TE DEJARÉ IR

2480 Words
CAPÍTULO DIEZ: SI ALGUIEN TE HA LASTIMADO ― ¿Vienes a menudo? ―inquirió Iyali después de un silencio entre ambos, no fue incómodo, ya que compartían mirada cada que pasaban de cuadro, pero, parecía que él quería saber un poco más de ella esa noche. Zoy por primera vez notó el ligero cambió en su voz, su actuar, no quedaba nada de su cuñado antipático, al contrario, quedaba alguien amable, risueño y de ojos brillantes. Se descubrió mirándolo cuando él parecía asordo del mundo, parecía entregado al arte, aquello le sorprendió. Pero, si de ponía a contar las sorpresas de ese día, todas las tenía Iyali. Amable. Sonreía. Era divertido si lo quería. Amable. Ojos chispeantes y le gustaba el arte. Napoleón era una persona inteligente, pero, no era de los museos, no los disfrutaba mucho, así que todas las veces venía sola o en compañía de alguna compañera del trabajo. Así que, encontrarse a Iyali, le hizo descubrir más diferencias entre los gemelos. ―Sí, la verdad que sí. Me gusta venir cada que hay una exposición ―suspiró, ya le había expresado al artista que andaba cerca cuánto le gustaba sus pinturas y lo que había despertado en ella. ―Es la primera vez en este ―expresó él, encajando sus manos dentro de los pantalones de vestir, que estaban impecables al igual que los zapatos―. Mi favorito es el del centro, Valiente, museo valiente. ―Ah, sí, he ido en pocas ocasiones ―ambos se detuvieron a pedir una copa cada uno, compartieron una sonrisa corta―. ¿Qué tiene de especial que lo hace tu favorito? ―Fácil, el director del museo es también un gran pintor ―reveló―. Sus cuadros más tristes cuelgan de las paredes blancas. ―¿Hablas de Artemis Moreno?―ella inquirió, sorprendida. ―Así es, así que siempre vuelvo ahí. ―No te lo puedo creer, creí que solo en una época del año las presentaba ―divagó, ya que siempre que veía el periódico, no salía que estarían expuestas. ―Pues no, pero alguien que va seguido se da cuenta, están expuestas todo el año, por semana va cambiando, hasta que se llega el mes de exposición y tiene todas. ―Pareces conocer mucho ―ella bromeó dando un sorbo mientras avanzaba, lento, porque estaba disfrutando de la charla. ―Ah, porque bueno, mi mejor amigo es hermano del mejor amigo del pintor ―se rascó la nuca y Zoy enrolló su mano alrededor de su antebrazo, paga que él se detuviera. El tacto, ese suave roce, el corazón de Iyali parecía que en cualquier momento sufriría un colapso, estaba alucinando, pero, era lo que sentía. ―¿Qué? ―Mi amigo es hermano de Charles Moreno, el escrito, y Chars es amigo del pintor ―murmuró sintiendo la mirada cargada de Zoy en él―. ¿Qué sucede? ―¡Sucede todo! Eres amigo de los reyes, y rodeado de plebeyos, ya veo porque siempre nos miras con cara de fuchi ―él soltó una suave risa al ver la mueca que ella hacía, estaba seguro de que no hacía esa cara―. ¡Haces esa cara, Iyali Ocampos! ―¡Por supuesto que no! ―volvió a reír al verla fruncir el ceño, estaba seguro que no hacía esa cara―. En todo caso, no es que su amistad sea un impulso para mirar mal. Son bastante humildes ese grupo. ―¿Tú fuiste quien estuvo en el juicio de Charles contra el canal verdad? ―inquirió e Iyali asintió, avergonzado, nadie le había hecho esas preguntas―. Por San Pablo, eres de la realeza. Ella estaba bromeando para hacerlo reír y lo estaba consiguiendo, él achinara sus ojos, riéndose por cada cosa que ella soltaba. ―Este pintor, dicen que es muy grosero ―ambos se detuvieron en el último cuadro―. ¿Qué tan cierto es eso? ―Lo que sucede, Zoy, es que las personas tildan de groseras o crueles, porque les responden a sus palabras mal intencionadas, porque no se quedan calladas ―explicó y la joven lo miró sin pestañar―. Pero él es una persona que, dentro de todo, es amable si lo eres con él, por supuesto, bastante serio, pero parece que viene de familia. ―Entiendo tu punto, definitivamente debo conocerlo para poder crearme una imagen de él. ―Yo podría hacer que lo conocieras, sí te gusta su arte al igual que al escritor ―murmuró con la intensión de verla otra vez, así, sin discutir y bromeando. Le gustaba, entonces se preguntó, ¿Qué hubiese pasado sí...? No, porque el destino siempre tenía algo para picar, o dar. Aunque, definitivamente no podía ignorar lo cómodo que se sentía hablando con alguien, con la mujer que tanto amaba. ―Me encantaría, Iyali ―haré la reunión entonces, él sacó su celular y tecleó―. ¿Me das tu número de celulares, así puedo agendarte e invitarte? Ella dudó, pero terminó por dárselo, con media sonrisa