Capítulo 6: En busca de una esposa.

1467 Words
Narra Rodrigo No era una decisión fácil para mí, lo medité por un par de días, traté de encontrar otras alternativas, pero al final llegaba a la misma conclusión. No puedo cumplirle a mi madre por más que lo deseara, de aquí a que llegue una mujer con la que realmente desee casarme y volver a formar una vida, habrán pasado mil años y no tengo todo ese tiempo. Me sentía como una mierd* de hijo, porque le estaba faltando a mi madre aún después de fallecida. Lo que hago no es misterio para ella porque sé que lo ve. Era triste, porque sabía que la estaba decepcionando, pero a la vez, dentro de mí, confiaba en que haría bien las cosas. Le puedo demostrar que, si puedo llevar la compañía, si estoy capacitado para ello y todos se darán cuenta de eso. —¿Seguro señor? —preguntó la secretaria. —Sí, a todas. Ella ve las carpetas que de nuevo donde estaban y solo asiente. —Como ordene, señor Villarreal. Tan pronto termine con esto que estoy haciendo llamaré a las chicas y las citaré. Oh, pero ¿a qué hora? ¿Qué día le parece bien? —Mañana entre la tarde y la noche. Ella me mira con incredulidad y repite la respuesta que le di en forma de pregunta. —¿En la noche dijo? Pero a esa hora no tenemos atención, señor. —No las citará aquí, las citará en… Pensé un momento en algún lugar y de repente recordé el restaurante italiano que está a varias calles de aquí. —En el Trattoria Vento Rosso. Quiero que las cite desde las cinco de la tarde, media hora de diferencia para cada una. La secretaria luce confundida, pero no tengo que darle más explicaciones. —Sí, como usted diga, señor. Ella toma las carpetas y las deja a un lado de su ordenador. Volví al hotel en el que me hospedo y allí esperé hasta el día siguiente que llegara la hora de las entrevistas. Cinco de la tarde del siguiente día y yo estaba vestido de traje esperando en el Trattoria Vento Rosso. Había dos copas de vino tinto servidas. Miraba el reloj y ya era las cinco y cinco de la tarde, ¿por qué no llegaba? —Oh, buenas. Vengo a una entrevista, pero no me dijeron exactamente con quien iba a encontrarme. La chica era más grande de lo que pensaba, algo subida de peso, llevaba lentes y un atuendo no muy agradable. Sé que será un falso compromiso, pero no contrataré a cualquier mujer. —De casualidad… ¿es usted el que hará la entrevista? Ella repara mi rostro, pero yo niego con mi cabeza. —Lo siento, espero a alguien más. La mujer mira a todos lados, recorre las mesas un par de veces y al no encontrar su “acompañante” se va. Tomé el bolígrafo de mi bolsillo y taché el primer nombre. Se hicieron las cinco y treinta de la tarde, llega una mujer de cabello cobrizo y vestido azabache. —Buenas noches, soy Alicia. Me han llamado para una entrevista. Es usted el hijo de la señora Ellison ¿verdad? Ella me reconoce y asiento. Alicia tenía presencia, se veía limpia y muy elegante. Al menos no dará pena presentarla en caso de que tenga que ir a algún evento conmigo. —Sí, soy yo, tome asiento, por favor. Busqué con disimulo el nombre de la chica y miré su edad, tiene veintiocho años. —Alicia, ¿De dónde eres? —Oh, soy de Rusia, pero crecí aquí en Londres. —Vaya, ya decía que sus rasgos no eran de aquí. Ella empieza a reírse y su risa particular era incómoda. Las personas a nuestro alrededor se volteaban a mirarnos. —Alicia, seré honesto contigo. Creo que ya he hecho la elección de la chica que ocupará el cargo que estamos buscando ocupar. Gracias por venir. —¿Qué? Pero no ha empezado la entrevista. Ella parece asombrada. —Lo siento. La mujer toma su cartera y se levanta consternada de su asiento. De diez chicas, habían llegado seis, hablé solo con cuatro, dos fueron ignoradas y solo me quedaban cuatro. Soy algo exigente cuando me lo propongo, si voy a compartir un año de mi vida con una mujer, que al menos tenga buena presencia. Estaba en mi móvil distraído, esperaba