COMO OTRO UNIVERSO
Me desperté a la mañana siguiente después de haber rodado incontables veces sobre el colchón, demasiado cómoda como para querer levantarme de inmediato. Clavé la mirada en el techo mientras mi cerebro hacía un breve recuento de los últimos acontecimientos, reubicándome en el tiempo y el espacio.
Thomas ya no está conmigo, vagamente recordé oírlo ir de un sitio a otro en lo que abría una de las dos maletas que trajimos personalmente para buscar algún traje decente. También me parece haber sentido que dejaba un beso sobre mi frente, pero estaba tan agotada que eso podría haber sido parte de un sueño.
Mis pies entraron en contacto con el suelo, una sensación helada se extendió por mi piel hasta convertirse en un escalofrío. Vacilé un instante, todavía un poco adormecida, y luego me obligué a cumplir con mi rutina diaria de las mañanas para poder espabilar por completo.
Thomas había esparcido la mayor parte de nuestra ropa en el piso, junto a la cama, y no se tomó la molestia de ordenar después. Rodé los ojos antes de sujetar un vestido veraniego con estampado floral y un suéter gris, agradecida porque la calefacción del departamento contrarresta el clima inclemente de afuera. Guardé el resto en el armario de la habitación, aceptando que pasaremos una buena temporada allí.
Elizabeth estaba pasando un plumero por todos los sitios en los que seguramente nunca ha caído polvo cuando salí al exterior, profundamente concentrada en su labor. Se giró al advertir mi presencia, sonriendo de inmediato.
—Buenos días, señorita Dune.
—Puedes decirme Abby.
—Cierto; aún no están casados.
—Sí, bueno, a estas alturas no sé qué tan relevante es ese detalle—dije, pensando en la cantidad de situaciones que me unen a Thomas—, pero cuando me llamas de esa forma suena demasiado… formal.
—Vale, no hay problema—señaló a la barra con un movimiento de su cabeza—. Preparé el desayuno, aunque es probable que ya se haya enfriado.
Seguí el recorrido de su mirada. La verdad es que no me había puesto a pensar en lo que supone para esta chica nuestra estancia aquí. Básicamente su trabajo se duplica.
—Gracias, pero en adelante… no es necesario que nos atiendas, entiendo que debe ser fastidioso y…
—Oh, no te preocupes. Me pagan muy bien por lo que hago. Normalmente no tengo muchas tareas pendientes, el señor casi nunca está en casa, y no es que ahora sea muy diferente.
—De acuerdo, entonces genial.
Elizabeth sonrió antes de proceder a ignorarme, por lo que mi única opción fue avanzar hasta la barra. Fue fácil encontrar el plato lleno de hotcakes con miel, mantequilla y fresas porque era lo único, aparte de una taza de chocolate caliente, que había a la vista.
Decidí tomar asiento en la silla colgante, fascinada por la vista de la ciudad en movimiento, y comencé a pinchar mi desayuno. Elizabeth realiza sus tareas con una eficiencia casi aterradora, ni siquiera podía escuchar lo que hacía pese a que andaba revoloteando a mi alrededor, de modo que reinaba el silencio.
En otras condiciones tanto mutismo me habría inquietado, pero esta vez fue bastante relajante el poder concentrarme más que nada en mis propios pensamientos.
Empezaba a darle vueltas al asunto de convivir con dos personas que no conocía en lo absoluto, de nuevo, cuando la puerta de la entrada se abrió de golpe. Me sobresalté en el sitio, dando un respingo, mientras que Elizabeth mantuvo la calma, apenas alzando la cabeza, casi como si estuviera acostumbrada a que esas cosas pasaran.
Damon cruzó la sala a grandes zancadas sin detenerse a mirar a nadie. Se encerró en su habitación tras dar un portazo, pero en menos un parpadeo ya había salido otra vez. Vi que se detenía cerca de Elizabeth, su pecho subiendo y bajando tan rápido que dudé de que fuera sano.
—Si Madeleine se aparece por aquí no le abras, ¿de acuerdo?
—¿Madeleine? ¿Por qué?, ¿qué pasó?
—Sólo hazme caso.
