Narra Rodrigo
El momento más difícil llegó, no podía evitarlo. Con mi corazón hecho pedazos, un nudo en mi pecho, con lágrimas rodando por mis mejillas, llegó ese momento de despedirme de ella.
Jamás olvidaré ese silencio, como nunca, esa mañana había niebla que opacaba la vista. Al lugar llegaron muchas personas, unas que conocía y hace mucho no veía, y otras que simplemente desconocía. Veía como eran muchos los que lamentaban la muerte de mi madre, entre esos, familiares que viajaron desde lejos para darle un último adiós.
Acercarme a ese pequeño espacio donde reposaba su cuerpo, hacía que un torbellino recorriera mi pecho. Hace mucho no la veía, duele verla de esta manera.
Y pensar que la última vez que cruzamos más de cinco palabras, fue en medio de una discusión.
—Así volvemos a vernos —susurré llevando la palma de mi mano sobre la suave madera.
Recordaba su voz firme con mi corazón roto, recordaba la manera en la que cerró las puertas de su vida para mí.
—Lo hacías por mi bien, lo sé.
Fui tonto, mi sangre hervía, estaba enojado por tu rechazo. El orgullo, el dolor, el ego… ¿por qué me costaba entender en ese momento que el amor es así? ¿por qué no podía entender que una madre no se mide por sus afectos sino por los límites que establecen?
Pasó demasiado tiempo, dejé que los días, semanas y meses se fueran en frente de mis narices; ni una llamada, ni un mensaje.
—Lamento no venir antes a pedirte perdón —susurré sintiendo lágrimas espesas y cálidas bañar mi rostro.
Mis piernas flaquearon y me arrodillé frente a su ataúd, el peso en mi conciencia era más fuerte que la fortaleza de mis piernas. Pues, dejé que el ego pudiera más que la añoranza y ahora, estoy aquí, con las palabras atoradas en mi garganta.
—Oh, mamá.
Mi voz ya no tenía fuerzas.
—Lo siento, de verdad lo siento. Jamás pensé que este sería el momento de reencontrarnos, en que volveríamos a vernos. Yo, yo jamás llegué a creer que nuestro próximo encuentro sería así. Perdón, porque ahora no podré escuchar de nuevo tu voz, tus sabios consejos.
Toqué mi pecho, sentía que dolía.
—Lamento no tener la humildad de aceptar tus decisiones sobre mí, pero dolió, todo dolió… sé que cometí errores, pero sufrí cuando decidiste apartarme de tu lado y hacer que me enfrentara al mundo por mi cuenta. Pero ahora sé, ya lo entendí. Jamás hubo falta de amor, mamá. Sé que querías lo mejor para mí y fue tu manera de ayudarme.
Solté una bocanada de aire y deslicé mis manos por mi rostro.
—Perdón por fallarte tantas veces, perdón por no ser ese hijo que siempre soñaste. Perdón por ser un maldito infeliz que siempre elige mal. Pues yo también elegí estar lejos, elegí sumergirme en mi propio rencor. Elegí no buscarte y tratar de explicarte las razones del porqué de mi actuar, elegí la peor alternativa y ahora he perdido la oportunidad de volver a darte un abrazo.
Toqué su ataúd de nuevo, me levanté con las fuerzas de mi alma, porque mi cuerpo ya no resistía. La miré y parecía descansar, se veía tan tranquila que… era como si estuviera en medio de una de sus siestas de la cual fuera a despertar en algún momento.
—Perdón, perdón por lo volver antes, por no entender. Perdóname, perdón por dejar que mi ego ganara la batalla que me hizo perderlo todo.
Tragué el nudo en mi garganta y cerré mis ojos.
—Gracias por todo lo que hiciste por mí, por ser esa mujer fuerte, que jamás se rendía por nada. Gracias por tanto amor, por tantas enseñanzas. Gracias por no soltarme, aunque estaba lejos, sé que jamás me soltaste.
Tenía una rosa blanca en una de mis manos, una que dejé sobre su ataúd.
—Hoy te has ido a un mejor lugar, pero te llevaste una parte de mí. Te amo, te amo y eso jamás cambiará a pesar de haberlo dicho muy tarde. Nunca te olvidaré, madre.
