CAPÍTULO NUEVE: TE DEJARÉ IR
Nikita estaba pasando sus dedos por el cabello de Zoy mientras la joven se aferraba a la camisa de su hermano, la cual ahora estaba mojada. Su hermano estaba ahí, con ella y Zoy no había podido evitar lanzarse a sus brazos como niña pequeña y llorar.
Todo había empezado por unas palabras del padre de Amanda, un economista importante que tenía mucha influencia en Napoleón, el hombre ni siquiera sabía que había sido Zoy en la vida de su yerno, pero sí de quien era ella como profesional y sus padres, no le sorprendió que el hombre los invitara a su mesa, siendo más incomodo el momento. Ambos hermanos tomaron la postura para ser amables y Nikita nunca soltó a su hermana.
—Es increíble como una muchachita tan joven ha logrado tanto —dijo, con una sonrisa. Era amable, sin lugar a duda. Zoy alzó el mentón por esas palabras, debían sentirse fuerte, poderosa, porque era lo que había soñado de niña—. ¿A qué edad arrancaste en la televisora?
—A finales de mis 22 años, señor —explicó regalándole una suave sonrisa, Napoleón trató de resistirse a eso, pero no pudo y más de una vez sus ojos fueron hacia ella—. Hice mis prácticas y yo misma vendí mi trabajo, fue sorprenderte cuando varios directores quisieron saber si había más cosas locas en mi cabeza.
—Ahora eres la mano derecha de Efrain, tu nombre suena mucho, e incluso en el extranjero —dijo mirando a todos—. Está muchacha está nominada incluso para los próximos premios.
—Te escuchas orgulloso papá —Amanda no pudo evitar los celos que cruzaban por los halagos de su padre.
—¡Por supuesto! Siempre he sido un hombre de apoyar mucho a los jóvenes y más aquellos que quieren sobresalir —sonrió, no había malicia en él, Nikita sabía que era un hombre que le había costado mucho estudiar, así que ahora hacía todo para que otros niños estudiaran. Era algo maravilloso de parte suyo—. Tengo dos chicas, mi otra niña recién ha comenzado a estudiar en la UNP, estoy muy orgulloso y feliz, por supuesto, mi Amanda en su momento estudio secretariado, que, aunque fue corto, me alegro de que estudiara.
No había reproche en sus palabras, solo explicaba, sonreía mientras tomaba la mano de su hija y dejaba un beso en su dorso, Zoy sonrió porque su padre era así con los cuatro hijos, tenía recortes, fotos por todos lados de cada logro, incluso de año sabático que se tomó Cleyton y se la pasó viajando, tenía una pared con los postales que él envió ese año.
Su padre era un hombre sabio, muy bueno, una persona muy buena.
—¿Y usted, Nikita Soto Miranda?
—Ah, pensé que por un momento se había olvidado de mí.
—¿Qué? Claro que no, pero tenerte a la señorita Zoy me alegro muchísimo.
—No se preocupe, estaba bromeando —sonrió viendo a su hermana, para después dejarle un suave beso en la mejilla—. Soy piloto de aviones, estoy aquí por vacaciones y es reconfortante.
—¡Piloto! Dios mío, creí que eso se veían en las novelas —todos rieron—. Sin lugar a duda son muchachos muy talentosos.
—Agradecemos sus palabras.
—Ah, pero ya los molesté mucho —sonrió avergonzado y Zoy sonrió al verlo—. Pero, para cerrar esto, quería hacer un brindis por mi hija y yerno, quienes han decidido ser padres.
Por supuesto, eran rumores y ahora era algo real. Por debajo de la mesa Nikita sostuvo su mano con fuerza y Zoy fingió una sonrisa, viendo hacia la pareja que se sonreía y daba un corto beso, pero ella pudo notar como rápidamente los ojos de Napoleón viajaron hacia ella, breve, pero ahí estuvieron.
—Felicidades por la pareja, siempre es bienvenido un bebé —señaló la joven.
—Gracias, Zoy —Napoleón saboreó su nombre y la mujer sostuvo su mirada, pestañó y luego vio a su hermano.
—Bueno, ha sido una buena conversación, pero me gustaría robarme a mi hermana para un baile, si nos disculpan.
—No, no, adelante. Fue un gusto.
En el baile, agradeció que fuera una canción lenta, fue la excusa para estar pegada a su hermana y llorar en su hombro, soltar lo que causaba aquella noticia, desgarrador, sin lugar a duda.