—No puedo. Sabes que no puedo, cuando se trata de tu trabajo…
Damon hundió sus dedos en los mechones de su cabello, notablemente estresado. Se le marcaba la mandíbula y parecía luchar consigo mismo para mantener el control.
—Es mi maldito departamento, Elizabeth, creo que tengo derecho a restringir la entrada si quiero.
—Sí, pero…
—No voy a discutirlo, simplemente limítate a dejarla afuera.
Estuvo por darse la vuelta, sólo que la pelirroja lo detuvo por el codo.
—¿Podrías contarme qué va mal? Esta mañana te veías feliz, o por lo menos… no tan furioso. Necesito saber lo que ocurrió para poder entenderte.
Damon soltó un pesado suspiro. Supuse que se sentía profundamente hastiado, pero de todas formas se quedó quieto.
—Ella me…
Justo en ese momento, de la manera más inoportuna y estúpida posible, el tenedor que descansaba sobre mi plato se resbaló, golpeando el suelo en medio de un sonido bastante estruendoso porque, de paso, la alfombra de felpa no llega hasta este rincón.
Dos pares de ojos se clavaron sobre mí. Tuve la impresión de que ambos habían olvidado mi presencia. Elizabeth se irguió de golpe, Damon sólo frunció el ceño en mi dirección.
La atención repentina e indeseada me hizo sentir sumamente incomoda.
—Lo siento, no quería interrumpir.
Ninguno de los dos se movió, pero por primera vez la pelirroja pareció sutilmente fastidiada.
—No oí nada, lo juro. Nada que yo llamaría relevante—añadí luego. Damon arqueó una ceja. Me distrajo un momento la capacidad tan asombrosa que aparentemente tiene para ejecutar una acción como esa a la perfección, siendo que en realidad yo nunca he podido hacerlo así de bien—. Y ya me voy a la habitación, para que puedan hablar tranquilos.
Pero estaba tan estúpidamente nerviosa que, al no premeditar mis movimientos, terminé tirando al piso la mitad del hotcake que me faltaba comer, manchando la zona de miel y pequeños trocitos de fresa.
—Mierda.
Me arrodillé para ver cómo podía limpiar el desastre, no obstante, en menos de un segundo ya tenía a Elizabeth en mi campo visual, apartándome las manos con suavidad.
—Déjalo, yo me encargo.
—Lo siento, es que no…
—Shh… no tienes que disculparte por todo, está bien. Si al señor no le molesta, pues a mí tampoco.
Fruncí los labios, cayendo en cuenta del tono intimo que adoptó la conversación con Damon cuando ella pasó por alto el hecho de que yo seguía allí. Sentí una punzada inmediata de curiosidad, pero era obvio que no podía preguntar por ello.
Desvié la mirada hacia Damon, quien nos observa neutral.
—En fin, Elizabeth, asegúrate de cumplir con lo que te pedí.
El castaño giró sobre sus talones, airado, antes de recluirse en la habitación. Yo me mordí el labio inferior, consternada.
—¿Puedo ayudarte con algo? Si me dices dónde están los productos de limpieza…
—No, está bien. Sólo pon el plato en el lavavajillas.
—Uh, de acuerdo.
La dejé sola en la sala y fui por mi teléfono para escribirle a Thomas, pero no me contestó. Supuse que estaría ocupado, por lo que desistí.
Pronto me di cuenta de que gracias al cambio en el horario que mi novio y yo habíamos establecido no tenía nada para hacer en lo que restructurábamos los planes. No poseo la valentía necesaria para salir sola a las calles de una ciudad desconocida ni la confianza para usar cualquiera cosa de Damon para entretenerme. Thomas trajo consigo muchos libros de meditación y filosofía, por lo que tomé uno para después dejarme caer con él en uno de los sofás de la sala.
Me aburrí tres páginas más tarde, advirtiendo que no podía pasar de un párrafo a otro sin disociar. Habría sido infinitamente más divertido fregar el piso, sólo que Elizabeth ya había terminado. Consideraba la posibilidad de ir a sacarle conversación cuando se acercó hacia mí, con las manos sobre sus caderas, para que le pusiera atención.
