Axel
Llegué a casa, de madrugada. Fernanda estaba durmiendo en su habitación, le di un beso en la frente, acomodé sus sábanas y salgo directo a mi recámara. En tanto me colocaba el pijama no pude evitar pensar en Manuela, en esos ojos hermosos que me aceleraban el corazón en un segundo y en ese beso. Nunca antes me había atrevido a tanto con una mujer. Sin embargo, ella rompía mis esquemas, sé que es diferente y especial, mi corazón lo sabe. Pero, es casada.
A veces maldigo mi suerte, a pesar de lo cual, no puedo hacer nada contra el destino.
Cierro los ojos y me quedo dormido. Despierto con la vocecita de Fernanda a mi oído “Deja de soñar con las nenas hermanito, despierta el desayuno ya estará listo” suele hacer esto cuando pasan las siete de la mañana y es día de trabajo, no puedo tener un mejor despertador.
Abro los ojos y sonrío al verla feliz con su sombrero de chef, una señal de lo que probaré será delicioso y exclusivo.
—Buen día, ratona.
—Ya estarán listos los huevos, no dejes que se enfríen. — me dice antes de salir de la habitación, corriendo rumbo a la cocina.
Después de Veinte minutos estoy listo para degustar sus apetecibles huevos con tocino. Como era costumbre empezamos a hablar de lo que paso en mi día de trabajo y lo que ella hizo posteriormente de la escuela. Desde que nuestros padres murieron, los lazos se han hecho más fuertes, somos hermanos, amigos, confidentes. Y hace seis años me convertí en padre y madre, en su héroe indestructible. Aún no lo sabe, pero es mi fortaleza, la razón por la que me levanto cada día y la única mujer por la que entregaría mi vida.
Aparentemente la escuchaba, sin embargo, estaba perdido en mis pensamientos ignorando sus aventuras diarias en la cafetería, en el parque o en la biblioteca.
— ¡Hermano! ¿Sigues perdido en marte? —sacude las manos frente a mí.
—Ah —Volviendo a la realidad
— ¿Por qué tienen esa cara de borrego a medio morir? ¿Qué te pasó a noche? Y no digas que nada, que te conozco muy bien y sé que pones esa cara cuando se trata de alguna mujer. ¿Quién es ella?
— Se llama Manuela —Suspiré involuntariamente— Tuve un pequeño accidente con ella—Sonreí.
— ¡No puede ser! ¿Estás embobado otra vez? ¡Ay Dios! —llevando una mano a la cabeza.
— ¿Es muy evidente?, porque no sé si estoy soñando aun.
—No quiero que te hagan daño otra vez —abandona su asiento para abrazarme.
A pesar de sus cortos catorce años Fernanda es una niña muy madura e inteligente, desde hace cuatro años ha sido mi mejor consejera, se ha preocupado mucho por mí y ha sufrido conmigo mis fracasos de amor.
—Esta chica es diferente, lo siento en mi corazón. —Mirándola
— ¡Ay Hermanito! Cómo te gusta complicarte la vida —Abrazándome — Esas chicas de sociedad son alzadas, no quieren a los chicos pobres, solo los utilizan por ser lindos como tú. Luego te abofetean el corazón. —Mirándome— Además tiene nombre de Abuela — Se carcajeó a más no poder.
—Cuando termines de reír, te arreglas para salir, que tenemos que hacer compras e ir a un lugar especial.
— ¿Por qué lo dices con esa sonrisita?
—Porque anoche me fue súper bien, además de ahorrar unos cuantos soles en mi tarjeta, me alcanza para comprarte ese vestido bonito para tu fiesta de fin de año en la escuela.
— ¿De verdad?, ¿No estás jugando conmigo?
—Claro que no—Sonreí
— ¡Ay! Gracias—me abrazó fuerte— Gracias, gracias, te amo hermanito lindo—me llenó de besos.
—Lo sé ratona, ve a vestirte rápido.
Salió corriendo de la cocina, su cara de felicidad valía cualquier esfuerzo extra. Poco después estábamos saliendo al mercado con el carrito de compras, primero por supuesto pasamos a la boutique “Encantos” donde mi hermanita eligió el primer vestido de sus sueños. Luego de dos horas, estábamos en casa cocinando algo para almorzar, como siempre no me dio tiempo de acompañarla en la mesa, preparé mi lonchera y salí volando rumbo al trabajo con la ilusión de encontrarla otra vez.
