IV
Había sido una noche muy larga haciendo el informe que le pidió su amor platónico, Daniel. Lo dejó tan perfecto y preciso como lo pidió, a pesar de que él le mintió cuando dijo que estaba adelantado, la verdad solo poner su nombre y cargo en la primera diapositiva no era un adelanto en lo absoluto. No se quejó, porque le gustaba el muy idiota y además le estaba pagando. Esperaba que no tuviera que explicarlo, solo entregarlo para su análisis y ya y en caso de que tuviera que exponerlo a la junta, ganar el tiempo suficiente para que él lo estudiara.
Durmió apenas dos horas, no obstante estuvo lista a tiempo para salir de su departamento, no deseaba sorpresas, ya no quería ser humillada en público. Sentía aún muy injusto el regaño que recibió por parte de su jefe de área, pero no quiso pensar mucho en el asunto, tenía que reivindicarse con más trabajo bien hecho y por completo ignorado.
El autobús lo tomó vacío, quiso ir en taxi, tal vez dejar el informe en el escritorio de Daniel antes, ya que él le había pedido total discreción, sin embargo, le pareció un exceso, iba perfecta de tiempo, además había logrado un puesto y no se cambiaba por nada. Mirando por la ventana, vio hacia un auto muy lujoso, ocupado por una linda pareja que se tomaba de la mano. Ella solo veía ese tipo de convertible en las películas y claro con personas hermosas que lo conducían. Se imaginó por segundos subida ahí, con Daniel manejando mientras la tomaba de la mano, los dos usando lentes de sol, así no hubiera necesidad. Cerró los ojos un momento para soñar esa preciosa situación, esa vida de la que solo leía.
Todo salió muy mal. Estaba muy cansada y no se dio cuenta de que se pasó por una parada y solo lo hizo cuando el conductor frenó de forma horrible. Se levantó espantada, de igual manera se bajó ante la risa de los presentes. Tuvo que esperar el nuevo transporte que la llevara una parada más allá, pero según el aviso tardaría unos minutos que no tenía el lujo de perder. Sin nada más que hacer, empezó a caminar, aún podría lograrlo, por muy cansada que estuviera. Ya no sería posible dejarle el informe a Daniel antes, ahora lo importante era no llegar tarde.
Exhausta, casi derrotada, llegó por fin al edificio. Fue directo a las escaleras, pero las piernas no le estaban funcionando, ya sentía que temblaban de solo dar un paso, así que tendría que probar suerte en el ascensor. Caminó temblando y tuvo la suerte de ver a Daniel muy al frente, así que lo llamó en un pequeño grito.
—¡Mary! —respondió él algo emocionado. Pese a eso, el elevador se abrió y lo empujaron dentro sin que pudiera ayudarle a llegar adelante. No importaba, ella tenía que subir ahí también, así que olvidando la educación, a empujones se estaba abriendo paso, casi conseguía entrar, ya le estaban haciendo campo, pero entonces sintió que la jalaron del cuello de su saco y la empujaron fuera. La cretina maldita secretaria de presidencia, la misma que la había convertido en su chiste, de nuevo le impedía subir.
—¡Por favor! ¡Necesito subir! Por favor… —suplicó Mary, mientras las puertas se cerraban frente a sus ojos. Estaba por colapsar, no podría subir las escaleras, sería peor. Se quedó adelante en la fila y espero su nuevo turno, no tenía de otra, pero presentía algo muy malo.
Entró a la oficina a punto del desmayo. Nadie lo notó por supuesto, así que confiada caminó hasta su escritorio y se sentó. Vio a su Daniel coqueteando con la secretaria, riendo ambos seguro de estupideces. Él la vio y empezó a caminar hacia ella, deteniéndose de inmediato, alguien estaba tras Mary.
—Señorita Smith, creo que usted no se toma en serio las advertencias que se le hacen —dijo la odiosa y repelente voz de su jefe, que estaba tras ella. Mary se giró y dio dos pasos hacia atrás, estaba muy asustada, no quería ser reprendida de nuevo como una niña, frente a todos sus compañeros.
—Señor, de nuevo llegué a tiempo, pero no pude entrar al elevador…
—Subes las escaleras siempre, esa es solo una excusa para tu pereza —intervino la odiosa mujer que la había jalonado para impedirle entrar.
