Valeria Smith
La noche se me hizo eterna, una tortura en la que traté de mantener mi mente ocupada y mis emociones bajo control, pero fue inútil. Saber que Daniel estaba en la habitación contigua me llenaba de una mezcla de enojo, anhelo y frustración. Había aceptado su absurda petición de olvidar aquella noche que compartimos, pero la verdad era que olvidarla resultaba imposible.
Cada vez que cerraba los ojos, el recuerdo de aquella noche juntos regresaba como un huracán, arrasando con la calma que tanto me había esforzado por construir. Sentir de nuevo su piel contra la mía, recordar su respiración entrecortada mientras sus manos exploraban mi cuerpo, era una tortura exquisita. Mi cuerpo reaccionaba con un fervor que me aterraba, por más que lo intentara, no lograba apagar las llamas que él había encendido. Pero lo que más me enfurecía era que él pensara que podía reducirme a un “error”. Yo no era el tipo de mujer que alguien podía borrar como si no significara nada. A mí siempre me gustó Daniel Mackenzie, desde que éra jóven y es claro que no me importaba la diferencia de edad ni su absurda idea de sentir que traicionaba la amistad que tenía con mi padre, pero su cobardía y rechazo habían cortado más profundo de lo que nunca admitiría. Mi ego aún llevaba las cicatrices. La noche se me hizo eterna, una batalla entre mi mente y mi corazón. Por eso fui yo quien levantó este muro de profesionalismo entre nosotros. Pero eso no hacía que fuera menos doloroso.
A las seis de la mañana escuché ruido en su habitación. No pude evitar imaginarlo luchando contra el insomnio, probablemente tan atormentado como yo. Me levanté y me tomé mi tiempo para prepararme. Elegí un vestido rojo; no por él, sino por mí. Quería recordarme a mí misma que seguía siendo esa mujer fuerte, elegante e imperturbable. Me miré al espejo antes de salir de mi suite, ajustando un mechón de cabello que caía sobre mi rostro. —Daniel puede arrepentirse todo lo que quiera, pero nunca volverá a tener la satisfacción de creer que tiene poder sobre mí.— pensé.
A las ocho, ya estaba lista, esperándolo en el pasillo. Cuando salió, con su impecable traje azul oscuro, era imposible negar lo imponente que se veía. Pero su porte no me intimidaba. No más.
—Buenos días, señor Mackenzie —lo saludé con un tono seco y profesional, cumpliendo al pie de la letra su absurda exigencia de mantener las cosas estrictamente laborales. Aunque por dentro me ardía recordar cómo había rechazado lo que pasó entre nosotros, una noche que, para mí, no fue un simple error, como dijo que lo fue para él.
Él respondió mi saludo intentando mantener la compostura. Pero noté cómo su mirada se demoró en mi vestido. A pesar de todo, Daniel siempre fue transparente para mí. Su expresión me decía todo lo que sus palabras no podían. Yo sabía que aún me deseaba. La diferencia ahora era que no estaba dispuesta a permitirle que volviera a desecharme como si no valiera nada.
Bajamos juntos al restaurante, la tensión era tan palpable que casi podía tocarse. Nos sentamos en una mesa cerca de la ventana. Mientras el silencio se alargaba, me debatía entre mantener la distancia o romper el hielo. Finalmente, decidí hacerlo, aunque lo haría en mis términos. No le daría el gusto de pensar que me había quedado callada.
—¿Y ya conociste a tu hijo? —pregunté con una mezcla de curiosidad y frialdad, fingiendo un interés profesional. La verdad es que quería saber cómo estaba lidiando con todo aquello, aunque no me lo confesara.
Su respuesta fue sincera y cuando mencionó que James tenía sus ojos, vi algo que pocas veces se dejaba ver en Daniel: vulnerabilidad. Había algo diferente en él, algo que me hizo recordar al hombre que conocí siendo adolescente y que una vez admiré… pero que ahora era el hombre que me rompió el corazón. Escucharlo hablar con tanto amor y esperanza sobre su hijo removió algo dentro de mí. Pero no iba a mostrarlo. No podía.
A las diez, llegamos al juzgado. Caminé junto a Daniel, consciente de las miradas que se posaban en nosotros. Me aseguré de que mi porte fuera impecable. Yo no era solo su abogada; era su escudo y su arma en esta batalla. Pero entonces, vi a Olivia. Era exactamente como la describió mi padre: esa mezcla de arrogancia y belleza calculada que siempre me resultó irritante.
La confrontación entre ellos fue como presenciar una partida de ajedrez cargada de emociones. Cuando Olivia lanzó su venenoso comentario sobre Daniel siendo un “don nadie”, sentí que la rabia me subía por dentro. Pero me mantuve fría, como siempre. Cuando intervine para presentarlo como uno de los magnates petroleros más importantes de Texas, disfruté el cambio en la expresión de Olivia. A veces, ganar con palabras era más satisfactorio que cualquier otra cosa.
Durante la audiencia, hice lo que mejor sé hacer: manejar los argumentos con precisión y autoridad. Mi objetivo no era solo convencer al juez, sino también demostrarle a Daniel que, a pesar de todo, yo estaba de su lado. Porque aunque él no lo sabía, siempre lo estuve, incluso cuando me rompió en pedazos.
Cuando Olivia se acercó a él después del juicio, fingiendo coquetería, tuve que contener una carcajada. La escena era patética, pero lo que más me molestó fue ver que Daniel la escuchara, aunque fuera para rechazarla. Fue un recordatorio de todo lo que odiaba de él: su debilidad para las personas equivocadas y su incapacidad para luchar por lo correcto en el momento adecuado. Por suerte, no me quedé allí para escuchar más. Lo llamé y juntos dejamos atrás a Olivia y sus juegos.
Al mediodía, durante el almuerzo, la tensión entre nosotros alcanzó un punto más frío. Cuando Alistair Kingsley apareció, noté la incomodidad de Daniel de inmediato. No pude evitar sonreír al ver cómo los celos lo consumían. Por un momento, me sentí en control. Pero su comentario más tarde, preguntándome si Alistair era “mi tipo”, me golpeó más de lo que esperaba.
—¿Celoso, Daniel? —respondí, sabiendo que mis palabras iban a doler. —No tengo tiempo para hombres que solo valoran algo después de perderlo.
Lo vi quedarse sin palabras, en ese momento supe que había tocado una herida. Pero no me arrepentí. Él tenía que entender que yo no iba a quedarme en la sombra esperando a que decidiera valorarme. Yo ya no era una niña que rogara, era una mujer que tenía claro cuál era su valor. Soy Valeria Smith y ningún hombre, ni siquiera Daniel Mackenzie, iba a hacerme sentir menos de lo que soy.
Cuando salí del restaurante, mi mente estaba enredada en una maraña de emociones. ¿Por qué seguía importándome tanto? ¿Por qué él aún tenía ese efecto en mí? Pero una cosa era segura: si Daniel quería algo conmigo, tendría que demostrarme que no volvería a tratarme como un “error”. Esta vez, yo ponía las reglas y su redención estaba muy lejos de ser fácil.