—Saldré un momento. El señor está estresado, así que le vendrá bien que prepare su menú preferido para el almuerzo. Te lo informo por si de casualidad pregunta.
Sigue sin darme buena espina eso de “el señor”. Es escalofriante. Me pregunto cuántas veces más tendría que llamarlo de esa forma enfrente de mí hasta que no pueda resistir el impulso de pedirle que se detenga.
—Vale.
—Volveré pronto.
Me dejé caer de espaldas en el sofá, resoplando, para después obligarme a leer otras cinco hojas de ese libro sin comprender realmente nada de lo que decía. Entre mis pensamientos y el esfuerzo sobrehumano que hacía para poner algo de atención al texto me perdí de lo que pasaba a mi alrededor, hasta que alguien se aclaró la garganta.
Alcé la vista, sorprendida, para encontrarme con que Damon se halla de pie a pocos pasos, mirándome fijamente.
—¿Puedo ayudarte en algo?
El castaño traspasó el peso de su cuerpo de un pie a otro.
—¿Tienes planes?¿para esta tarde?
—Uh, no… ¿Por qué?
—¿Sabes entablar una conversación?
—No estoy segura…
—Supongo que esa respuesta me sirve—cruzó los brazos sobre el pecho, viéndose extrañamente autoritario—. Bien, salgamos.
—¿Disculpa?
—¿Qué, tienes problemas para oír?
—No, yo sólo… ¿Por qué saldríamos?
—Necesito distraerme y estar solo no es una opción. Si no tengo a nadie hablándome de lo que sea será imposible no empezar a sobre analizar.
—Sí, pero… no tienes, no lo sé, ¿amigos?
—La idea, Roux, es deshacerme de mi problema sin que la situación se vuelva mucho más dramática en el proceso.
No me caracterizo por ser una persona espontánea y divertida. La sola perspectiva de una tarde a su lado, que no me esperaba, sin Thomas de intermediario me produjo un subidón de ansiedad automático. Comencé a temer cuando no se me ocurrió cómo rechazarlo amablemente.
—Prodrías esperar a que Elizabeth vuelva y así…
—Ah, olvídalo.
Vi que se encaminaba hacia la salida. Entonces fue como si una parte de mi sistema decidiera reaccionar sin ponerle la más mínima atención a lo que es racional.
—Espera—Damon se frenó, girando el cuello para verme—. Está bien, te acompañaré.
No se mostró sorprendido, pese a que había entendido mi negativa. Asumí que no es común para él ser rechazado en ningún sentido.
—Hace frío afuera, deberías buscar algo más abrigado.
Coloqué el libro sobre la mesa de centro, procurando que no se me notaran los nervios.
—No lo considero necesario.
Y fui a reunirme con él en el recibidor. No quería explicarle que, en verdad, me arrepentiría de seguirlo si me tomaba sólo un instante para pensar mejor la situación. Si entraba a la habitación no lograría reunir el valor para salir después.
—Como quieras.
Lo seguí hasta el ascensor, luego a través del vestíbulo, hacia la parte posterior del edificio, sin emitir palabra o fijarme en nada más que su espalda justo frente a mí. No podía creerme el hecho de que en serio había accedido a ir con él sin saber, siquiera, a dónde.
Atravesamos una puerta y de repente nos habíamos transportado a un pequeño jardín. Concluí que es un invernadero porque las hileras de plantas permanecen erguidas y bien cuidadas a pesar del clima actual. Al fondo, debajo de una cartelera gigante en la que al parecer alguien colocó los nombres y especificaciones de toda la vegetación que hay, nos topamos con dos bancos de madera. Damon me condujo hasta uno de ellos, sentándose con pesadez.
Soltó un suspiro cargado de cansancio. Yo le imité, y casi al instante se dio la vuelta para encararme, nuevamente con el entrecejo arrugado.
—Haremos algo más divertido, lo prometo, pero creo que necesito calmarme antes de interactuar con la sociedad.
—¿Calmarte?
—Sí; conectarme con mi lado zen, eliminar de mi cuerpo el impulso de romper todo lo que se me atraviese… como lo quieras llamar.
—Thomas no mencionó que fueras agresivo.
