Capítulo 5

3718 Words
LA CENA            Zara, Tiffany, Moo Shoes… Elizabeth parece conocer a la perfección cada rincón de todas esas tiendas cuya publicidad sólo he visto por internet. Parecía decidida a gastar la mayor cantidad de dinero posible en un outfit que con toda seguridad sólo me pondré el sábado.            Cuando me arrastró al interior de la primera, con una tensa amabilidad después de que me negara a entrar al menos unas cinco veces consecutivas, casi me desmayo sólo por la exclusividad que da a entender la cuidadosa decoración. No dudo que un montón de personas trabajan allí por horas para asegurarse de que cada detalle es perfecto. La pelirroja tuvo que decir que soy extranjera, de un lugar muy lejano, cuando me preguntaron qué estaba buscando y sólo pude entreabrir los labios como respuesta.            —De verdad, Elizabeth, esto ya es demasiado.            Clavé los dedos en la tapicería del auto, calculando la probabilidad de que ella intentara bajarme a la fuerza, mientras me esforzaba para que mi voz sonara muy sensata. Ella parpadeó antes de sacudir sutilmente su cabeza. El chofer finge que no nos pone atención, pero no deja de lanzarnos vistazos ocasionales a través del espejo retrovisor.            —Esta es una oportunidad increíble, señorita Roux. Al señor no le importa cuánto dinero usemos, no mencionó que hubiera un límite. Y necesitamos comprar un par de zapatos.            —Mis tenis servirán.            Ya no quiero tener que pasar por la misma travesía. Me aterra pensar en la cantidad de ceros que contienen todas las facturas emitidas. Ni siquiera estoy segura de agradarle a Damon, ¿cómo podría seguir comportándome como si su fortuna fuera mía?            —Es una cena semiformal. Desde luego que no le dejaré usar zapatos deportivos.            Torcí los labios.            —No tienes que referirte a mí de esa forma. Puedes tutearme. Ya te lo dije.            —De acuerdo, Abigail, pero no cambies el tema.            —Abby—corregí, menos predispuesta a llevarle la contraria. Tal vez no es tan mala idea entrar a esa última tienda, después de todo.            —Lo que sea—chistó, irritada—. ¿Me acompañarás o no? Porque si tú no estás interesada con mucho gusto los compraré para mí.            Me pasé una mano por la cara, agotada, pero terminé asintiendo.            Uno de los descubrimientos que más me sorprendió de toda la experiencia fue que en realidad nosotras no debíamos cargar con ninguna bolsa, todas ellas serían enviadas al departamento de Damon. Elizabeth se encargó de todos los trámites y luego le pidió al chofer que nos llevara a un spa. Porque siempre se puede gastar un poco más.            Para cuando llegué a casa, por la noche, era una versión totalmente mejorada de mí misma. Mi aspecto era casi como el que tendría si fuera modelo de revista. Y Elizabeth parecía satisfecha. Me dio la impresión de que se había propuesto embellecerme como parte de un proyecto personal.            Damon no estaba en casa, así como tampoco Thomas, pero llegó a eso de las ocho treinta, tambaleándose y con los ojos entrecerrados. Elizabeth soltó una maldición por lo bajo antes de encaminarse deprisa al televisor cuando lo vio, encendiéndolo casi con desesperación. Pronto entendí lo que hacía; le fue sencillo hallar una transmisión en vivo de un canal emergente sobre celebridades donde discutían acerca de una reunión privada en la que el castaño estuvo horas atrás.            Según el chico que narraba los hechos, Damon se puso ebrio bastante rápido antes de pelearse físicamente con un cantante de música country. Elizabeth y yo observamos las imágenes posteriores al hecho, en las que se le veía despotricar hacia los amigos del otro chico, hasta que el castaño se dirigió hacia el tráfico y se perdió entre los autos que frenaban de golpe para no chocarlo.            La pelirroja apagó la pantalla cuando tuvo suficiente, volteándose con los ojos centelleantes por la furia. Damon se había acostado, literalmente, en el centro de la habitación, con los brazos extendidos a los costados y los ojos cerrados. De pronto soltó un bufido.            —Mierda, me duele todo…            Y luego se rió ligeramente, de tal manera que apenas se notó por la vibración de su pecho. Elizabeth se enfureció aún más. En un parpadeo ya estaba de pie a pocos centímetros de él, inclinada sobre su cuerpo.            —¿En qué diablos estabas pensando? Dijiste que no volverías a pelearte con Christopher.            —Ah, Elizabeth, ahora no…            —Ahora sí. ¿Sabes lo furiosa que debe estar Madeleine? Y con toda razón, si te cuesta tanto mantenerte lejos de los escándalos por una semana entera.            —Él comenzó…            —Qué excusa tan patética. Siempre es la misma, ¿qué tan idiota crees que soy?            Damon abrió los ojos, parpadeando lentamente.            —¿Quieres una respuesta honesta?            Y, por algún motivo, eso último fue para la pelirroja la gota que colmó el vaso. Resopló, incrédula, antes de dar la vuelta para alejarse con pasos furiosos.            Ya he notado que su comportamiento con respecto a Damon cambia cuando olvida fugazmente que no están solos dentro de la misma habitación, el trato se vuelve mucho más personal, pero sospecho que esta vez, a pesar del volcán de emociones que parece ser, se contuvo sólo porque en general no quiere darle a entender a un muy ebrio Damon que su estado le importa demasiado.            Yo me quedé de pie en mi sitio, rezando internamente para que Thomas se apareciera justo en ese momento. Me envió un texto temprano para avisarme que unos chicos, potenciales nuevos compañeros de trabajo, se habían ofrecido a darle un breve tour por los lugares adyacentes al Central Park, y que él accedió a ir. Pero en verdad esperé que no se tardara mucho más cuando Damon se incorporó, sentándose, en lo que clavaba la mirada sobre mí; vidriosa y enrojecida.            —¿Me creerías si te dijera que no es divertido?            Parpadeé en su dirección. No sabía qué esperar de él estando en ese estado.            —Mmmm… ¿qué?            —Madeleine siempre está diciéndome “ah, así que por eso lo haces ¿no? Te divierte ser un imbécil, y que las chicas digan oh, mira, ahí viene el chico malo”. Repite lo mismo todo el tiempo, cada vez que está enfadada, pero no se trata de eso—cepilló algunos mechones de su cabello con los dedos, distraídamente—. No es que yo me siente cada noche a planificar cómo voy a j***r mi vida y la de los demás en el proceso. Supongo que… sólo pasa.            Alcé una ceja. Damon respiró hondo, impulsándose con las manos para ponerse de pie. Trastabilló un poco antes de estabilizarse.            —Así que al final tú eres la víctima.            —Exactamente.            —Oh, pobre bestia esclava de sus impulsos—ironicé, rodando los ojos. Él ladeó una sonrisa al mismo tiempo que avanzaba lentamente hacia mí, deteniéndose a la distancia justa para que me llegara a ráfagas el olor de lo que quizás fuese whiskey.            —¿Te hiciste algo en el cabello? Estás distinta—entrecerró los ojos, como si de esta forma pudiera adivinar qué fue lo que cambió.            A mí me sorprendió que hubiera advertido la transformación de mi imagen por dos cosas: no lleva demasiado tiempo viéndome, como para conocer los pequeños detalles que me conforman, y está tan ebrio que apenas puede sostenerse sobre sus propios pies.            —No. Deberías irte a dormir.            —Sólo si me haces un favor.            —¿Cuál?            —Si Madeleine se aparece de repente, ¿podrías mandarla a la mierda por mí?            Enarqué ambas cejas. Damon parecía hablar en serio.            —No estoy segura de que vaya a escucharme precisamente a mí. O de que no quiera demandarme después de tratarla así.            —Definitivamente te hiciste algo en el cabello…            Sacudí una mano en el aire para restarle importancia a la atención vidriosa que estaba poniéndome.            —Vamos, te acompañaré hasta tu habitación.            —Me sé el camino.            —Pues no parece…            Entonces ladeó una sonrisa.            —¿Acaso te pongo nerviosa, Roux?            —Por supuesto que no. Mira, si quieres hacer el ridículo otro rato, bien por ti. Yo sí me voy.            No me detuvo, pero percibí su mirada sobre mí hasta que cerré la puerta a mis espaldas.            Dudaba que Elizabeth tuviera ganas de cocinar, y yo no me atrevía a prepararme siquiera un sándwich. Por fortuna Thomas llegó a casa poco después con una bolsa de comida china. Yo dispuse todo sobre la cama, que tiene el espacio suficiente para que varios de nuestros vecinos duerman con nosotros, y comencé a comer en lo que mi novio se duchaba. Salió con una toalla atada a la cintura, luego se dejó caer a mi lado.            —¿Por qué Damon está así? ¿Hubo una fiesta y nadie me invitó?            —No estoy segura de si se emborrachó porque peleó con alguien o si peleó con alguien porque se emborrachó.            