en la boca. Cuando terminó la exposición, ambos salieron, seguían hablando de arte, de literatura e incluso de series, Zoy era de ver mucho cine, tenía tantas recomendaciones y otra vez, esa noche fue sorprendida por Iyali. La mayoría de las películas y series, él las había visto. Sorpresa grata, que La hizo sonreír. Tenían el mismo gusto, ambos terminaron por darse recomendaciones, estuvieron hablando por horas, hasta que se fijaron en la hora y lo tarde que era. Iyali la acompañó a la salida, se ofreció a llevarla pero amablemente ella declinó, diciendo que la velada había muy buena, que hasta ahí debía quedar, pero, que esperaba la invitación con los artistas, le encantaría mucho conocerlo. Aunque solían decir que Perú era chico, ¿por qué no era lo suficiente para conocer a los artistas que admiraba? Ella subió al carro e Iyali la ayudó a subir, ambos se miraron y él volvió a tener esa mascara fría, la diferencia es que Zoy ya no se haría una idea equivocada. El hombre se inclinó para dejar un suave beso en su mejilla, suave, que casi parecía que no selo había dado. ―Espero verte pronto. ―Espero que otra vez la noche sea testigo ―Iyali contestó soltándole la mano―. Cuídate, Zoy. ―Cuídate, Iyali. ―Cerró la puerta, dio un paso hacia atrás para que el taxi arrancara, ella lo vio meter sus manos dentro de su pantalón, y en ningún momento dejó de verla. Ella se acomodó en el asiento y al ratito su celular sonó. Desconocido 23:10pm Avísame cuando llegues. I.O. Cuando llegó, la joven se quitó los tacones, y al instante tenía a Eros ladrando feliz, ella acarició su cabello, le dio un beso, y al instante tomó una foto de sus tacones en las manos, justo salía el rostro sonriente de su hijo perruno. Zoy Soto 00:02am Llegué, sana y salva. Ah, ese niño es mi hijo. Iyali Ocampos 00:03am Ahora estoy más tranquilo. Me gustaría conocer a ese niño tuyo. Ella ya no contestó, pero se fue a la cama con una sonrisa. (***) Napoleón se recostó en la cama, a su lado Amanda estaba dormida profundamente, él trató, pero sus pensamientos nuevamente estaban en aquella mujer de sonrisa inocente que se colaba entre sus sueños, que ya no lo dejaba libre. La necesitaba cerca, dios sabe que necesitaba tener su contacto, ahora él estaba indefenso ante su presencia. Cerró los ojos, sediento por ella hasta que poco a poco se fue quedando dormido, con el nombre de Zoy en la boca y su rostro en la mente. Maldita las ganas que tengo de verte, Hay entre los dos una cuenta pendiente. Zoy jadeó cuando Napoleón la empujó a la pared y enterró sus dedos en sus caderas, ambos se miraron con deseo, tratando de controlar sus instintos. Las respiraciones de ambos estaban agitadas, y sus manos calientes por tocar el cuerpo del otro, así que no desaprovecharon oportunidad. Zoy lo guio hasta su habitación y el mayor pudo lanzar una rápida mirada alrededor, ningún recuerdo de ambos, nada, como si ellos nunca hayan estado juntos. Por un momento sintió un malestar en el estómago, como si su exesposa estuviera dejándolo de lado y eso no le gusto. ¡Que egoísta, Napoleón! Se reprochó ante aquellos pensamientos. Zoy lo abrazó por la espalda y se puso de puntillas pasando su nariz por su cuello, recogiendo su aroma tan delicioso. El hombre no esperó más, se quitó la chaqueta y la playera, se acercó a la joven y Zoy con las yemas de sus dedos recorrió sus tatuajes, suave y Napoleón gruñó loco de placer, la muchacha bajó sus manos y miró los anillos que rodeaban los dedos del tatuador y las uñas cortas en la mano izquierda. Algunas cosas no cambian. —Siempre había visto chicos malos, pero tú Napoleón —murmuró con los ojos puestos en los tatuajes de su pecho y brazos—. Tú eres un hombre malo, con los tatuajes marcando tu piel, las joyas en tus manos y la barba que provoca que más de una susurre tu nombre. Tú eres el pecado hecho persona y no te das cuenta. Napoleón no la dejó terminar y tiró de ella estampando su boca contra la suya, pasó la lengua por sus labios llenos y rojos, los lamió y luego con su lengua dio suaves toques para que ella lo dejara pasar y así fue. Sus manos volaron a su cintura, apretando aquella estrecha cintura y luego bajando hasta su trasero, masajeando, pellizcando con suavidad. Necesitaba más. La hizo girar y la joven ahogó un gemido cuando las manos del mayor fueron a sus piernas, recorriéndolas con sus dedos para después cambiar las yemas por su boca, fue retirando el vestido con suavidad hasta que la dejó en ropa interior. La miraba como si fuera lo más hermoso, como si