—Eso no es cierto, tú no me dejaste entrar…
—¿Me estás culpando de tu llegada tarde? Además, yo no te vi esperando el ascensor, ¿alguien la vio? —habló fuerte la secretaria, mirando a todos lados.
Era el momento en que Daniel podría ser su salvador, ese que tanto había soñado, anhelado. Él podía decir que la vio y que estuvo a tiempo en el edificio, pero que no logró subir, además que tenía algo de culpa, ya que por hacer su informe fue que ella pasó de largo esa noche. Pero esa ayuda, jamás llegó. Cuando Mary buscó su mirada, él estaba leyendo unos papeles, ni siquiera parecía consiente de la situación y eso, mató a la jovencita.
—Señorita Smith, dado que nadie puede corroborar su historia y debido a su incumplimiento dos días seguidos, no me queda de otra que despedirla. Gracias por su trabajo, pero acá no somos tolerantes con la irresponsabilidad, así que pase por recursos humanos, para que se le haga la liquidación de su tiempo y…
El viejo seguía hablando, no obstante, Mary ya no estaba presente. Su mundo empezaba a derrumbarse en un trabajo que creía confiable, porque lo hacía bien, y que ahora perdía por caerle mal a una secretaria y a su jefe. Una chica le alcanzó una caja para que empacara sus mínimas pertenencias y ella, como un ente, empezó a guardar lo poco que era suyo. Caminó directo a recursos humanos, donde la fría respuesta fue que toda la información llegaría a su correo y su dinero consignado a la cuenta de siempre. Solo una compañera le dio la despedida, diciéndole que la llamaría. Nadie se daba cuenta de lo destrozada que estaba, a nadie le importaba.
Salió de la oficina, casi obligada por sus pies, ella aún no entendía con claridad lo que estaba pasando. Al menos ahora podría esperar el elevador sin prisa, nadie más la regañaría por eso. Pulsó el botón para bajar, y fue cuando vio que Daniel caminaba hacia ella, entonces su mundo se iluminó de nuevo. De seguro iba a pedirle disculpas y a decirle que la ayudaría a regresar.
—Daniel…
—Mary, antes de que te vayas, ¿tienes el informe que te pedí?
La joven abrió mucho los ojos, no podía creer lo que estaba pasando. En el mismo estado catatónico sacó de su maletín una carpeta y una USB que puso en las manos del insensato. Este le dio las gracias y se devolvió tan rápido como había llegado. Las puertas se abrieron, y, sin embargo, dejó pasar tres veces el elevador, antes de salir de ahí.
Era increíble lo insignificante que resultaba para todos. Lo peor fue comprobar lo invisible que era para Daniel, quien le había dado muestras de afecto. Todo al parecer ella lo había confundido con amabilidad, no existía otra explicación. Ya arriba del autobús que la llevaba de regreso a su casa, reflexionó un tanto el asunto y pensó que merecía un tiempo de no hacer nada, antes de buscar un nuevo trabajo.
Mientras iba en el camino, se levantó de repente y se bajó, con la incómoda caja en sus manos. Quería ir al ancianato, el único lugar donde alguien tal vez la extrañaba. No pasó desapercibida su presencia, un miércoles en la mañana, cuando se suponía que ella iba los sábados. Las damas muy mayores se alegraron al verla y tenían listo el nuevo capítulo para que les leyera.
—Gracias, mis hermosas señoras, claro que lo haré. No obstante, me dijo la enfermera que es hora de que tomen su merienda, yo las estaré esperando en el saloncito de siempre —respondió Mary con entusiasmo. Vio partir a su grupo de oyentes y se sentó en un sofá, a seguir lamentando su vida.
—Así que por fin te sacaron del trabajo…
—¡Raquel! —respondió algo sorprendida al verla—. Deberías ir por tu merienda también.
—Niña tonta, ven conmigo. Voy a hacerte un regalo.
Mary se levantó y la siguió, estaba muy curiosa de eso que tendría que darle la anciana. Entraron hasta la habitación de Raquel, que era tan común y corriente como el de los otros viejitos. Sonrió al ver una fotografía de ella, muy joven. Fue muy hermosa.