Thomas reflexionó sus palabras un instante.            —¿Sabes? Cuando éramos adolescentes su padre me llamó.            —¿De Damon?            Dejé los cubiertos sobre el plato durante un instante para ponerle atención.            —Sí. Dijo que pensaba que era una causa perdida, incluso cuando él seguía haciendo todo lo que le pedían, y que esperaba que yo fuera una buena influencia. Damon se enteró.            —Eso es… horrible.            —Él nunca ha llenado las expectativas de la mayor parte de sus familiares, tampoco se ha preocupado por hacerlo. Le da bastante igual. Pero el caso es que… no lo sé, yo también he pensado que podría serlo.            —¿Qué? ¿Una causa perdida? ¿Por qué?            Mi novio se encogió de hombros, dejando una mano sobre su estómago.             —Estuve investigando un poco sobre esa parte de su vida que no conozco; todo lo que hace dentro del asunto de la fama y el modelaje, y creo que se busca muchos problemas innecesarios. Confío en que sea lo bastante listo como para saber cuándo detenerse.            Para cuando terminé mi cena a Thomas ya se le había olvidado el tema de Damon. Por fin tuvimos el tiempo suficiente para hablar sobre explorar la ciudad antes de que él tuviera un turno fijo en su nuevo empleo, acordando salir el domingo por la mañana.            El sábado se presentó más rápido de lo que yo esperaba. Las horas transcurrieron, hasta entonces, sin ningún incidente significativo, salvo por el hecho de que la pelirroja se mostró decididamente molesta. Damon apenas le puso atención, cosa que alimentaba la indignación de ella, y en general no interactuó más de lo necesario conmigo o con Thomas. Apenas le vimos en casa y, según los noticieros que se tomaban el tiempo de mencionarlo, evadió a los medios con rigurosidad. Viajó a París para una sesión de fotos y volvió ligeramente menos evasivo, preguntando por los preparativos para la cena.            —¿Trajiste algún vino de Francia?            —No.            —¿Por qué no? Tienes toda una colección allá.            Alcé la mirada de mi libro, discretamente, para observar la discusión que probablemente estaba por empezar entre Damon y Elizabeth. Ella procuraba hablar entre susurros, olvidándose del “señor”, pero al castaño no le importaba que pudiéramos escucharlos.            —No pasé por la casa.            —¿Y qué se supone que serviremos?            —Qué sé yo, Elizabeth, cualquier cosa.            —¿Cualquier cosa? ¿Podrías mostrarte al menos un poquito preocupado por esto?            —Tú odias a Halsey, ¿qué te importa si le doy agua del grifo y ya?            —Esto no es por ella y lo sabes, es por ti. El plan de Madeleine debe funcionar y para eso es necesario que cooperes.            —Sólo… sigue con tu vida, Elizabeth, a nadie le importará si sirves galletas y salsa como plato principal—sus ojos me encontraron. Pensé en apartar la mirada, para que no se diera cuenta de que estaba observándolos, pero luego concluí que ya no tenía sentido—. Te lo he dicho muchas veces; no tienes que cuidar de mí.            Elizabeth resopló antes de rodear la barra para dirigirse hacia los estantes. Desde que me levanté ha estado preparando una infinidad de cosas y el departamento entero huele a una deliciosa mezcla de ingredientes.            —Encargaré algún vino costoso para esta noche. Dos, de hecho, y tú los pagarás.            —Sí, como sea.            Luego Damon se centró en mí.            —¿Y tú, Roux, ya sabes lo que te pondrás?            —Sí.            —¿Combina con el traje de Thomas? Él siempre dijo que cuando tuviera novia se vestirían iguales.            Thomas, que estaba editando un par de fotografías con su laptop, giró el cuello a una velocidad violenta para vernos con los ojos excesivamente abiertos. Se le había enrojecido la cara, lo que provocó la risa de Damon.            —¿Qué? ¿Roux no conoce esa faceta romántica tuya?            —No es necesario que sigas por ahí…            —Una noche, en el campamento, una de las niñas que estaba inscrita nos preguntó qué haríamos de grandes cuando tuviéramos pareja, y Thomas fue muy creativo al respecto. Estaba seguro de que serían una tétrica versión de los gemelos de Alicia en el país de las maravillas.            —Cállate, Damon.            Sonreí con esa imagen mental, y luego me encogí de hombros.            —Supongo que no sería tan horrible, pero no. Por desgracia no se nos ocurrió antes.            —Ugh, si hubiera sabido que serían una de esas parejas cursis que pretenden hacer todo juntos no los habría invitado a mi casa.            Elizabeth interrumpió para decir que se había tomado la libertad de contratar a una estilista para que se encargara de mí antes de la cena. Todos nos sorprendimos, pero Damon fue el primero en decir que debería prepararme para cuando llegara.            La chica fue tan silenciosa como eficaz. En cuanto me puso frente al espejo entendí por qué le pagaban para que interviniera y modificara la imagen de alguien. Entre ella y su equipo me convirtieron en una versión sofisticada y aparentemente centrada de mí misma. Por primera vez no desentonaba con el departamento en general.            Thomas entró a la habitación, la que se supone sería sólo para mí, cuando ella iba de salida. Se quedó pasmado junto a la puerta, porque estoy segura de que nunca me he visto tan… millonaria, y luego se acercó para tomarme por la cintura, paseó sus dedos con suavidad por la tela de las mangas antes de depositar un beso sobre mis labios.            —Creo que quiero pedirte matrimonio de nuevo.            —¿Qué te detiene?            —No sé, me da miedo que te lo pienses mejor y digas que no.            —Eso nunca pasaría. Te amo.            —Y yo a ti.            Oímos un par de risas discretas afuera, casi al instante Elizabeth golpeó la puerta, abierta, para captar nuestra atención. Su sonrisa nunca me había parecido tan forzada.            —Lamento interrumpir, pero ya llegaron los demás. Lo correcto será que se reúnan con ellos.            Estudié la ropa que está usando con atención. La verdad es que ella nunca se ve mal, o desaliñada, o como yo en un día normal de mi vida, pero definitivamente sus jeans no son del todo formales.            —Espera, ¿no estarás en la cena?            —No fui invitada.            Me sorprendió que lo dijera tan calmada, sin ningún tipo de resentimiento.            —Pero tú la organizaste, cada detalle, yo te vi… y cocinaste como… toda la mañana. ¿No deberías ser la invitada principal?            —Comeré en mi habitación, no te preocupes.            Me liberé de Thomas, girándome con el propósito de verla mejor. Su pasividad despertó algo turbio en mí.            —A la mierda con eso, Elizabeth, tienes que cenar con nosotros.            —Cariño, cálmate… a ella no le importa…            —Pues a mí sí. ¿Qué demonios...?            Ella alzó una mano en cuanto fue evidente que estaba subiendo el tono mucho más de lo recomendado si la idea era mantener mi rabia recluida en esa habitación, por lo que apreté los labios para tragarme mis palabras.            —Este es mi trabajo, Abby, sólo hago lo que me solicitan. Y está bien.            Thomas entrelazó nuestras manos al intuir que yo planeaba seguir discutiendo. Su toque me distrajo, y entonces Elizabeth sonrió con un poco más de entusiasmo.            —Los esperan afuera.            Y se alejó.            —No está bien, Tom, no me interesa que ella diga lo contrario; no lo está. ¿Damon siempre fue tan desconsiderado, o sólo desde que es famoso?            Mi novio entreabrió los labios, sin embargo apenas le dejé sisear antes de interrumpirlo.            —Y no te atrevas a defenderlo, porque no hay justificación. Elizabeth es gentil y todo el rollo, ¿pero no ves que debajo de eso hay una chica muy triste?            —Abs, eso no lo sabemos, en mi opinión se ve muy a gusto con…            —Ah, claro, todos estaríamos radiantes en su posición, como si nos hubiéramos ganado la lotería.            —Cariño, no es una esclava, puede irse cuando lo desee. Si no se ha marchado es por una razón, ¿y quiénes somos nosotros para juzgarla? Apenas la conocemos.            Solté todo el aire que estaba reteniendo. Por mucho que odie admitirlo él tiene razón, y es absurdo iniciar una pelea que no voy a ganar. Aun así, cuando salimos de la habitación yo continuaba sintiéndome profundamente molesta con Damon.            El resto de los invitados estaban sentados en los sofás, en posturas tan rígidas que no entendí el propósito de que no se hubieran quedado de pie. Thomas iba delante de mí, y lo primero que hice al detenerme junto a él fue contar la cantidad de personas que quizás debía impresionar. Seis. Todos aún más elegantes que mi vestido.            Madeleine se levantó como un resorte en lo que nos vio, caminando deprisa hacia nuestra ubicación.            —Bienvenidos.            —Gracias—murmuró Tom, visiblemente aturdido por la cantidad de joyas brillantes que había allí.            Ella nos sonrió antes de darse la vuelta, apuntándome.            —Ella es Abigail Roux, la prometida de Thomas Dune, mejor amigo de Damon, y él, desde luego, debe ser Thomas.            Damon resopló.            —Dios, Mad, nadie aquí es el presidente del país, no tienes que actuar como si fueran a colgarte por no ser lo suficientemente hospitalaria.            Noté que la única chica con porte de modelo, junto a Damon, sonrió apenas le oyó hablar, pero me negué a detallarla antes de que fuera prudente hacerlo. Tenía miedo de quedarme mirando por mucho tiempo a cualquiera. Dan la impresión de que pueden comprar mi alma y enviarla al infierno.            —Tú cállate, que sigo enfadada contigo.            Su ceño fruncido, que apareció fugazmente, se diluyó en cuanto enfocó al primer chico para presentar, que es increíblemente parecido a ella, y fue sustituido por una expresión cargada de seriedad.            —Él es Dan, mi hermano mayor, probablemente el único ser en el planeta que no se estresa sólo por trabajar con Damon, a su lado tenemos a Sharon, mejor amiga de Halsey, James, el manager de Halsey, el idiota de Damon y nuestra querida e inigualable Halsey.            —Me duele que incluso cuando trabajas para mí mi presentación sea la peor. Halsey volvió a sonreír, pero no logré identificar si fue porque Damon volvía a parecerle encantador o porque era el centro de atención. De todos, sólo me tomé el tiempo para detallarla a ella. Quería saber por qué alguien podría pensar que yo sería su potencial reemplazo.            Tiene la piel perfectamente bronceada, el cabello azabache le llega a la altura de la cintura y el delineado de sus ojos la hacen ver, de cierta forma, como una persona a la que jamás querrías enfrentar. Es esbelta, alta y sus piernas lucen interminables gracias al mini vestido que decidió usar. Sus rasgos son finos, ligeramente afilados, y dudo haber tenido enfrente a una chica tan impresionante en toda mi vida.            —Un placer—la voz de Thomas me trajo de vuelta a la realidad.            —¿Les parece si vamos al comedor? Será más cómodo mantener una conversación allá.            Madeleine no esperó a que nadie contestara, giró sobre sus talones y se alejó, asumiendo que todos la seguiríamos. Dan fue el primero en ponerse de pie, y Damon el ultimo. Halsey aguardó por él, extendiendo un brazo para que el castaño lo sujetara. Me sorprendió ver que él lo hacía.            Thomas se acercó a mí antes de que entráramos detrás de los demás, deteniéndome con suavidad.            —Si en algún momento te sientes incomoda sólo dímelo, ¿vale? Haz una seña o algo, para que yo pueda saberlo.            —De acuerdo—iba a agregar algo más, sólo que entonces Damon apareció de pronto en nuestro campo visual.            —Hey, Thomas, ¿podrías hacerme un favor?            —Claro, ¿cuál?            —Halsey dejó su bolso en el auto, acaba de notarlo, pero yo no puedo ir por él porque, según Madeleine, no deben verme antes de que bajemos juntos.            —¿Por qué no?—repliqué al instante, sin poder contener la irritación que su presencia me produjo.            —No lo sé, Roux, por una noche no quiero llevar la contraria.            —Bueno, ¿Y dónde está el auto?            —En el estacionamiento, el chofer sigue allí.            —Vale, ya vuelvo.            Thomas se marchó antes de que alcanzara a detenerlo, encaminándose directamente a la salida. No me quedó más remedio que voltearme hacia Damon, quien está obstaculizando la entrada.            —Elizabeth debería estar aquí.            Tendría que haberme contenido, lo sé, pero no pude.            —¿Disculpa?            —Lo que escuchaste.            El castaño frunció el ceño.            —¿Se puede saber por qué estás molesta?            —No estoy molesta.            —Por supuesto que no, destilas alegría.            Resoplé, pasando por su lado de camino al comedor. Busqué una silla vacía, la que asumí estaría lejos del castaño, y me dejé caer en lo que procuraba que no se me notara el mal humor. Medio minuto después Damon se sentó justo frente a mí, del otro lado de la mesa, junto a Halsey.            Intercambié una breve mirada con él antes de desviarla, y comprendí que esa cena se alargaría hasta volverse eterna.            No estaba segura de que pudiera resistir hasta el final de la noche.
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