El programa había terminado, pero el ruido seguía en mi cabeza.
Las risas, las frases sexuales, las miradas de Nic.
Cada palabra cargada con doble sentido. Cada insinuación lanzada como dardo directo a mi piel.
Yo fingía profesionalismo, pero mi cuerpo tenía otros planes.
Fui la última en salir del set.
Caminé hasta el estacionamiento, con las llaves en la mano y las mejillas todavía ardiendo.
Solo quería llegar a casa. Ducharme. Respirar. Olvidar.
Pero entonces, lo escuché.
—¿Estás seguro que no hay nadie? —la voz de una mujer, entre risas.
Me detuve.
—Sí, ya no hay nadie. ¿Te pusiste esa falda para mí? —respondió él.
Él.
Nic.
Lo reconocí de inmediato. Esa voz no necesitaba presentación. Grave, cargada, s****l sin esfuerzo.
Me quedé quieta, oculta entre los autos.
No, Emma. No seas ridícula. Vete.
Pero no me moví.
La curiosidad mató al gato, dicen.
Yo no era un gato.
Y mirar un poco no me iba a matar… ¿o sí?
Me incliné lo suficiente para mirar entre dos autos estacionados.
Y ahí estaba.
La espalda ancha de Nic se movía frente a un vehículo.
Apoyado en el capó, entre las piernas de una mujer, su cuerpo cubriendo casi por completo el de ella.
¡No iban a hacerlo ahí!
—¿Para quién más podría ser? —contestó la chica, con una risa ahogada.
Y luego, todo se volvió sonidos.
Gemidos, jadeos, palabras sucias dichas en susurros.
Mi corazón se paralizó. Mi respiración se volvió errática.
¿Le estaba haciendo sexo oral? ¡En el estacionamiento del canal!
La mujer se retorcía contra él, diciendo su nombre entre maldiciones.
No podía ver con claridad, pero era evidente.
Estaba devorándola viva, y ella se deshacía con cada movimiento de su lengua.
Me quedé quieta.
Paralizada.
Y… maldita sea… excitada.
Nunca en mis veinticuatro años de vida había visto una película porno.
Pero estaba segura de que esto no era muy diferente.
Era más sucio. Más real. Más… personal.
Junté las piernas.
La fricción entre ellas fue incómoda y reveladora.
¿A esto se refería Maddie, cuando decía que una vez probabas el sexo, tu cuerpo empezaba a pedirlo?
Negué con la cabeza.
No. No. No. Esto no estaba bien.
Nic West era un idiota.
Me había propuesto un trato. Me provocaba cada día. Jugaba a enseñarme. Y ahí estaba: follándose a otra como si nada.
Pero más que enojo… lo que sentí fue un vacío helado que me trepó por la espalda.
¿Celos?
No quería llamarlo así.
Pero me ardía.
Me dolía.
Me apretaba el pecho.
Unos minutos después, las puertas del auto se cerraron.
Escuché risas apagadas. Zapatos apresurados. El motor rugió.
Me agaché aún más, hundida en la sombra.
El Aston Martin pasó frente a mí.
Se detuvo justo un segundo.
Y desde la ventana bajada, Nic miró hacia donde yo estaba escondida.
Poco iluminado.
Pero lo suficiente para ver su sonrisa torcida… como si supiera perfectamente que yo había estado mirando.
El auto arrancó.
Y con él, se fue lo poco que me quedaba de dignidad.
Mi pecho subía y bajaba.
Los pezones duros bajo la blusa.
El vientre tenso.
No. No. No.
Subí al auto. Encendí el motor.
Necesitaba llegar a casa.
Ducharme. Lavarme la cabeza.
Olvidar lo que había visto.
Y preguntarme de verdad si estaba lista para jugar este juego.
Porque con Nic West…
el fuego no se controla.
Te consume.
Lo primero que hice apenas puse un pie en mi departamento fue revisar el mensaje que Nic West me había enviado.
Un archivo PDF.
Fruncí el ceño.
¿Qué diablos me había mandado ahora?
Cuando vi el título, abrí los ojos de par en par, sintiendo cómo me subía el calor al rostro.
El Kama Sutra.
¡El imbécil me había mandado el Kama Sutra!
Mi teléfono vibró de nuevo.
Querida Emma:
La Biblia te dice que ames a tu prójimo.
El Kama Sutra te dice cómo.
Con amor...
Nic.
PD: Espero hayas disfrutado el espectáculo. Solo estoy esperando el día que escuche tus gemidos.
¿Qué si había disfrutado el espectáculo?
¡Me sentía ofendida!
Ultrajada.