—Thomas me conoció mucho antes de que perdiera la fe en la humanidad.
Por algún motivo eso último me hizo sonreír.
—¿Y bien?
—¿Qué?
—Háblame de ti.
—Ya conoces todos los detalles importantes.
—Lo dudo. No esperarás, en serio, que viva con una desconocida ¿cierto? Porque por muy novia de Thomas que seas, nada me garantiza que no estás loca.
—Ah, entonces ahora debo hacer una síntesis que resuma el estado de mi salud mental para ti, especificando si me considero potencialmente psicópata ¿no? Para que estés más tranquilo.
—La verdad es que lo agradecería, debí ponerlo de condición antes de que ya estuvieras instalada.
Respiré hondo.
—Tengo diecinueve años, trabajo para una revista, no del tipo sensacionalista, y… no tengo la menor idea de qué debería decir cada vez que me preguntan sobre mí.
—¿Diecinueve años? No sé qué me sorprende más: que hayas decidido casarte cuando legalmente todavía no puedes beber o que a esa edad seas incapaz de decidir qué cosas te parecen relevantes sobre ti misma.
—No sabría decir por qué, pero ahora me siento insultada.
Fruncí el ceño. ¿Había insinuado de dos formas distintas que soy más tonta de lo que debería?
—Sólo fue una observación—se pasó una mano por el cabello, ligeramente menos tenso—. ¿Qué tal el viaje? Se lo pregunté a Thomas, pero en realidad la respuesta fue más sobre ti que otra cosa.
—¿Sobre mí?
—Parece que no eres la única cien por ciento determinada a casarse—comentó, de tal manera que hasta a mí me sonó como una idea absurda—. De alguna u otra forma siempre saltas en nuestras conversaciones. Thomas es tan “Abby hizo esto” o “A Abby le encanta aquello”… literalmente habló por media hora de qué tan linda te veías durmiendo, o cómo se divirtió cuando casi te vuelves loca dentro del avión.
—Es que yo nunca me había subido a uno—defendí, para luego procesar lo demás—. No creí que Thomas te hubiera hablado de mí. Eso es…
—Estresante.
—Adorable—fruncí el ceño, pero Damon no parecía dispuesto a retractarse—. ¿Cómo que “estresante”?
—La verdad es que nunca había visto u oído a Thomas tan enamorado. No me malinterpretes, me alegro por él, pero al mismo tiempo es… No lo sé, un dolor de cabeza.
—Es nuestro segundo día aquí, apenas.
—Y fue suficiente para corroborar que ha perdido la cabeza, ¿ya ves? Es un tema serio.
Damon se puso de pie, estirando los brazos por encima de su cabeza para desperezarse.
—Sigo sin saber nada de ti, supongo que nos conoceremos con el paso del tiempo—pensé en decirle que, honestamente, yo tampoco se quién es él en lo absoluto, pero entonces su mano apareció frente a mis ojos—. Ven, vamos a comer algo. De verdad necesito una distracción.
Envolví mi mano con la suya, permitiendo que me ayudara a levantarme, pero ni bien estuve del todo incorporada la aparté, un tanto incomoda de repente.
—¿Te gustan los helados?
—¿A quién no?
—Bien—Damon extrajo un par de lentes oscuros del bolsillo de su abrigo, luego se los colocó antes de salir al exterior. Se volteó para mirarme, mucho más serio de lo habitual—. Vamos a mantener bajo perfil ¿de acuerdo? Fingiremos que no soy Damon Walsh, y si por casualidad cualquier persona allá afuera dice mi nombre vamos a pretender, también, que no escuchamos nada ¿vale?
—Aguarda, ¿eres famoso al punto de que te reconozcan caminando por ahí?
Una oleada de pánico amenazó con manifestarse. Jamás he compartido el mismo espacio que alguien medianamente conocido, pero he visto y leído la cantidad de historias suficientes como para entender todo lo que implica hacerlo. Lo último que quiero ahora mismo es verme lanzada al ojo público.
El castaño titubeó.
—Depende.
—¿De qué?
—Del sitio en el que esté.
—Bueno, ¿en este sitio es posible? ¿Que te persigan o algo así?
