NARRA EVANGELINE —¿Estás seguro de que puedes hacerlo? —cuestioné, todavía con dudas. —Por supuesto, princesita —contestó bastante confiado—. Cuidé de Noemie siendo solamente un niño, ¿cómo no voy a poder cuidar de mi propia hija? Lo observé con él ceño fruncido y mirada aguileña. Ronroneé, dubitativa y pensé en todos los contras. «¿Qué podía pasar, además de que Fabien terminara quemando la casa o lanzando a nuestra hija escaleras abajo sobre un colchón, para enseñarle a surfear o jugando con ella al tiro al blanco con su Beretta? —No seas tan paranoica —espetó, adivinando que mi mente estaba imaginando tragedias o locuras en la casa, durante mi ausencia—. Angeline estará siendo cuidada por alguien que no dejaría que ni un mísero mosquito la picase. —Y tú no seas tan exagerado —repl