Con mi corazón hecho trizas, di un paso atrás y volví a alejarme.
Cuan duro fue ver desde la distancia como su cuerpo era dejado tres metros bajo tierra, cuan doloroso es, saber que no habrá una próxima oportunidad para las risas, celebraciones, para un día cualquiera, simplemente ya no habrá más de eso.
Desde donde estaba, veía a quienes lamentaban su partida despedirse de ella. Entre las personas vi a Grace, aquella mujer que marcó mi vida, a quien hice sufrir. Ella estaba aquí con su esposo y sus hijos. Desde la distancia la vi llorar, la vi sentir. Al parecer, ellos tienen más sentimientos que yo.
Una vez más, la vida me demostraba, que yo era el más insensible e indolente de todos.
Bajé mi cabeza y me di la vuelta, volví a tomar más distancia, necesitaba días de soledad, pues tenía muchas cosas en qué pensar.
Estuve en Madrid por unos días más, estaba en la casa que mi madre vivió sus últimos días, recostado en la misma cama en donde ella reposó hasta hace poco tiempo. Las almohadas y cobijas aún tenían ese aroma de su fino perfume.
Por esos días solté lo que había retenido, me permití llorar, culparme, arrepentirme, reflexionar… era como si hubiera mutado completamente. La vida me estaba mostrando otras formas, era un nuevo despertar para mí.
Uno de esos días, mientras estaba en esa casa, quise revisar aquellos recuerdos de nosotros, álbumes y fotografías que había de los dos. En esa búsqueda de recuerdos, encontré una fotografía mía, de cuando había terminado la universidad. Noté que detrás de esa fotografía había unas palabras escritas con su puño y letra.
—“Siempre serás mi mayor orgullo, mi amado hijo, Rodrigo”
En ese momento todas sus palabras de afirmación llegaron a mi cabeza, todos sus anhelos sobre mí, sus deseos, todas las aspiraciones que ella tenía de mi futuro.
Mi madre deseaba que fuera el mejor, que fuera un gran empresario. Ella siempre me visionó como un gran CEO de la compañía Ellison, ella…
—Ella deseaba verme en…
Dejé las fotos en la gaveta y me levanté, sacudí mi ropa y sentí que era momento de resurgir. Sé que he dejado pasar el tiempo, pero no era tarde, no es tarde para volver, para ser eso que ella siempre quiso, quiero ser su orgullo.
Fui por mi equipaje y me preparé para viajar, era el momento, lo sentía dentro de mí. Cargué mi equipaje con las esperanzas, con los anhelos y sueños. Lo haría por los dos, estaba seguro de mí mismo y de mis capacidades para lograrlo, pero lo que esperaba, es que las cosas serían muy diferentes a como las había pensado.
—Señor Villareal, cuanto tiempo.
Las personas en la compañía se sorprenden al verme llegar.
—Señor, lamentamos mucho lo de su madre. La señora Ellison era una gran mujer.
Las palmadas en mi espalda, no se hicieron esperar.
—Sebastián —dije mirando a mi primo sentando en la oficina principal.
—Rodrigo, que bueno verte. ¿Cómo estás?
Él se levanta y viene hacia mí con su mano extendida.
—Llegué hace por a la ciudad, creo que debemos empezar un empalme, quiero volver a la compañía.
Él me mira y asiente.
—Claro, cuando quieras.
—Por mí que sea de manera in…
—Buenos días —escuché una voz familiar—. Oh, ¿interrumpo algo?
Era el abogado de mi madre.
—Señor Spencer.
—Creo que llegué en el momento adecuado, justo necesito hablar contigo, Rodrigo.
Miré a mi primo y luego miré al abogado.
—Sí, claro que sí…
—Iré a una reunión, pueden tomar asiento, pueden sentirse cómodos aquí —menciona Sebastián.
—Claro que lo haré —respondí—. Era la oficina de mi madre, claro que tomaré asiento. Es más, me serviré una taza de té.
Miré a Sebastián de mala manera y no le quité los ojos de encima hasta que salió de la oficina.