Volvió a dudar, cosa que me puso alerta de inmediato.
—Damon…
—Si no me reconocen, no. Por eso lo mejor será que nos mezclemos con la multitud y actuemos como si fuéramos transeúntes corrientes.
—No es que yo estuviera planeando ir dando volteretas por el centro de la calle, pero gracias por la sugerencia.
De pronto la idea de abandonarlo allí mismo para regresar al departamento sonó muy tentadora, pero Damon cruzó la entrada del edificio antes de que le dijera que me había arrepentido.
Lo seguí muy de cerca, dando vistazos furtivos hacia mis espaldas porque tenía la extraña sensación de podría haber gente mirándonos, sin que llegara a notarse que estábamos del todo juntos. Y no volvimos a hablar, excepto por la ocasión en la que él me detuvo para pasarme su abrigo porque advirtió que un par de cuadras más allá yo había comenzado a temblar.
Damon entró a la primera heladería que encontró, pidió por ambos y luego salió, como si alguien hubiera intentando echarle acido, al notar que una chica empezaba a señalarlo entre pequeños chillidos de emoción.
Dijo que habría querido caminar otro rato para terminar de despejar la mente, pero ambos escuchamos los susurros de un grupo de personas en cuanto enfocaron su rostro. En mi opinión resultaba ridículo que él pretendiera pasar desapercibido sólo con un par de lentes; ahí estaban las consecuencias de su ingenuidad. Sin embargo me abstuve de decírselo porque era consciente de que estaba pasando frío por mi culpa.
Terminamos los helados de regreso, tirando las servilletas manchadas a un bote de reciclaje a las afueras de su edificio. Una vez bajamos del elevador Damon se adelantó varios pasos. Ya no se veía furioso, sólo un poco exhausto.
Me debatía entre agradecerle por la salida o no cuando pasamos a su departamento, deteniéndonos bruscamente en la entrada de sala porque dos mujeres, una más exaltada que la otra, se giraron en nuestra dirección a la velocidad de la luz.
—Pero miren quién decidió aparecer.
Busqué a Damon con los ojos para averiguar si es que para él la situación tenía sentido, advirtiendo que su mandíbula se encontraba nuevamente tensa. Observé cómo se quitaba los lentes para arrojarlos a la silla colgante en la estuve hace un rato, sin atinarle. Me pareció ver que el cristal se rompía sobre el suelo, pero a nadie le importó. Era probable que el castaño encargara otro par idéntico esa misma noche.
—Te di sólo una orden, Elizabeth, sólo una… Y no fuiste capaz de cumplirla.
—No te comportes como si fueras un tirano, Damon, y mejor ocúpate de cumplir con tus deberes, porque no puedo seguir cubriéndote las espaldas sino cooperas.
—No estoy de humor, Madeleine. Lo mejor será que te vayas.
La chica, que probablemente mide un metro con cincuenta, luce a punto de entrar en estado de ebullición. Trae las mejillas rojizas y una clara expresión de molestia.
—Estoy contendiéndome para no asesinarte, imbécil, este contrato es sumamente importante y tú no puedes irte de la reunión justo cuando…
—Lo siento, no quiero interrumpir pero… creo que debería seguir a mi habitación antes de que… continúen—la furia de la pelinegra se redirigió hacia mí. Sus ojos centellearon con un brillo aterrador, casi como si estuviera a punto de abalanzarse sobre alguien. Me mordí el labio inferior, un tanto intimidada.
—Ah, tú debes ser la chica.
—¿La chica?
Me ignoró, viendo directamente a Damon.
—Por supuesto, encima traes a la chica… ¡A tu departamento! Porque no es suficiente con los escándalos que ya tienes sin resolver.
—¿Qué chica?, ¿de qué hablas?
La tal Madelenie rodó los ojos apenas me oyó. Entendí que mi presencia le fastidiaba en niveles insospechados.
—Hace menos de media hora comenzó a circular una foto de ustedes, juntos, en una heladería. No es exactamente comprometedora—se acercó un par de pasos, clavando su dedo índice en el pecho de Damon—, pero no te conviene relacionarte ahora mismo con cualquier chica del planeta tierra, ni siquiera si sólo estás dándole la hora. Y mucho menos si dicha chica lleva encima tu abrigo.