Excitada.
Confundida.
¿Con amor? ¡CON AMOR!
Cínico.
Arrogante.
Hijo de su…
Ok. Inhala. Exhala. Mierda. ¡Mierda!
Estaba enojada conmigo misma, por mirar.
Y con él, por saber que yo iba a mirar.
Y por escribir como si fuera un poeta de burdel de lujo.
Si tenía dudas sobre el trato, ahora las tenía en plural.
Pero no iba a dejarme vencer.
No iba a dejar que ese arrogante me hiciera sentir pequeña.
No otra vez.
Había trabajado demasiado para llegar a donde estaba.
Y si tenía que hablar de sexo, entonces iba a saber de sexo.
Así que tomé mi laptop, me arremangué la blusa como si fuera a lavar los platos del infierno y escribí en Google:
“b**m. Principios básicos. ¿Golpes con sentido?”
Entré a varios blogs.
Algunos informativos. Otros... no tanto.
¿Qué carajos le podían encontrar de placentero a que un hombre te golpee con una fusta?
De donde yo vengo, eso se llama violencia doméstica, no estilo de vida consensuado.
Suspiré.
Abrí un nuevo documento en Word.
Me enfrenté a la hoja en blanco.
Puedes hacerlo, Emma. Vamos. Eres periodista. Eres brillante. Solo tienes que escribir.
Cuatro horas después...
Mi cabeza seguía tan blanca como la pantalla.
Tenía dieciocho pestañas abiertas en el navegador, una bolsa de papas fritas vacía y el orgullo por los suelos.
Golpeé mi frente contra el borde de la mesa.
—¿A quién engaño? —murmuré—. El maldito tiene razón… necesito su maldita ayuda.
Cerré los ojos.
Tal vez, solo tal vez, cuando dejara de ser virgen mi cerebro se iluminara como un maldito árbol de Navidad.
Pero lo que me perturbaba era otra cosa:
¿Por qué, al pensar en perder mi virginidad, la idea de que no fuera con Nic me parecía tan… repugnante?
¿Estaba jodida? Probablemente.
Tomé el celular y marqué a la única persona que podía hablarme con la brutalidad que necesitaba.
—¡Liam! —prácticamente grité cuando respondió.
El ruido de fondo me confirmó lo que sospechaba: estaba en una de sus fiestas, rodeado de gente y probablemente sin camisa.
—Emma, mi amor, ¿sabes qué hora es? —su voz sonaba ahogada por risas—. ¿Todo bien?
—No. Y no me grites con ese tono de "estoy ebrio y feliz".
—Dame un segundo… —dijo, y luego solo escuché música alejarse y una puerta cerrarse—. ¿Qué pasó? ¿Quién te tocó? ¿A quién mato?
Suspiré.
—Necesito tu ayuda. Urgente. Estoy en un lío, Liam. Uno con sexo, egos, un idiota que me vuelve loca y una carrera que está colgando de un hilo de encaje.
—¿Sexo? Oh, se trata del nuevo programa. ¿Quién es tu compañero?
—Un idiota. ¿A caso no has visto el programa?
—Mis vacaciones no eran para pasármela delante de un televisor, pero dime ¿Tan malo es?
—Horrible, no te imaginas.
Silencio.
Luego, su carcajada estalló.
—Ay, Dios… ya quiero volver. Pensé que te las arreglarías. Pasado mañana estoy en la televisora. Si necesitas ayuda con algo de sexo, sabes que estoy dispuesto a ayudarte.
Otra carcajada.
—Lo digo enserio, Liam —dije, dándole una advertencia. Nunca podría aceptar una ayuda de Liam, eso sería incesto—. Necesito esa ayuda, pero no de ti.
—Emma… —dijo con una voz extrañamente seria—. Tranquila. Conozco a alguien que podría ayudarte con esos temas. No conozco a nadie mejor que él para hablar sobre sexo.
—¿En serió? —Mis ojos se iluminaron. Cualquier ayuda que no fuera Nic West sería fantástica—. Acepto.
No lo pensé demasiado.
—Está bien. déjame concretar una cita y te daré los detalles más tarde.
—Te amo, Liam.
—Lo sé.
Colgó.
Y yo…
Me quedé mirando el Kama Sutra en la pantalla.
Nic quería que aprendiera.
Yo iba a hacerlo.
Pero a mi manera.
Y si él creía que iba a ser su próxima conquista fácil… estaba muy equivocado. Yo sería la excepción, ya lo vería.
Iba a tragarse esa sonrisa de gurú del sexo.
Aunque tuviera que aprender a gritar en sanscrito.