastian Montague? Creí que te quedarías un poco más, después de los rumores de lo que pasó en Marsella. Por un momento paré la oreja, para escuchar más. Sin embargo, Alessandro De Luca no dio más detalles. Y había perdido la esperanza de saber a qué se refería, porque Bastian nunca me lo iba a decir. — Otro día con más calma hablamos. Por lo pronto, creo que me paso a retirar. —Dijo Bastian levantándose y acomodándose el saco. Le di la mano a Alessandro y me despedí dando la media vuelta sin mirar atrás. Salí del restaurante y caminé hacia el estacionamiento. Había sido un día pesado y solo quería llegar a la casa de mi hermana y tirarme debajo de las sábanas. Abrí la puerta de mi auto. Aventé mi bolsa al asiento del copiloto, y me metí. Justo cuando estaba cerrando la puerta, una mano impidió que lo hiciera. La cara de Bastian surgió contraída, mirándome fíjamente. Era como si estuviera bajo el microscopio. Intenté cerrar, pero vi que no me la dejaría tan fácil. — ¿Se puede saber qué madres estabas haciendo en la negociación utilizando tu nombre de soltera? Solté una risa corta, sin humor, y lo miré de frente por primera vez desde que salimos del restaurante. Estaba demasiado cerca. Tan cerca que podía ver el cansancio escondido detrás de su rabia. Tan cerca que, por un segundo estúpido, recordé lo que era no odiarlo. Cerré la puerta con suavidad, solo para que su mano siguiera ahí. — Mi nombre de soltera, —dije despacio—, sigue siendo mío. A diferencia de otras cosas que firmé. Su mandíbula se tensó. — No tienes idea de lo que estás haciendo, Brianna. — Claro que sí. Por primera vez en tres años, sí la tengo. —Sonreí—. Buenas noches, exesposo. Cerré la puerta.
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