—Espera, ¿una foto? ¿Qué foto?
No recuerdo que nadie nos haya acercado una cámara.
A diferencia de mí Damon no se molesta por ocultar lo hastiado que le pone tener que enfrentar esta circunstancia.
La pelinegra gruñó gracias a mi nueva intervención.
—Elizabeth, por favor condúcela a la primera habitación disponible que encuentres para que podamos trabajar. Cuando Damon se desocupe irá por ella para despedirla.
Eso último me enfureció.
—¿Podrías dejar de referirte a mí como si fuera estúpida? No necesito que nadie me acompañe a ninguna parte.
Madeleine bufó, mirándome con desdén.
—¿Esta vez te conseguiste a una con personalidad? Eso es nuevo. Si no fuera un puto problema te lo aplaudiría.
Damon chasqueó la lengua, hablando por fin.
—Es la prometida de Thomas.
—¿Está casi casada? ¿Y aun así la traes aquí? Dios, Damon, ¿es que no aprendes? No, Elizabeth, guíala hasta la salida ahora mismo.
Esa orden casi logra que la pelirroja se mueva de su sitio.
—Maldición, Madeleine, cálmate—Damon alcanzó un nuevo nivel de estrés, sacudiendo las manos en el aire—. No me estoy liando con ella.
—¿Y quién demonios es Thomas? Como para que salgas con esta chica por ahí “sin liarte con ella”.
—Es mi mejor amigo. Ambos se están quedando conmigo, así que acostúmbrate a verla.
Madeleine comenzó a estudiarme desde una perspectiva distinta. Sus ojos me repasaron de pies a cabeza, realizó al menos tres escaneos antes de suavizar, sólo un poco, su expresión.
—Entonces tenemos que entrenarte.
—¿Qué?
—No. Olvídalo. Ellos estarán aquí sólo por una temporada, nadie descubrirá que se relacionan conmigo.
—Si va a vivir contigo deberá familiarizarse con…
—Odio esa mierda de ventilar y vincular mi vida privada con mi trabajo, lo sabes.
—Damon…
—No, Madeleine. No la incluirás en nada de esto, ¿vale?
—Perfecto, pero entonces debes dejar de salir con ella para que todo el mundo pueda verlos juntos, porque será imposible mantenerla al margen si tienen lo que a todas luces parece una cita.
El castaño me observó de reojo, impasible.
—Bien.
—Excelente. Entonces, querida…
—Abigail.
—… Abigail, ya puedes irte. Damon y yo tenemos muchos temas que tratar.
Lo miré, sólo por si de casualidad tenía alguna objeción, pero él paso de mí.
—De acuerdo.
Elizabeth me lanzó una expresión indescifrable en cuanto pasé por su lado, yo procuré ignorarla. Me encerré en la habitación que comparto con Thomas, echando los hombros hacia atrás con el propósito de liberar tensión.
Toda esa escena había sido altamente tediosa. No estoy segura de cómo terminé envuelta en algo así.
Antes de pensar más de la cuenta en todo lo que había ocurrido desde que desperté por la mañana decidí buscar mi teléfono. Había dos llamadas perdidas de Thomas y un mensaje sin abrir de Olive. Opté por contestarle primero a mi mejor amiga, a sabiendas de que si fuera algo urgente mi novio habría insistido mucho más. Pero mis dedos se congelaron sobre el teclado cuando miré la foto que ella había enviado.
Se trata de mí, y de Damon, de espaldas en la heladería. Junto al encabezado de “¿Reemplazo? Parece que el romance entre Damon Walsh y Halsey Brooke peligra”.
Clavé la mirada en la pared, incrédula.
Y entonces entró una llamada de Thomas.
—¿Cariño?
—¿Sí?
—¿Todo en orden?
—Sí, ¿por qué?
—Bueno, es que acabo de leer un artículo online que no me esperaba.
—Uh, ¿cuál?
—¿Cómo está eso de que ahora eres un “reemplazo”?
Suspiré.
Actualización: segundo día en New York y las cosas siguen estando, desde luego, muy lejos de lo que esperaba.