El autobús demoró veinte minutos y luego de correr tres cuadras llegué a las tres. Samiel, el chico del turno de la mañana me esperaba para irse.
—Al fin concurres, si el jefe aparecía no hubiese sabido cómo justificarte— dice él.
—Gracias, te debo una —. Manifiéstame—Dime, por casualidad no ha acudido una chica a reparar una pantalla de teléfono rota.
—Ninguna ¿Por qué?
—Por nada. Ve tranquilo.
Sin perder tiempo ocupé mi lugar con la sonrisa puesta en la cara, primero porque no estaba el dueño y segundo, porque aún estaba a tiempo de que ella acudiera.
Cada vez que el timbre del mostrador sonaba mi corazón se aceleraba y mis ojos la buscaban, sin embargo no acudía. ¿Podría guardar la esperanza de sentirla otra vez? ¿Por qué una chica como ella vendría a este sitio peligroso, solo para arreglar una pantalla rota? Cuando por la pinta que tenía, bien puede comprarse uno mil veces mejor.
Las horas pasaban y cuando dieron las cinco me resigné a la triste realidad “No vendría”
Dieron las seis y el local estaba por cerrar, así que no había mucha esperanza en que acudiese. Empecé a acomodar las herramientas de trabajo, ordenar los instrumentos, cuando la campanita sonó.
—Lo siento, ya estamos cerrando—Digo de espaldas al mostrador mientras etiquetaba los nuevos protectores de celular.
—Hola— Una dulce voz se oyó tras el mostrador —Disculpe, es que es urgente arreglar mi teléfono.
Giré rápidamente y casi volando me apresuré a la entrada, Manuela había llegado.
—Hola — Expreso con una ligera sonrisa en mis labios—En que puedo atenderla señorita—sonrío embobado.
Ella me sonrió tiernamente y saco su celular, amablemente lo colocó en el mostrador y contó que tuvo un pequeño incidente y al caer al piso su pantalla se rompió.
—No hay problema, —Mirándola como borrego a medio morir—Puedo repararlo en cinco minutos, si gusta esperar.
—Excelente, esperaré.
Perdí unos segundos sonriendo como idiota, mirando en cámara lenta su figura sentarse en las sillas de espera y tomar una vieja revista para entretenerse. Estaba más hermosa que anoche, no llevaba mucho maquillaje y su belleza natural era más evidente, aún más con esa hermosa coleta que dejan caer sus rizos sobre sus hombros. Suspiré y sacudiendo la cabeza puse manos a la obra. Apenas había empezado cuando llegó Francisco; el dueño del local entró sin saludar a nadie como suele hacerlo.
—Ya es tiempo de cerrar Axel —. Golpeando el pupitre sin tomarle importancia a Manuela —no recibas más trabajos. —Giró para mirarla detenidamente, ella dibujaba una linda sonrisa mientras leía.
—Tardaré solo unos minutos Paco. —Dije volviendo mis ojos al teléfono.
—Está bien. —Entrando a la pequeña oficina en la parte trasera del local.
Era raro que accediera a mis peticiones, quizá porque distinguió la clase social de Manuela, “No llegan muchos clientes con billetera gruesa por aquí” es lo que manifiesta con su sonrisa de satisfacción; nada más que se decepcionará cuando se entere de que este trabajo será gratis.
Trabajé lo más rápido que pude mientras Manuela esperaba sentada frente a mí en una de las bancas. Pasado los cinco minutos le declaré que ya estaba terminado.
—Señorita Manuela, ya está terminado el trabajo—sonriendo como idiota
—Vaya— mirándolo —gran trabajo, quedo muy bien—mirándome
Sin duda estaba halagándome, es un trabajo súper sencillo que cualquier técnico haría, pero ella vino hasta aquí, por mí, quiero creer que es así.
— ¿Cuánto te debo? —Abriendo su cartera.
—No —posando mi mano sobre su cartera— no es nada—Quitando mi mano— le expresé que cubriría los daños del incidente.
—No obstante es tu trabajo, me siento apenada.
—No te preocupes, me ofendería si pagaras por ello.
—Está bien, sin embargo al menos déjame comparte algún protector para mi teléfono, no quiero que vuelva a lastimarse tanto la próxima vez—sonriendo.
