XVI Nathaniel no dimensionaba el escenario dantesco que debía organizar, hasta que lo vio con sus preciosos ojos de almendras, teniendo tan solo 13 años. Su boquita se quedó muy abierta, sus pasos se pegaron al frío piso de cemento de aquella bodega y, sus manos, que llevaban el balde y el trapero, comenzaron a temblar. Un hombre gigante le dijo por dónde debería comenzar, sin embargo, el niño no respondía. —Nathaniel, solo cumple con el deber para el cual te contraté. No quieras saber de más, niño mío. Nada más piensa que es sangre mala y sucia. La voz femenina y mayor, por fin, lo sacó de su impacto. Esa mujer, que en apariencia se veía vieja y frágil, era la líder que un día lo vio pidiendo al universo que lo matara, mientras se caía de débil en una calle horrenda. Él había escapado