—Niña, voy a hacerte un regalo, uno que tuve yo. Eres muy valiosa Mary, pero nadie lo nota porque tú te has encargado de ocultarte del mundo, te gana el miedo de perder la estabilidad que crees tener. Tienes que vivir niña, tienes que amar. Me has conmovido, de verdad, y ahora todo lo que has soñado puede hacerse realidad.
—Me asustas, Raquel, ¿qué podría ser ese regalo? —preguntó Mary sentándose en la cama.
—Una vida.
—¿Qué? No estoy entendiendo… Pero bueno, lo que sea que me vas a regalar, lo recibo con gusto.
Raquel sonrió muy ampliamente, pues Mary estaba aceptando el trato con sus palabras. Los ojos de la anciana brillaron de manera intensa, y no se negó la joven que se asustó un poco, pero lo atribuyó al cansancio extremo y el horroroso día que estaba viviendo. La vio buscar en un cajón algo con mucho afán y luego le extendió unas hojas en blanco y un lápiz de color rojo, pero de mina negra.
—Niña mía, lectora para ancianas. Ahora vas a vivir esa vida que solo en los escritos has encontrado. «Ten cuidado con lo que deseas, porque puede volverse realidad» (*) ahora se aplica a ti. El sitio en el que despiertes mañana, sea el que sea, será tu realidad, será verdadero. Vivirás lo que has querido y lo que no. Estas tres hojas y este lápiz te acompañarán siempre, te servirán para que pongas fin a la historia que estés viviendo. Para quedarte, o para regresar. Una vez escribas en ellas, será el fin.
—Oh… —replicó Mary, sorprendida con la locura de Raquel. De seguro, su mente estaba ya perdida por la edad, como la de muchos ahí. Recibió las hojas y el lápiz, lo guardó en su bolso y no quiso decir nada, no sabía qué.
—No me crees, lo sé. Pero me agradecerás cuando te esté montando tu propio potro salvaje —sonrió Raquel, subiendo una ceja.
—¡Dios mío! Qué dices… sin embargo, gracias por intentar subirme el ánimo. De verdad lo necesito mucho.
Mary abrazó a Raquel y le regaló un beso. Salió de ahí a cumplir su cita con una lectura caliente, de esas que las ancianitas gozaban tanto. Estuvo hasta la hora de la cena que para todos era muy temprano y luego volvió a su departamento. Derrotada y cansada de la vida, se tiró en su cama hasta que, de tanto llorar, se quedó dormida. Ya no había más que esperar que pasara lo mejor.
***
—Vaya, los sueños en coma son bastante extraños —dijo Nathaniel luego de conocer la historia de Mary. Había escuchado paciente el supuesto día anterior de su esposa, ya que era lo último que recordaba.
—Sé que no me crees, pero eso fue justo lo que pasó —respondió ella, dejando la taza de té en la mesita junto a la cama—. Ahora estoy contigo, soy tu esposa y ayer era una desempleada.
—Mary, ayer estabas aquí, dormida, como desde hacía más o menos un mes…
—Lo sé, para ti es así.
Nathaniel se levantó de la cama y caminó hasta la ventana. Por extraño que todo pareciera, estaba complacido con poder hablar con Mary de esa manera, cosa que jamás había hecho antes del accidente. Volteó a verla, ella seguía confundida, asustada y aun así, no parecía tenerle miedo, u odio, como siempre.
—Señor, llegaron los doctores —dijo un hombre tras la puerta.
—Mary, por ahora te revisarán y ya veremos que hacer por tu memoria. ¿Te parece?
La joven aceptó con su cabeza, sonriéndole. Nathaniel, el enorme hombre tatuado, se sonrojó mucho, cosa que sorprendió a Mary, a pesar de verse como un gánster, eso había sido bastante tierno. Se quedó sola mientras él iba a hablar con los médicos y nada más que por instinto fue hasta un buró y abrió un cajón. El corazón empezó a latirle muy rápido al ver ahí esas tres hojas en blanco y el lápiz que Raquel le había dado. Si eso era un sueño dentro de un sueño, se estaba sintiendo demasiado real.
«Ten cuidado con lo que deseas…»
***
(*) Frase de Oscar Wilde
Fin capítulo 4