—Vaya, hay una relación poco cercana entre ustedes, ¿verdad?
—Lo que se ve, no se pregunta, señor Spencer.
Solté el botón de mi saco y me acomodé frente al abogado.
—Es oportuno verte aquí, que casualidad que vengas a la empresa, porque también necesito hablar contigo —manifesté.
—Bueno, no es casualidad. Fui a la casa de tu madre en Madrid para reunirme contigo y me dijeron que vendrías aquí. Tomé un avión, mi equipaje y he venido a buscarte. Así que no, no es una casualidad.
—Bien, no importa. Casualidad o no, tengo que hablar contigo. He decidido volver a la compañía Ellison. Me tomé un tiempo por fuera, pero ya no quiero distanciarme más. Esto es todo lo que mi madre tenía y tengo que estar aquí.
El abogado asiente y luego niega con su cabeza.
—Rodrigo, me temo que las cosas no son como crees.
Si pensaba que estaba viviendo momentos complejos, no tenía idea del golpe de realidad que este hombre estaba a punto de darme, y justo en mi cara.
—No estoy comprendiendo nada.
—Sebastián va a continuar supervisando la compañía.
Junté mis cejas y lo miré con disgusto.
—¿Por qué? Yo soy el hijo de Victoria Ellison, él… él solo es un aparecido, ¿por qué tendría que…? ¿Qué está sucediendo?
—Es lo que ella ha decidido, Rodrigo.
El hombre toma su maletín y yo, pues yo estaba supremamente confundido. ¿Mi madre fue radical entonces con su decisión? Sé que he cometido errores, pero…
—No puedo creer que mi madre haya hecho esto, sé que yo… no, no puede ser posible.
—Calma —dice el abogado—. Esto es temporal.
—¿A qué te refieres?
—Bueno, tú será el CEO de esta compañía, de eso no hay duda, solo que… no en este momento. Hasta que eso ocurra, Sebastián estará al frente de todo.
—Bien, si es momentáneo; entonces, volveré, dile a Sebastián que ya puede irse por donde llegó, porque yo…
—No, no es así —interrumpe el hombre.
—Deja los rodeos, ¿Qué es entonces?
El abogado abre su maletín y saca una carpeta de su interior, luego hace entrega de algo importante y de lo que no había pensado hasta entonces.
—Es el testamento de tu madre.
Tragué sonoramente y lo tomé con mis manos temblosas.
Leer eso me había llenado de más nervios, de más tensiones.
Tomé una bocanada de aire y lo abrí, para luego empezar a leer lo que decía.
Él abogado tenía razón, mi madre a pesar de las diferencias, jamás retiró su amor hacia mí, ella aún confía en mí.
Cubrí mi boca sorprendido, porque creo que yo no me tenía tanta fe como ella, que confiaba en mi corazón, en mis cambios positivos y en mi compromiso.
—Todo te pertenece, eso no cambia —susurró el abogado al ver sensible leyendo los mensajes que mi madre dejó.
Ella me estaba devolviendo la vida con esto, me estaba dando un respiro a mi corazón, los ánimos, un menor peso a mi conciencia.
—Tu madre te ama y siempre te amará, Rodrigo. Hace poco ella hizo las modificaciones.
—¿Qué?
—Sí, un par de días antes de su muerte me llamó para hacer algunos cambios.
Seguí leyendo aquellos documentos y me detuve en algo que llamó mi atención.
—¿Qué es esto?
Miré al abogado y este muerde sus labios y asiente.
—Tiene que ser mentira.
—No, es más serio de lo que crees, por eso te dije que aún no podías volver a la compañía.
Abrí mi boca asombrado, porque me acababa de encontrar con una enorme barrera, prueba, no sé cómo llamarlo, que mi madre me había dejado.
—Es una clausula, Rodrigo, fue la modificación que hizo tu madre antes de morir.
—¿Casarme? ¿Cómo que casarme?
Miré al hombre y este levanta sus hombros.
Mi madre había dejado una cláusula para mí, si quería volver asumir el cargo de la compañía, debía casarme, yo debía casarme, ¡Casarme!