3. Capítulo 3

1105 Words
Valeria Smith Hoy es el día del veredicto final. Es curioso cómo incluso los momentos más trascendentales pueden tener ese aire de normalidad engañosa. Me miro en el espejo, ajustando el vestido blanco que elegí para esta ocasión. Es un vestido sobrio, profesional, pero lo suficientemente elegante como para proyectar autoridad. No es una casualidad que lo escogiera; es mi armadura, mi escudo contra todo lo que Daniel Mackenzie provoca en mí, aunque nunca lo admitiré. Ayer fue un punto de inflexión en el caso. El testimonio de Bruce inclinó la balanza a nuestro favor, la custodia de James parece casi asegurada. Debería sentirme satisfecha, incluso triunfante, pero no puedo evitar el nudo en mi estómago. No solo por el caso, sino por lo que Daniel representa para mí: un torbellino de emociones que he intentado enterrar desde aquella noche. Cuando llego al juzgado, lo veo acercarse desde el otro lado de la calle. Alto, imponente, con su traje n***o perfectamente ajustado, Daniel Mackenzie siempre ha sido la imagen misma del poder. Pero hoy hay algo más en su rostro, algo vulnerable que me toma por sorpresa. Me esfuerzo por mantener mi expresión neutral mientras lo espero, aunque mi corazón parece no haber recibido el memorándum. Cuando está lo suficientemente cerca, no puedo evitar notar cómo sus ojos recorren mi figura. Siento el calor de su mirada como un roce tangible, pero lo ignoro. Soy buena ignorando cosas; he tenido años de práctica. Aun así, no puedo evitar notar cómo su postura cambia, cómo la tensión se acumula en sus hombros y el leve rubor que tiñe su cuello. Ese detalle casi me hace sonreír, pero lo reprimo. —Buenos días, señor Mackenzie —le digo con un tono profesional y frío, mi escudo habitual. Él me responde con una sonrisa que pretende ser casual, pero sus ojos lo traicionan. Hay algo en esa mirada que me desarma, que me recuerda lo que fue estar entre sus brazos, sentir el calor de su piel contra la mía. Odio que todavía tenga ese poder sobre mí. Mientras reviso los documentos en mi tablet, me esfuerzo por concentrarme. Pero la cercanía de Daniel, su perfume, su presencia, todo parece conspirar contra mi autocontrol. Entonces, rompe el silencio con una pregunta que me hace levantar la vista. —¿Y tú? ¿Siempre mantienes la cabeza fría, Valeria? No sé si es una provocación o una confesión, pero sus palabras me atraviesan. Intento mantener mi máscara intacta, aunque sé que algo en mis ojos me traiciona. —Siempre. Es parte de mi trabajo, Daniel —respondo con firmeza, devolviéndole la mirada. Pero su proximidad, su voz baja y cargada de intención, me hacen sentir vulnerable. Lo odio por eso, pero me odio más a mí misma por no poder apagar lo que siento. Porque, aunque lo niegue, todavía hay una chispa entre nosotros, una chispa que amenaza con convertirse en un incendio si no la contengo. Entramos al tribunal, por un momento, todo lo demás queda en pausa. Aquí es donde tengo el control, donde mi lógica y mis argumentos reinan. Durante el juicio, presento cada punto con precisión y cuando el juez comienza a hablar, mi atención está fija en él. Pero entonces llega el veredicto, las palabras caen como una avalancha: custodia exclusiva para Daniel Mackenzie. Lo hicimos. Ganamos. Y, sin embargo, mi pecho se siente pesado. Antes de que pueda procesar del todo, Daniel se gira hacia mí y me abraza. Su emoción es palpable, aunque mi primer instinto es tensarme, eventualmente cedo, solo un poco. Es un momento breve, pero cargado de significado y cuando levanto la vista hacia él, veo algo más que gratitud en sus ojos. Algo que me hace tambalearme por dentro. Pero, como siempre, Olivia no tarda en aparecer, trayendo consigo su caos. Su intento de abofetear a Daniel es una escena tan predecible como patética, pero lo que me sorprende es cómo él la enfrenta, con una frialdad que nunca le había visto. Me doy cuenta de que este hombre, a pesar de sus errores, está cambiando. Más tarde, cuando me pide que lo acompañe a conocer a James, hay algo en su voz que no puedo ignorar. Es una mezcla de vulnerabilidad y esperanza, aunque sé que debería mantenerme distante, algo en mí cede. No por él, sino por James. Porque sé lo que significa ser un niño atrapado en un mundo de adultos que no saben cómo amarlo, lo he visto durante mi trabajo. Cuando llegamos a la casa de Bruce y veo a James por primera vez, mi corazón se detiene. Es como mirar una versión en miniatura de Daniel, pero hay algo más en él, una inocencia que me conmueve profundamente. Daniel se agacha a la altura de su hijo, por un momento, lo veo como nunca antes: no como el magnate poderoso, sino como un hombre buscando desesperadamente una conexión con su sangre. Sus palabras, suaves y llenas de nerviosismo, me sorprenden. Daniel Mackenzie, siempre tan seguro de sí mismo, parece estar al borde del abismo emocional. Cuando James sonríe, tímido pero genuino, siento algo que no esperaba: esperanza. Quizá, solo quizá, Daniel pueda ser el padre que este niño necesita. Y tal vez, solo tal vez, haya un lugar para mí en esta historia que apenas comienza. Mientras observo a padre e hijo interactuar, no puedo evitar preguntarme si este será el inicio de algo más grande. No solo para Daniel y James, sino para mí también. Porque, aunque lo niegue, hay una parte de mí que todavía anhela lo que creí perdido aquella noche: la posibilidad de algo real, algo profundo. Algo que solo Daniel parece ser capaz de despertar en mí. Daniel procede a entregarle el regalo que escogimos con tanto esmero y, por la expresión en su rostro, parece agradarle profundamente. Pasamos una tarde verdaderamente placentera con James, a pesar de la constante vigilancia de los trabajadores sociales que nos escoltaron durante el encuentro. Debo admitir que fue una experiencia maravillosa conocerlo; su inocencia y calidez dejaron una impresión imborrable. De regreso al hotel, felicité a Daniel con sinceridad por su hijo, quien, sin duda, es un reflejo de su carácter. Asimismo, le proporcioné una explicación breve pero clara sobre los trámites necesarios para el cambio de apellido de James, así como sobre los permisos legales requeridos para autorizar su salida del país. La conversación fue directa y profesional, pero no pude evitar notar la mezcla de emoción y determinación en los ojos de Daniel. Su anhelo por brindarle a su hijo un futuro mejor era evidente y profundamente conmovedor.
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