—Siempre que lo veo me duele el pecho —la muchacha se llevó la mano y su hermano con tristeza la observó—. El dolor nunca se va, nunca se termina de ir.
—Eres tan joven, tal brillante y me duele que pases por esto —con ternura besó su frente aferrándola más a su cuerpo—. Nunca estuve de acuerdo con tu relación con él, era mayor y tenía otra visión de la vida, pero te apoyé, eres mi hermana y sé que tus sentimientos siempre fueron sinceros. Pero ahora, verte así, destruida solo quiero golpearlo, y decirle que es un idiota por haberte dejado ir.
— ¿Cuándo dejará de doler?
—Cuando tú misma empieces a sacar los recuerdos de aquí, sacarlo de tu vida —Niklas miró alrededor y soltó un pesado suspiro—. Vende esta casa y empieza de cero, entierra los recuerdos. Napoleón no va a volver amor, y tú debes de asimilarlo.
—Una parte de mi dice que volverá, que debo esperarlo...
— ¿Y es justo para ti, Zoy? —Inquirió con el ceño fruncido, la muchacha enterró su rostro en el pecho de su hermano, recogiendo su aroma a menta—. ¿Cariño?
—No lo es.
—Cley pueda vender esta casa, no necesitas más recuerdos, necesitas empezar de cero. Salir con chicos, volver a enamorarte niña, volver amar y que te amen.
La joven cerró los ojos asimilando las palabras de su hermano mayor, ¿amar otra vez? ¿Estaba preparada para amar a otro hombre? No, no lo estaba. No podía amar a alguien más cuando su corazón únicamente le pertenecía a Napoleón.
En los siguientes días ya no supo nada de Napoleón ni de Iyali y lo agradeció, tener a los gemelos en su vida no la estaba ayudando, era un recordatorio constante de que el hombre que amaba no la recordaba.
Había vuelto a mudarse, ya que el departamento en el que había estado era de su hermano, ahora, había podido encontrar uno perfecto para ella y Eros, decorado, con muchas plantas, mucho color y por supuesto sin algo que le recuerde a él, ni siquiera las frezadas que él le había obsequiado. Nada de él.
A los tres días se había mudado a un pequeño departamento en el centro, Eros estaba emocionado por un nuevo lugar y por el parque que quedaba a la vuelta, había tenido que dejar muchas cosas entre ellas los recuerdos, las fotografías, los regalos y lo que un día fue y no volverá hacer. Lo dejó ir, aunque lloró en el último día, cuando sostenía una caja con las últimas cosas.
Ya no habría motivos para que Napoleón apareciera en las noches tocándole la puerta y diciéndole que tenía nuevos recuerdos, también le había pedido a su amigo ir a otros lugares para bailar, para almorzar o desayunar. Ya no los mismos, ya no los lugares que sabía que su exesposo recorría. No más.
Habían pasado ya tres meses cuando Cley dijo que la casa había sido comprada, que en unos días le haría el depósito, que ahora ya estaba cerrado el capítulo de su vida. ¿Estaba cerrado? Quería creer que lo estaba. Quería pensarlo.
Esa noche era viernes y Franco pasaría por ella para ir a una discoteca que habían abierto, la mayoría jóvenes así que estaba prendida, ella y su amiga Emily que había regresado de su viaje de bodas, su esposo no era de bailar, pero era un amor, la había venido a dejar y luego la recogería. Los tres estaban bailando, compartiendo cervezas y riendo a carcajadas, Zoy volvía a sentirse joven, ya no más. No más Napoleón.
La noche estaba trascurriendo muy bien, la buena música, pero a las tres de la mañana Franco se despidió, Zoy le aseguró que volvería con Emily, que no se preocupara y él le creyó. Su amiga se fue antes, así que con zapatos en manos esperaba el taxi que había llamado, pero su sorpresa fue mayor cuando Napoleón apareció frente a ella, se bajó de la motocicleta y se acercó con cautela.
— ¿Qué haces aquí? —inquirió ella con molestia, Napoleón la recorrió con la mirada y luego se fijó en los hombres de atrás que la miraban a ella, con hambre y eso le molestó. Ya podría considerar eso como acoso.
—Diego es mi amigo y comentó que estarías aquí, luego me dijo que te habías quedado sola, ¿Dónde está tu novio? —Zoy se colocó la chaqueta y se quitó el cabello del rostro, parpadeó viendo a Napoleón y soltó una carcajada que enfureció al mayor—. ¿Qué es tan gracioso?
