El agua tenía ese azul profundo que siempre me hacía sentir pequeña. Como si cada brazada me hundiera en un mundo ajeno al mío, de reglas distintas. Un mundo donde el silencio pesa más que el sonido y donde cada respiración contada es un préstamo de la vida. Estábamos con el grupo. John guiaba la expedición, Ocean flotaba cerca de Rael, y yo iba en el centro, rodeada de cinco o seis buzos más. Habíamos descendido por una grieta estrecha y oscura hacia una caverna submarina, uno de esos lugares ocultos que parecen arrancados de una leyenda. Las paredes de piedra eran rugosas, cubiertas de algas verdes que flotaban como cabellos dormidos. La linterna adherida a mi muñeca apenas perforaba la negrura. Todo se sentía lento. Lejano. Como si el mar nos estuviera observando en vez de al revés.

