NARRA FABIEN —¿Estás seguro de que está bien y no te molesta? —me preguntó, viéndome con ojos llenos de cautela. —Por supuesto que no —respondí, con mi voz normal, profunda y clara—. Si tú quieres hacerlo, para mí está bien. —Hum. ¿Te parece bien que sea en dos días? —Me parece bien. —¿Y puedes llamarle para decirle que estoy de acuerdo en hablar con él y que venga al bar, si tanto quiere hacerlo? —Sí, claro. Enfiló la mirada y arrugó el ceño. Parecía no muy convencida. —¿De verdad, Fabien? ¿No hay ningún problema? —No. Ninguno. —¿Seguro? —insistió—. Es que tú eres bien sobreprotector y tóxico, Fabien. —¿Tóxico? ¿Yo? Alcé ambas cejas y me coloqué una mano en el pecho, fingiendo un agudo dolor en el corazón. —Mucho —dijo—. Como Chernobyl. Reí. Con una risa estridente que reson