—Tú. Vete de aquí anciano, estos lugares son para jóvenes —las risas alrededor solo aumentaron el enojo de Napoleón, ni siquiera se veía tan mayor, pero parece que Zoy esa noche quería herirlo, así como él la había lastimado.
—Deja que te lleve a tu casa Zoy, no me perdonaría que algo malo te suceda.
—Vete Napoleón, ve y cuida de tu esposa, no de mí. Ya cerré este círculo toxico donde espero que me recuerdes, se acabó esta mierda. Se acabó —la joven se giró y agradeció que el taxi haya llegado, se subió y cerró la puerta poniéndole seguro porque atrás suyo seguía escuchando a Napoleón gritar su nombre.
Recostó su cabeza en el asiento y cerró los ojos, la música de Gian Marco la relajó hasta que llegó a su departamento, pagó y aun con los zapatos en manos avanzó, necesitaba un baño y luego dormir, mucho. Cuando sacó las llaves una mano la hizo girar, iba gritar cuando reconoció aquellos ojos oscuros.
— ¿Qué haces aquí? ¿Quieres que ponga una orden de alejamiento? ¡Vete de mi vida! Ahora soy yo quien te echa...—no terminó la oración cuando Napoleón estampó su boca en la suya, mordiéndola y tomando su rostro entre sus manos. Zoy trató de luchar, pero terminó cayendo, había extrañado tanto su boca, sus toques y su aroma que se pondría a llorar ahí mismo.
Ninguno habló y Zoy sabía que se arrepentiría mientras sus labios se unían, tocándose, ella estaba demasiado tomada para poder aclarar lo que por su mente pasaba, pero, aun así, lo empujó, herida.
—¿Te gusta verme rota, Napoleón?
—Supe que vendiste nuestra casa.
—Tú te aprovechas del amor que siento por ti, vienes y rompes mi corazón como si fuera de algodón —susurró dolida poniendo su mano en el pecho de Napoleón—. No me sigas confundiendo, creí que me tenías un cariño por haber sido esposos, ¿pero ¿qué haces aquí, rompiéndome más?
—Porque te amo, Zoy —confesó y la joven lo miró, consternada por sus palabras.
—¿Y Amanda?
—Es..., complicado —él escondió la mano donde llevaba el anillo, Zoy sonrió, por sentirse tonta, por un momento, por segundos le creyó, que tonta era.
—Tú eres egoísta, eres todo lo que Iyali decía.
—¿Por qué le crees? Solo es un resentido por que yo me acerqué primero.
—¿Qué? —inquirió, pero fue Napoleón quien se alejó sin dar mayores explicaciones, así era él, entraba y salía a su vida, pero empezaba agradecer que su corazón estaba aprendiendo la lección.
Ella solo entró, no volvió la mirada y en los últimos no tuvo noticias de él, pero sus labios hormigueaban por sus besos. Era fin de semana, habían planeado ir a un museo por la exposición de unas obras de arte, así que la joven se arregló, ese día hacía frío, así que puso un abrigo n***o y recogió su cabello, un maquillaje natural y suave.
Miró cada cuadro, sonriendo y se detuvo en un cuadro donde la joven estaba de espaldas mirando el mar y atrás suyo estaba un marinero, viéndola con una sonrisa en los labios, lo que ella no sabía era que, atrás suyo estaba Iyali y había pedido que tomaran una foto, una que se pareciera al cuadro, cuando él guardó la copia, se acercó colocándose a su lado.
—Preciosa, ¿no lo crees? —Zoy se sorprendió cuando escuchó la voz ronca de Iyali, ella se giró viéndolo ver la obra de arte, sin duda era él. Luego bajó la mirada hacia la fotografía instantánea, la tomó y una sonrisa escapó de sus labios, había recreado aquella pintura sin que se diera cuenta. Era preciosa—. Tal como la pintura, pero espero, yo tener la suerte del marinero.
—Conoces la historia.
—No soy un abogado tonto, Zoy.
—Perdone usted, futuro juez —él soltó una suave risa, era muy diferente a la risa de Napoleón, sin lugar a duda, la de Iyali era un poco más ronca, discreta como si diariamente no se riera.
—Qué casualidad encontrarte aquí.
—¿Lo es?
—Lo es.