Me apresuré a mostrarle el catálogo de los nuevos protectores, Francisco se asomó desde la oficina y al ver que mostraba el catálogo nuevo, sonrió. Sin duda era un cliente agradable para él.
Cuando eligió el modelo, deje el mostrador para colocarlo en su teléfono.
—Ahora ya está protegido —susurro tocando su mano —. Creí que no vendrías.
—Tenía que repararlo…
No deje que manifieste algo más, me acerco a mis labios y vuelvo a besarla, corresponde a mis besos y desliza sus brazos sobre mis hombros, su respiración agitada me excita. Somos solo uno en ele mundo, bajo mis manos a su pequeña cintura y la apego a mi cuerpo para impregnarme con ese perfume dulce y suave que la envuelve. Nuestras lenguas juguetean y se entregan al placer infinito, estoy a punto de llevarla sobre el mostrador cuando “zaz” el teléfono vuelve a caer de sus manos. Y en el momento más oportuno pues me hace recordar que no estoy solo en el local y que Paco está mirando las cámaras de vigilancia.
Me apresuro a levantarlo.
—Protegido— Le informo, entregándoselo.
—Gracias —suspira— Debo irme.
—¿Nos volveremos a ver?
—Si el destino lo quiere —Responde.
La admiro irse feliz y yo me quedo pasmado, suspirando y con el corazón temblando. Francisco me palmeó el hombro asiendo reaccionar.
— ¿Conoces a esa lindura? —dice emocionado como quien no ha observado la escena candente en el monitor.
—Eh… Si…—Dije aún en marte.
— Se nota que es una mujer de clase—Empujándome— Hasta su perfume es carísimo. —Inhalo el aroma que había dejado desprendido su presencia.
Pasado ese momento, no se enfureció del todo, pero me hizo trabajar dos horas extras por ser un gilipollas.
— ¿En qué pensabas cuando hiciste el trabajo gratis? —interroga furiosos— eso no se hace, aunque no te culpo, es hermosa y el que haya comprado uno de los protectores exclusivos te da un punto a favor.
El trabajo extra nunca me había gustado tanto como el de ahora, el volver a besarla sin estar bajo los efectos del alcohol y me haya correspondido con la misma intensidad, dice que tengo mucho a mi favor. Creo que tengo esperanza en este nuevo romance.
Cuando dieron las siete, tome el primer autobús que se cruzó en la avenida y llegué a casa a las 7 y 30 a casa, me detuve en la pollería de la esquina, para comprarle pollito a la brasa a mi hermanita, un gesto de disculpa por dejarla cenar sola.
Cuando cruzo la puerta, Fernanda estaba mirando la televisión y se alegró de verme entrar.
— ¿Qué pasó hermanito te esperaba hace dos horas? —Levantándose.
—Cubrí un par de horas extras—Cerrando la puerta y le extendiéndole la bolsa blanca.
— Si crees que voy a disculparte con esto… estas en lo cierto Pancho —empezó a reír — ¿Por qué la tardanza?
—Bueno, es que tuve que pagar un regalo.
— ¿Regalo? —Mirándome con esa mueca en la cara que dice “Ya sé por qué”
—Te acuerdas de Manuela.
—La chica de la fiesta… ¡No me expreses que fue para que le arregles el celular!
—Si —lanzando un pequeño suspiro.
— ¡Ay hermanito! Que menso eres, ¿Y se lo arreglaste gratis? Ella quizá tenga para comprarse miles de teléfonos.
—Quizá tengas razón —Sentándome en el sillón frente a la televisión encendida.
— ¿Por qué?
—Porque me compró un protector de 185 soles—Sonreí
— ¿Qué?
Me reí al mirar su cara de espanto, luego nos reímos los dos.
—Pero valió la pena.
—¿Por qué lo manifiestas?
—Volvimos a besarnos— suspiro sin ocultar mi gran sonrisa.
—¿Ya la besaste antes? Eso no me lo contaste, no se debe ocultar información importante.
—Pues hubieras declarado que estaba borracha y no sabía lo que hacía.
—Porque seguramente lo estaba ¿o me equivoco?
—No, si estaba ebria, no obstante hoy no. Sé que le gusto.
—Tú le gustas a muchas mujeres, eres guapo, ya te lo manifesté, sin embargo si ella tiene dinero, será mejor que la olvides.