estuviera uniendo piezas perdidas, Zoy en los ojos de su amado solo podía ver deseo, no amor y eso terminó por romper su corazón. Napoleón pasó sus toscos dedos aun con las joyas por el estómago de ella provocándole un escalofrío por el frío acero, la joven ladeó la cabeza cuando la boca del hombre recorrió su cuello, lamiendo y murmurando su nombre. Se alejó con cuidado observando la piel sonrosada de la muchacha, las curvas que lo mataban y luego las pequeñas líneas que marcaban su piel de subidas y bajadas de peso, pero eso solo eran líneas que la hacían más perfecta. La muchacha osada dejó caer el sostén y Napoleón dejó de respirar, sus pechos fueron liberados y sus pezones apuntaban hacia él. La devoraría. Encajó sus dedos en sus desgastados pantalones negros y los dejó caer, retiró los tenis grises y las medias a un lado, quedándose únicamente en un bóxer n***o. La muchacha lo recorrió con la mirada, reconociendo su cuerpo, ¿Cuántas veces la había hecho suya? Seguramente miles. Se acercó con cuidado y ella también, aunque sus pasos fueron más delicados, más suaves y sensuales. Sus ojos brillosos, su cabello echado hacia atrás y sus pechos rebotando en cada paso que daba Zoy, sus caderas moviéndose con gracia, estaba en el infierno. Jodidamente sí. Zoy no lo dejó terminar porque fue ella quien lo lanzó a la cama, Napoleón soltó una ronca carcajada y sus ojos se achinaron con gracia, se recostó manteniendo su peso en sus dos codos. La joven lo observó y ella con sensualidad bajó las bragas húmedas, el mayor relamió sus labios cuando la vio sacudirse para alejar la ropa interior. La muchacha se acercó colocando sus manos en las rodillas de Napoleón, rozó sus dedos y luego trepó colocando sus piernas a cada lado de su cadera, el mayor rápidamente llevó sus manos a su cadera aferrándola y levantando su mirada para encontrase con los ojos de la muchacha. —Cielo..., me vuelves loco —arrastró las palabras que apenas Zoy pudo entenderle, la joven se sentó sin dejar de verse, él gruñó ante el roce de ambos sexos, así que la movió a su gusto mientras bajaba su boca y tomaba entre sus dientes el pezón, lo mordió y la joven sacudió sus caderas. El m*****o de Napoleón se había endurecido aún más, no podía más, explotaría. ¿Qué le hacía aquella muchacha? Era tan joven, tan bella e inteligente. Tan joven, era lo que más le angustiaba. El pezón estaba endurecido, esperando por su boca y no dudó en comerlo, en lamerlo y mamar de él. Lo golpeó con su lengua y luego lo chupó, la joven se sacudió echando la cabeza hacia atrás enterrando sus dedos en los hombros del mayor mientras movía sus caderas de un lado a otro, un vaivén que se volvía más rápido. Si, así, así. Blanqueó los ojos y pasó al otro pecho pasando sus labios por el botón endurecido, luego pasó su nariz recogiendo su aroma a vainilla y a Zoy, una combinación que terminó por ser su perdición. Dejó un beso en el pequeño tatuaje que tenía en medio de sus pechos y luego la tomó de la cadera levantándola mientras se retiraba el bóxer y dejaba salir su endurecido m*****o quien terminó apuntando hacia arriba, los ojos de la muchacha brillaron y se relamió la boca. La necesitaba ya, así que, si esperar su respuesta o queja la dejó caer encima de su endurecido m*****o, ambos chillaron y la muchacha terminó enterrando su rostro en el cuello del tatuador, Napoleón pasó sus manos por su trasero, apretándolo y dejando que la muchacha se acostumbrar a su tamaño, ella soltaba cortos suspiros mientras se pegaba más, como si quisiera que fueran uno. A los segundos fue ella quien empezó a mover sus caderas, lento, despacio, arriba y abajo, un vaivén que le arrancó más de un gruñido. La muchacha se separó con la boca entreabierta y los ojos entre cerrados, las mejillas rojas y agitadas, sus pechos rebotaban y Napoleón la sostuvo con fuerza para empezar a subirla y bajarla, si, así, más rápido. Zoy abrió la boca cuando su exesposo la levantó y la dejó caer encima, chilló y echó la cabeza hacia atrás presa del placer. Napoleón salió de ella y palmoteó su trasero para que se pusiera en cuatro, titubeando lo hizo colocando almohadas y aferrándose a la cama como si se le fuera la vida. El mayor jadeó bajito al ver su trasero, grande y redondo, se colocó atrás suyo acariciando su piel roja y... —¿Napoleón? —abrió los ojos y se encontró con los ojos de Amanda—. ¿Estás bien? te estabas quejando y estás sudando frío. No había sido real. Maldición. —Tuve una pesadilla, amor.
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