a que llegaran las ocho de la noche para ver a la chica número siete. —Hola, buenas noches. Levanté mi mirada y vi a una chica de ojos cafés claros y cabello castaño. —Buenas noches —respondí llevando mi teléfono a mi saco. —He venido a una entrevista de trabajo, mi nombre es Madison. Me llamaron de la compañía Ellison… Yo, bueno, no me dijeron exactamente quien me recibiría aquí, pero vi que es la única persona que está solo en una mesa, supuse que era usted. Reparé sus tacones color piel y su vestido blanco, no está tan mal. —Sí, soy yo. Un gusto, Rodrigo Villarreal. —El gusto es mío. —Tome asiento, por favor. La chica de piel clara se sienta en frente de mí y deja su cartera en su regazo. —Dijo que su nombre era Madison ¿verdad? Ella sonríe y asiente. Miré su nombre en la lista y la encontré como Madison Blake, de inmediato recordé que su nombre lo había visto en uno de los viejos correos que había recibido la asistente de mi madre. —¿Es su primera entrevista, señorita Blake? —Sí, la primera en esta compañía. Bueno, en teoría sería la segunda. La primera vez fue la semana pasada, pero nos informaron del fallecimiento de la señora Ellison. —¿Cómo llegó su currículo a la compañía de mi madre? ¿por medio de algún canal en específico? ¿red social? ¿paginas principales? —Oh, ¿usted es el…? Vaya, lamento mucho lo de su madre, señor Villarreal. —Responda a mi pregunta. Iba directo a lo que me interesaba saber. —No señor, seré honesta con usted. Alguien me ha recomendado, o al menos es lo que creo. Despegué mis ojos de la hoja que tenía en la mesa y la miré, al menos es honesta. Apoyé mis codos en la mesa y la miré fijamente. —Puede decirme ¿Qué pasó en la compañía de la señora Taylor? —Está en bancarrota, señor Villarreal. Por eso cancelaron mi contrato. Debía saber por qué no seguiría con su antigua jefa, si es tan buena por qué recomendarla con tanta urgencia a otra empresa. —Entiendo… Me incliné a un lado y busqué en mi maletín las copias de los currículos. Minuciosamente los revisé y tomé el de ella. —¿Tiene antecedentes judiciales? —No, claro que no. —¿Cuántos años trabajó para la señora Taylor? —Dos años. Miré su edad, tiene veinticinco años, es una mujer joven, puede ser más llevadera que una mujer de treinta o más de treinta, pensé. —Estaba en el cargo de asistente personal, ¿verdad? —Sí, así es. Iba una pregunta tras otra, no le daba chance de pensar. Así, lancé una importante. —¿Es casada, separada, viuda, tiene alguna relación actualmente? —¿Qué? —cuestiona mirándome con rareza, pero al final responde—. Oh, no, ninguna de las anteriores, señor. Soy soltera. Asentí y seguí mirando su hoja de vida. Pero mientras lo hacía, recordé aquel correo electrónico, el mensaje que la señora Taylor dejó para mi madre. Sin rodeos —pensé. Cerré la carpeta y volví a mirarla. —Señorita Blake, entiendo que usted necesita el puesto, ¿verdad? —Sí, sí señor. —El pago será generoso, mucho mejor de lo que podía ganar en la empresa de la señora Taylor —usé palabras clave para incentivarla a aceptar—. Pero sus funciones serían algo diferentes, no sé si siga estando interesada. —Lo estoy, lo estoy, señor. En realidad, en la empresa donde estaba solía tener muchas más funciones. —El cargo que tengo disponible requiere de más tiempo. —No importa —dice ella de inmediato. Veía algo en la señorita Blake, la necesidad. Parece que ambos estamos atrás de algo. Sus manos estaban entrelazadas, movía sus dedos unos con otros. Ella luce nerviosa o quizás ansiosa. —Seré directo con usted, señorita Blake. En realidad, no estoy necesitando una asistente, la he llamado porque quiero contratarla para que sea mi esposa. La chica abre sus ojos. —Perdón ¿su qué? —Lo que acaba de escuchar —respondí en tono serio. Ella sonríe y pregunta: —¿Está bromeando conmigo? —No. La sonrisa de la chica se va borrando lentamente.
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